blogeditor · 21 de septiembre de 2020
De nadie es secreto que los medios de comunicación, antes que defender la dichosa y manoseada “libertad de expresión”, son un negocio. Su negocio es intentar reflejar su realidad y hacer dinero con ello; a veces, no siempre, sus haces de luz son el resultado de la suma del talento que ha logrado enaltecer, no la libertad de expresión, sino el Periodismo, con mayúscula. México, más que grandes diarios, lo que ha tenido ha sido grandes momentos de ciertos diarios: el Excélsior de Julio Scherer, el Unomásuno de Manuel Becerra Acosta, La Jornada de Carlos Payán, el Reforma de Ramón Alberto Garza, periodos sublimes de no más de un lustro, acaso seis o siete años. Hablo de una época en cada uno de ellos gloriosa, un momento que logró unir en su redacción a los mejores periodistas de México; algunos, incluso, emigraron de un periódico a otro para seguir haciendo lo mejor, en el mejor diario del momento. Como todo, esas épocas pasaron a la historia y no volvieron a repetirse, y solo quedaron en la añoranza, en un recuerdo casi vago, porque es verdad que el Periodismo, con mayúscula, no vive sus mejores tiempos.
Afirmar, sin embargo, que los periódicos, antes que otra cosa, son un negocio, no es óbice —menos aún para alguien que pertenece al gremio— para reconocer su importancia y su valor en la difusión de los hechos y en la defensa de la democracia. Sin ellos, sin los diarios de México y el mundo, muchas atrocidades habrían pasado desapercibidas. Tildar a un diario de “inmundo” es un ataque visceral de alguien que desconoce la importancia de la prensa en la sociedad. Quizá muchos no lo saben o lo han olvidado, pero fue gracias a Excélsior —un diario mexicano, por cierto—, que el mundo se enteró que la Casa de Moneda estaba siendo bombardeada y que Pinochet había dado un Golpe de Estado en Chile. Por eso es indigno, no que un señor, con el cargo de presidente de un país, se refiera a un periódico como un “pasquín inmundo”, sino que ante un acto de amedrantamiento de ese calibre, los diarios no tengan la valentía para unirse y sacar una portada común, una muestra de solidaridad ante un ataque artero al corazón de la prensa, como sucedió en Francia ante los ataques terroristas contra Charlie Hebdo solo porque a unos lunáticos no les pareció su portada, como al señor en el cargo de presidente no le pareció que evidenciaran la corrupción de su parentela en Tabasco. Las maneras de sembrar miedo son muy variadas. El extremismo tiene muchas caras y la “Mañanera” es una de ellas.
¿Por qué el silencio de los periódicos? ¿Por qué no una portada común para defender lo que es suyo: su derecho a informar y a disentir del terror de Estado, del discurso de odio? La sociedad mexicana se merece más que el silencio de los medios; se merece una respuesta. El gobierno no puede, porque no es su papel y menos su responsabilidad —como tantas otras que sí lo son y no se atienden—, injuriar a quien informa y a quien desvela su otra cara: la corrupta.
¿Es acaso que la prensa defiende su limitado coto de poder? ¿Sus propios intereses? ¿Los diarios tienen miedo de ser los siguientes acusados en el púlpito de la mañana? ¿Temen que les corten los ingresos? ¿Temen un Golpe como el de Echeverría al Excélsior de Scherer? El silencio otorga, da manga ancha para que, detrás de Reforma, los diarios se pongan en fila para la próxima humillación pública. Si algo de digno les queda, uno esperaría una respuesta. Dejar de ser eco del circo mediático; dejar de difundir las ocurrencias que distraen de lo importante y del desastre al que este país se encamina. O, al menos, de investigar y desnudar con hechos, con datos, con información pura, con Periodismo, con mayúscula, a quien les acosa.
* Juan Manuel Villalobos es periodista, escritor y editor. Trabajó en Reforma en 1996-1997 y ha colaborado con La Jornada, Milenio, La Crónica, El País y El Mundo.