El sacerdocio de las mujeres

Rubén Aguilar · 5 de abril de 2011

El sacerdocio de las mujeres

La exclusión de las mujeres del sacerdocio a lo largo de los 2,000 años de historia de la Iglesia católica, es una de sus decisiones más aberrantes y no tiene ninguna justificación desde el ámbito de la fe. Nunca debió haber existido, pero en pleno siglo XXI la norma resulta todavía más inexplicable.

La Iglesia, que debería ser ejemplo de inclusión, actúa en sentido contrario; discrimina y excluye. La cultura de los derecha humanos, que cada día gana más terreno en todo el mundo, no sólo rechaza sino denuncia a las personas e instituciones que actúan de esa manera. La Iglesia, con su comportamiento, trata en condición de inferioridad a la mitad o más de sus miembros.

La posición de El Vaticano en respuesta a la demanda creciente de mujeres que piden el sacerdocio, es endurecerse. El papa Benedicto XVI publicó la carta Normae de gravioribus delictis (Norma sobre los delitos más graves) en julio del 2010, que radicaliza las penas contra las faltas más graves que se pueden cometer en la Iglesia donde a la par de la pederastia queda el sacerdocio de las mujeres.

La decisión ha causado no sólo molestia sino “estupor” entre las mujeres y los sectores más avanzados de la Iglesia. Margarita Pintos, de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, en España, piensa que “La institución que pretende ser referente moral para la humanidad acentúa una antropología dualista, en la que el hecho de ser mujer es impedimento para acceder al ámbito de lo sagrado”.

“El Vaticano está feliz de cerrar un ojo cuando sus hombres destruyen vidas de niños y familias, pero no dudan en excomulgar a las mujeres que, en buena conciencia, buscan proféticamente responder a la llamada sacerdotal y a las necesidades de su comunidad”. Erin Salz, representante de la Conferencia para la Ordenación de las Mujeres (Women’s Ordination Conference) en Estados Unidos.

Las mujeres que luchan por la ordenación piensan -y tienen razón- que la decisión de la Iglesia católica refuerza la imagen de masculino y femenino que el patriarcado Occidental ha impuesto en mutua y estrecha relación entre  sociedad e Iglesia. En los hechos, como lo señala Pintos, opera un “apartheid antropológico” que contribuye a mantener y reforzar la marginación y el trato de la mujer como una persona de segunda.