El San Francisco mexicano. O del cómo re-construimos nuestras etiquetas

blogeditor · 24 de junio de 2011

El San Francisco mexicano.  O del cómo re-construimos nuestras etiquetas

¿Qué cuerpos, qué deseos, qué placeres son
susceptibles de tener mayor o menor visibilidad pública?
¿Cómo se organiza el espacio urbano, sus circuitos, su
accesibilidad, sus recursos, en función de los cuerpos que
lo habitan? ¿Qué fronteras se construyen entorno de la
distribución diferencial de la legitimidad para unos cuerpos
y otros…?

Fronteras sexuales de Leticia Sabsay.

 

Y entonces amaneció, desperté entre sollozos disipando los destellos oníricos de mi tierna infancia de plumas, chaquiras, zapatillas altísimas y pianos de cola. Mis tías como suelo llamarles y ahora todas fallecidas se me apersonan a veces en sueños, elles con quienes aprendí sobre los linderos para habitar las fronteras del sexo, del género, de la sexualidad, de lo permitido y de lo permisible, de lo elegido y lo plausible, del espacio susceptible de trans-formarse, de lo bio como no-lógico, de tantas y tantas cosas…  Con ellos soñaba, con mi familia la que me crió y me educó… bueno, entiéndase por educar algo que nada tiene que ver con mi “lack of social skills and manners”, ellos sí se esforzaron mucho por revertir mi estado de salvajismo, pero hay marañas que ni con todos los peines del mundo…

Pero retomando el tema de las diversidades sexoafectivas (que es mi punto de hoy, no mis dramas existenciales) y la construcción de las identidades genéricas en un espacio-tiempo-lugar; so pretexto de traer a colación las Marchas del Orgullo LGBTIQ que se vienen realizando cada mes de junio desde 1968 en San Francisco y luego el resto del mundo, me di a la tarea de hacer una revisión somera de lo que ha sido la construcción de la comunidad LGBTIQ en Tijuana, qué ha sucedido en los cientoveintitantos años de existencia de la ciudad, pero lo más importante cómo se viven en Tijuana las etiquetas de esas prácticas minoritarias.

Si entendemos identidades como aquellas que se construyen por mecanismos del poder plasmados en los diferentes discursos e instituciones sociales, el cuerpo mismo es una construcción y no un medio pasivo por el cual se inscriben significados culturales (Foucault 1978 y Butler 1999).

Las fronteras, por su parte, cumplen diferentes funciones al definir la ciudadanía, considerando que dichas fronteras son espacios acotados por agendas socio-políticas y que regulados mediante un marco de derechos son utilizados para delimitar posiciones sobre sexualidad e identidad. Al hablar de identidades LGBTIQ estamos hablando de género y al hablar de diáspora estamos hablando del poder que tiene el discurso para realizar aquello que nombra convirtiéndolo en un ámbito de donde el poder actúa como discurso: es unión del poder y del discurso que repite o imita gestos discursivos (Butler 1993).

El lenguaje, por lo tanto, no es ingenuo, tiene intenciones no sólo de quien lo habla, sino de quien lo construye socialmente, es cuando la sexualidad en esos términos se vuelve amenazante, cuando empieza a cuestionar. Entonces, ¿cómo convergen y se inscriben en esta latitud precisa la construcción de esas identidades, en una ciudad tráns-ito y de diásporas constantes como Tijuana? ¿Cómo han convergido y vivido las fronteras sexuales con las fronteras políticas, socioculturales y geográficas? ¿De qué manera la agenda sociopolítica de esta frontera, de esta ciudad ha limitado o expandido las posibilidades de las fronteras sexuales de sus individuos?

Menudo paquete, lo sé, pero lo que a continuación describo es sólo el esbozo de lo que espero algún día sea una enorme sonrisa.

Estando Tijuana tan cerca de California que si tomo una avión llego a San Francisco en una hora (para llegar a DF hago cuatro), y que las restricciones para cruzar la frontera – e incluso para emigrar- hasta hace algunos años no eran tan severas, es plausible pensar que algo habríamos de haber adoptado (imitado), además de nuestras formas de consumo y despilfarro; pero los hechos reviran una realidad que dista mucho de haber imitado en nuestra región 4 la capacidad de darle su lugar e importancia al respeto por los derechos de las minorías sexuales.

Los visos del movimiento inician en New York alrededor de 1950, pero no es hasta la redada de StoneWall en 1968 cuando se marca la pauta para que las comunidades que ahora denominamos LGBTIQ, tomaran voz y parte de la agenda sociopolítica de Estados Unidos; esos tiempos en los que en Tijuana, por ejemplo, se vivía aún un post auge de lo que fuera la época dorada de los casinos y las cantinas post guerras; conocí, sé, de muchos homosexuales que durante ese tiempo eligieron abandonar sus familias y venir a Tijuana (eventualmente a San Diego); a vivir una vida con las puertas abiertas, escindida de la doble moral que en sus ciudades natales nunca les habrían permitido.

