blogeditor · 22 de febrero de 2017
Por: Juan Pablo Arango
Durante la ceremonia de graduación de 940 nuevos policías de la Ciudad de México, que tuvo lugar el domingo 12 de febrero en el Instituto de Formación Policial, uno de los nuevos agentes dijo a los medios de comunicación que los ciudadanos desconocemos “los sacrificios para poder ser policía”. Sin duda, esa resulta una afirmación verídica que, en el fondo, lleva a cuestionarse el papel de los policías en una sociedad democrática y por qué motivos esta profesión representa un sacrificio.
Según las leyes, el rol de la policía consiste en prevenir y combatir el delito, en garantizar la seguridad pública para que los ciudadanos puedan realizar su vida tranquilamente. La realidad es que, actualmente, la policía tiene una imagen muy negativa y la gente no cree que haga su trabajo. Más del 60% de la población desconfía de la policía según la ENVIPE 2016 y no es gratuito.
Las historias de abusos, corrupción e infiltración del crimen forman parte de su acervo colectivo y aún con ello, no todos los policías son corruptos ni abusivos. También hay múltiples historias de confianza, auxilio y resultados en seguridad. Los policías que se han corrompido, quizás la mayoría, no lo han hecho en un afán previo de enriquecerse, sino que las condiciones estructurales y organizaciones los han orillado a ello.
Desde 2012, la encuesta ¿Qué piensa la Policía? que realiza Causa en Común ha recopilado testimonios de policías en todo el país. Testimonios que dan cuenta de una realidad compleja, injusta, vivida de manera cotidiana por las personas cuya responsabilidad asumida es la de “servir y proteger” a los ciudadanos. Cada uno de ellos es ejemplo de las condiciones que cada gobierno ha impuesto a su personal y que, en suma, sirven para representan el interés sobre la seguridad de sus habitantes. Aquí algunos ejemplos:
De estas breves declaraciones se puede extraer que los derechos laborales y sociales de los policías son violados de manera cotidiana. Los policías viven, día a día, con salarios bajos, horarios inhumanos No hay nadie capaz de permanecer cien por ciento alerta en un periodo de 24 horas sin dormir y estar listo para atender situaciones de alto riesgo para su persona y para la quienes debe proteger. Tampoco es buen incentivo tener policías acuartelados por semanas o meses y sin contacto con sus familiares. Son civiles, no militares.
Sobreviven con prestaciones irregulares o inexistentes. Se les usa para actividades no correspondientes a su función. Abundan los ejemplos de mandos o políticos que envían a los policías a realizar tareas de jardinería, albañilería o de chofer particular de sus familias, así como aquellos donde se usan las patrullas para cargar materiales para actos políticos. Y no falta que sean enviados a tener tratos con delincuentes, ya sea para recibir dinero o para apoyar directamente actividades ilegales.
La desconfianza en los policías no es exclusiva de la sociedad civil. Los policías desconfían de sus instituciones, de sus mandos y de sus compañeros. Sufren acoso laboral de manera permanente. Los insultos, golpes y chantajes forman parte de la vida normal de un policía. Son frecuentes prácticas como la venta de plazas al mejor postor (crimen organizado incluido), la renta de patrullas para trabajar en ciertas zonas, con su respectiva cuota diaria de mordidas, el cobro de cuotas para estar en ciertas áreas, la venta de incapacidades o permisos, los moches para pasar lista, las reparaciones de patrullas a costa del agente que las ocupa y un sinfín de trapacerías más que, por lo regular, mantienen a los policías honestos entre la espada y la pared y a los corruptos, en una telaraña patológica de engaños.
Hay múltiples casos de acoso sexual que no son denunciados porque las Unidades de Asuntos Internos, en su mayoría, carecen de la autonomía suficiente para investigar a mandos altos, incluido el propio secretario de seguridad pública y, cuando alguien se atreve a denunciar, corre el riesgo de ser amenazado, o de que le monten un cuatro para castigarlo por su atrevimiento en cumplimiento de una política conocida “muro de silencio” que resulta común en este tipo de instituciones.
Y los ciudadanos no nos preocupamos de estas condiciones. Acostumbrados a exigir, generalizamos al policía corrupto sin voltear a ver lo que hacemos para reproducir el problema o para resolverlo. Desconocemos nuestros derechos y obligaciones, así como las de los policías y normalmente resulta más sencillo apoltronarse en la crítica que actuar para cambiar la situación.
A pesar de todos los abusos y situaciones que viven los agentes de policía, existen quienes ven este trabajo como una vocación personal y profesional. Una nueva generación de ciudadanos confiados en que puede cambiar las cosas como los recientemente graduados en la CDMX. Ojalá todos fueran así. Y para empezar a conocer y participar, Causa en Común recientemente publicó la iniciativa Policía Honesta, que consiste en promover los derechos de la policía y los ciudadanos, para promover la denuncia contra el abuso y la corrupción policial. Te invitamos a consultar policiahonesta.org.mx y volverte parte de la solución.
* Juan Pablo Arango es Investigador de @causaencomun.
[1] Los comentarios citados fueron tomados de la encuesta “¿Qué piensa la policía”, realizada por Causa en Común en 2015, y de entrevistas directas al personal. Se guarda el anonimato de los quejosos para evitar represalias.