blogeditor · 25 de julio de 2016
A Robert Mugabe, fundador y dueño de Zimbabwe, corrupto violador –por sistema- de los derechos humanos, no le preocupa mayormente su propia mortalidad o el paso inclemente del tiempo. El único líder de ese país a lo largo de sus 36 años de historia tiene 92 años de edad. Sólo lo superan en longevidad ejecutiva los carcamales Paul Biya en Camerún (41 años en funciones), Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial (casi 37) y el angoleño Eduardo dos Santos (36). No tiene la más mínima intención de soltar el control, hasta que lo saquen –como el cacique sindical Fidel Velázquez lo expresó en su momento, defendiendo el control político de las generaciones “revolucionarias” y de su numerosa descendencia en México– a balazos o en un féretro.

Foto vía Arroukatchee.fr
Abundan lecciones por aprender de Moldova o Bielorrusia -temas de las entregas más recientes-, con instituciones capturadas tan frágiles como las de México y donde también la desigualdad, la violencia y el saqueo imponen sus condiciones y la pretendida post Pax Priista no es excepción.

Foto vía Japan Times

Foto vía Daily Maverick
Con el eclipse parcial de sus facultades físicas y mentales, toma un lugar protagónico Grace Marufu, esposa de Mugabe, con 51 años recién cumplidos el 23 de julio. Mejor conocida por sus lujosos gastos y expediciones intercontinentales de shopping, recientemente asumió un cargo en el movimiento femenil de ZANU-PF, sempiterna agrupación política fundada por su esposo.

Foto via Bulewayo24
Su rival es Joice Mujuru, ex vicepresidenta expulsada del gobierno y el partido por Mugabe, a petición expresa de su mujer. Figura prominente de la lucha revolucionaria en los años setenta, Mujuru derribó un helicóptero de Rodesia cuando la minoría blanca aún gobernaba. Casada con un líder de la liberación asesinado en condiciones harto extrañas, ha sido acusada por la primera dama de ser bruja, corrupta y usar minifalda (no necesariamente en ese orden). Fundó un nuevo partido y es precandidata a la presidencia.

Foto vía Newsdzezimbabwe
El opositor Morgan Tsvangirai, quien alguna vez pudo haber desbancado al anciano conductor de los destinos de Zimbabwe, y que formó parte de su gobierno, está enfermo y ha perdido autoridad y fuerza junto con su propio partido, el Movimiento Democrático para el Cambio.

Foto vía The Zimbabwe Mail
Su compinche y sucesor natural Emmerson Mnangangwa, acusado como Mugabe de participar en crímenes contra la Humanidad al ordenar y supervisar, de 1983 a 1987, el genocidio de los Ndebele -etnia enfrentada a los Shona en el poder, a la que pertenecía su contrincante Joshua Nkomo (1917-99) durante el proceso de independencia y después el gobierno– insinuó hace poco ante medios que ya no le queda fuelle o camino por recorrer a Mugabe, dada la decrepitud que le impediría presentar su candidatura en los comicios de 2018. Por consiguiente, para este esbirro cercanísimo, la mera posibilidad de contar con el dictador -nacido el 21 de febrero de 1924- a sus noventa y cuatro, edad que tendría si llega al 2018, resulta inviable.

Foto vía Bulawayo24
Se le acumulan obstáculos al sátrapa. La asociación de veteranos de la guerra de liberación lo critica acremente, y le retira -en los hechos- su apoyo. Zimbabwe se encuentra en quiebra, con variables económicas que refuerzan su condición de fallido Estado mafioso, y una efervescencia social que se antoja incontenible. Ocupa el lugar 150 de un total de 182 naciones, en el Índice correspondiente de Transparencia Internacional.
Enfrenta el 36 aniversario de independencia en condiciones de emergencia en todos los frentes. El patriarca encara un contexto que dejó de ser ajeno a las campañas espontáneas y hashtags en redes.

Foto vía Daily Mail
Con #ThisFlag, el joven pastor protestante Evan Mawarire (38 años, cincuenta y cuatro menos que Mugabe) provoca una serie de protesta pacíficas virtuales y presenciales; como Laszlo Tokes, vicario de la Iglesia Reformada de Timisoara durante el ocaso y caída de Nicolae Ceaucescu en Rumania en el lejano 1989, este líder religioso se da a la tarea de imaginar un punto concreto de no retorno en la obtención de derechos democráticos, y una conclusión pactada y definitiva a la era de Robert Mugabe.

Foto vía Groundup South Africa
Desde su cuenta-púlpito en Twitter (@PastorEvanLive), Mawarire sube un video/confesión que intitula Lamento por Zimbabwe, y que resulta prédica y exhorto por partes iguales.
De inmediato, prácticamente de botepronto, el régimen lo acusa de incitar, peligrosa y activamente, a la violencia; es detenido por fuerzas policiacas, pero liberado más tarde. Una campaña oficial de descalificación en medios distintos se cierne sobre él, pero la ciudadanía ha seguido marchando y exigiendo el fin del mandato de Mugabe y compañía. Treinta y seis años de latrocinios e impunidad son demasiados, para un país que se merece un futuro mejor.
No han cesado las movilizaciones, sin faltar incesantes acosos y amenazas, y una precedible e indigna respuesta del Alto Funcionariato de ese lugar.

Vía Twitter. Cuenta del Ministro de Educación. ‘El pedo maloliente del pastor’.
Historia de siempre: Mugabe y su pandilla acusan a Mawarire de ser un ‘agente profesional desestabilizador’, financiado por inconfesables intereses locales y extranjeros.
Lo cierto es que partiendo de estándares comparados de corrupción, México (lugar 95 de un total de 182 países según Trading Economics), vs. Zimbabwe -que se mantiene 55 sitios más abajo que la República Mexicana- tiene poco de qué presumir en el reflejo de las crisis de países que se asemejan al nuestro. Aunque nos incomode.
Tras la dictadura racista que terminó del presidente blanco Ian Smith (1919-2007), que acabó siendo -por fortuna- vencida; en el epílogo que comenzó con un país nuevo, y una nueva fase en su forma de gobierno, catorce años antes de la transición pacífica que llevó a Nelson Mandela a la presidencia en la vecina República de Sudáfrica, sigue campeando el despotismo irredento (nada ilustrado), de Robert Mugabe y su nefasta camarilla; con sus eternos 36 años sin interrupción o pausa alguna, en el ejercicio absoluto y arbitrario del poder.
A escasos dos años de las presidenciales en México, el PRI y los partidos que lo remedan son una especie de Mugabe colectivo; negándose consistentemente (tan obcecados como el tirano zimbabuense), a ceder su puesto de privilegio o a modificar en lo esencial sus peores prácticas.