En la Ciudad de México,  la primer marcha del orgullo se da 10 años después que la de San Francisco, para 1982 ya existían referentes de representación política homosexual en el país, entre ellos Max Mejía, uno de los iniciadores del movimiento mucho antes de la primer marcha del orgullo en México y la organización de lo que ahora podemos llamar Comunidad LGBTIQ.

Pero hablando de Tijuana, aquí definitivamente no aplicó aquello de tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos, porque en San Diego tiene muchísimos más años una zona comercial y residencial gay-friendly perfectamente reconocida y visitada, que organiza activamente en su comunidad no sólo una marcha, sino una serie de actividades entorno a la diversidad sexual, salud sexual y la sexualidad, brindando apoyo médico más abiertamente las comunidades trans o combatido el flagelo del SIDA en los ochentas, etc.

¿Acaso en Tijuana no hubo necesidad de organizarse activamente o no existían las posibilidades de eso sucediera?

En la Tijuana de los 70s y 80s había personas más que grupos trabajando en pro de las libertades y derechos de las diversidades sexuales y sobretodo organizadas en torno a la prevención del VIH-SIDA o por lo menos así se les reconocía. El punto de referencia  del Café Emilio, las salidas a los bares a regalar condones, etc.

Sin embargo, no existía un reconocimiento establecido por parte de la sociedad, no fue sino hasta el arribo del primer municipio panista en 1990 del entonces alcalde Carlos Montejo Favela, las autoridades locales en una afán de ratificar su autoridad ante la sociedad arremete contra los bares gay organizando una serie de redadas durante 1991-1992; ese fue un punto de quiebre para la ciudad, la represión hizo despertar la necesidad de reconocer-se mutuamente, pero más que conjuntar esfuerzos hizo ruido en los medios y autoridades binacionales más que a la comunidad, el asunto fue que las redadas tocaron a ciudadanos de las ciudad vecina, lo que a las autoridades del Condado de San Diego no les pareció y dieron un seguimiento más preciso de lo que estaba sucediendo en Tijuana. Mientras acá, los medios muestran un desdén y homofobia tremenda respecto al asunto.

Y aún así la primera marcha del orgullo se realiza hasta 1995, cuatro años después de las redadas. Es decir, ya en el segundo ayuntamiento panista.

Todas somos reinas aunque llevemos las medias rotas (Max Mejía dixit).

Tuve la fortuna de conocer a Max Mejía en una conferencia que dio este año durante la Jornada Cultural contra la Homofobia el pasado mayo, posterior a ella, contar con su valiosa colaboración para que me platicara desde su perspectiva cómo hacer una correlación entre lo que él ya había vivido en DF y lo que vivió en Tijuana en 1991; hablamos de muchas cosas, sobre la ciudad, sobre el movimiento, su vida en DF y San Francisco y su eventual arribo a Tijuana en 1990. Él tenía poco en la ciudad, sin embargo, tenía toda la experiencia de lo sucedido en DF como para entender que las redadas de 1991 podía ser un parte aguas para una comunidad que no terminaba de despuntar.

Cuando le pregunté a Max el porqué de su mudanza y residencia en Tijuana me respondió que porque luego de haber salido de DF cansado del hostigamiento por parte de las autoridades, decidió pasar dos años en San Francisco y que como a muchos el american way of life no le terminó de acomodar; así fue como decidió no regresar a DF pero sí regresar a México y venir a vivir a Tijuana, teniendo la expectativa de que dentro de las múltiples realidades fronterizas, la cuestión de las diversidades sexuales no estaba tan restringida, pero fueron las redadas que le dieron la bienvenida.

Él procuró transmitir y extender su experiencia previa en DF a las organizaciones de la ciudad, sin embargo, las organizaciones se resistieron a asimilar y asumir la responsabilidad que representa ser portavoz comunitario, aunque como Max menciona, la importancia de los eventos del 1991 no fueron las organizaciones en sí, sino la exposición mediática que obligaron al resto de la ciudad reconocer la existencia de una comunidad LGBTIQ, dejar de ignorar su presencia y sus necesidades.

Max asegura que hasta la fecha, el reconocimiento es exógeno, la comunidad en su seno le cuesta demandar y hacer frente común a las vejaciones y afrentas que todos los días recibe por parte de las autoridades y de la sociedad en su conjunto. Que si bien organismos y asociaciones existen, algunas enfocadas a la salud sexual y reproductiva, pero las menos enfocadas de lleno en la comunidad  LGBTIQ; que intentos ha habido muchos y manos para brindar ayuda no faltan, lo que falta es el reconocimiento común de que algo tiene que hacerse, que aún no se ha pasado de las personas a los grupos y lo de lo que más se carece es de educación, conocimiento real de los derechos y libertades.

Porque Tijuana aunque no le guste reconocerlo tiene una avidez enorme de ser educada, de superar sus delirios de grandeza al querer escindirse de todo lo central y al mismo tiempo saberse ajena a todo lo extranjero. Todo lo anterior es opinión mía, no vaya creer que Max Mejía se anda con esas puntadas de decir que Tijuana es una bruta egocéntrica…

Caballeros de una mesa no tan redonda: ¿y tú cómo vives en Tijuana tu etiqueta?

 

Con referencia a la deuda tan enorme que tiene la ciudad para con su comunidad LGBTIQ y viceversa; desde el año pasado se organizó la primer Jornada Cultural contra la Homofobia, enfocada en cubrir toda una serie de actividades y eventos durante varios días encaminados a la concientización, educación y convivencia con las diversidades sexuales; este año, en su segunda emisión que estuvo organizada por COCUT una de las pocas asociaciones recién conformadas con el propósito de brindar apoyo a la comunidad LGBTIQ y quienes empiezan a ser vistos como un punto de referencia para la comunidad asumieron el gran encargo de realizar no sólo una Jornada sino una Caravana pro diversidades por los puntos más transitados de la ciudad.

Fue muy interesante sentarse en el backstage y ver los rostros de las personas en las calles que saludaban o ignoraban la caravana, de niños y padres, de gente en el transporte público, de gente que salía de los comercios para ver lo que sucedía, las risitas nerviosas que sólo denotaban ignorancia, las ofensas y vulgaridades de muchos en forma de chiste, en fin, observar las aglomeraciones de tráfico en ciertos puntos y escuchar el murmullo de la ciudad responderle a sus manifestaciones de diversidad. Arriba de los carros y plataformas todo es fiesta, pero abajo, las impresiones que quedan en las calles son las interesantes.

Aún no puedo superar que fue justo frente a la Feria del Libro, cuando al pasar la caravana salieron de las carpas a abuchearla. Yo venía deliberadamente al final de la caravana, queriendo recoger impresiones, lo vi con mis propios ojos porque la última de las plataformas iba adelante. Tristeza, rabia, impotencia, frustración…

Por lo demás la Jornada se vivió tranquila y logro su propósito, entre el triunfo de los xolos y la feria del libro mucha gente remitió por alguna razón en la zona donde se llevaron a cabo los eventos, y fue precisamente durante este ayuntamiento priista que se dieron las condiciones para que el evento se llevara a cabo sin mayores contratiempos. Se agradece la presteza y la colaboración, más no el espacio porque ese es nuestro pleno derecho. El trabajo que queda para las asociaciones el resto del año es no perder esa conexión hecha con la ciudad por unos días y obligar a las autoridades a respetar acuerdos y convenios que se han ido pactando a raíz de lo expuesto.

Fue en el mismo búnker de COCUT donde una semana después de celebrada la Jornada una investigadora de género alemana pidió asistir a una reunión y entrevistar a los presentes; su pregunta fue muy simple: ¿y ustedes cómo viven su etiqueta de género y orientación sexual en Tijuana?

Éramos cerca de 20 personas viéndonos las caras y de casi todas las identidades; las respuestas fueron muy interesantes porque los presentes veníamos de todos lados, incluso de Tijuana, hubo que reconstruir un poco las escenas de vida de cada uno y ponernos bozal a otros para no estar interviniendo (ok a mí), pero según mis notas quienes venían del centro o del sur encontraron en la ciudad unas puertas mucho más abiertas para sus clósets; mientras quienes veníamos del norte encontrábamos en la ciudad promesas que no se terminaban de cumplir, restricciones, censura, una cultura etiquetadora y de doble moral muy dolorosa para llevarla cargando día con día.

Las fronteras sexuales y las fronteras político geográficas obligadamente convergen pero no por eso implica que las ciudades se permitan adoptar o imitar del todo lo que la ciudad más democrática y organizada ofrezca. En Tijuana se ha vivido un retroceso muy palpable con las libertades y derechos de género desde 1989 con los gobiernos panistas. Nadie se ha tomado la responsabilidad y el riesgo de señalar con datos duros cómo la ciudad y el estado han sido afectados por las políticas de una derecha retrógrada, machista y homófoba.

En la ciudad es muy usual escuchar la respuesta de que sí somos panistas, pero no somos como en el centro del país, esas son cosas del sur. Pues yo les tengo una noticia, sí lo somos y somos peor aún, somos hipócritas con nosotros mismos porque no queremos aceptar que la mochería ha permeado lo suficiente como que nuestras negativa se traduce en apatía, indiferencia y negligencia con toda una minoría no tan minoritaria como la de las diversidades sexuales, que al final somos todos. Porque hemos preferido vivir suponiendo que todo lo vamos a resolver corriendo del otro lado o buscando el modelo del otro lado, y eso a veces es imposible, Tijuana nos guste o no, es otro país y otra realidad, queremos vivir ignorando como las señoras de los autos que se nos atravesaban en la caravana y no respetaban al contingente, se hacían las sordas y volteaban la cara para no dar una respuesta a sus hijos que azorados veían a las chicas travestis que los saludaban desde las plataformas. Tijuana como siempre negada y cerrando los ojos.

Al final en la ciudad te diviertes, sí, pero en un espacio determinado porque aún no se puede manifestar la sexualidad abierta y libremente.