El reto de una relación a larga distancia

Mayra Zepeda · 13 de junio de 2014

El reto de una relación a larga distancia

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Él está allá y ella está acá. Los separan 9 mil 245 kilómetros, el Océano Atlántico y más de 11 horas de vuelo. Sí, pero están juntos. Siguen juntos aún después de esa noche en la que él tomó un avión para volver a su país cuando terminaron sus seis meses en México.

Cuando terminó de llorarle y lo despidió afuera de la sala de abordar, ella pensó lo inevitable: ¿nos volveremos a ver?

Esa pregunta aún no tiene respuesta. Llegará en el momento en que ella cruce la sala de abordar del aeropuerto de Vantaa y lo vea ahí parado, esperándola. No antes. El antes sólo es un deseo, un plan por el que uno trabaja y cruza los dedos para que la suerte esté de su lado.

Y el plan está. Ella irá a visitarlo en agosto, dos meses antes de que él regrese a México para otra estancia que ojalá se extienda.

De febrero (cuando él se fue) a agosto (cuando se volverán a ver) hay 6 meses de diferencia, alrededor de 180 días sin contacto físico. Ahora, a la mitad de que el plazo para verse de nuevo se cumpla, ella sabe que sostener una relación a larga distancia es un experimento que si te agarra en malos momentos emocionales, de desequilibrio, se puede convertir en una locura. También sabe que no tiene por qué ser así. Sabe que si la primera vez la cagó, no tiene por qué volver a cagarla en la segunda.

Aquí uno tiene que decidir. O dejas que el terror de un posible olvido o engaño te consuma, o confías, te abres y disfrutas. Y esta vez ella decidió confiar y disfrutar, si no, pa qué. Jura que fue una decisión consciente tomada en una especie de charla de café con ella misma que duró días. Repasó su pasado, sus pasados, se recordó verdades descubiertas tiempo atrás. Se convenció de que no tiene por qué ser fiel al “siempre espero lo peor y siempre es peor de lo que esperaba”, ¿por qué chingados?

Después de tomar esa decisión la ansiedad desapareció. Lo recuerda todo el tiempo, todos los días, pero no de forma tóxica ni dolorosa. Decidió no atormentarse por algo que definitivamente no está en sus manos ni tiene bajo control: qué estará haciendo, a quién conocerá, con quién saldrá, si le mentirá o si la engañará una noche en un bar. Ahora entiende –y pone en práctica- que lo único que puede controlar es su propio comportamiento y nunca, jamás, el del otro.

La máxima prueba de confianza es una relación a larga distancia. Ahí se confía con los ojos cerrados. Y como no existe el contacto físico, uno debe echar mano de todos los recursos disponibles para mantener una buena comunicación, eliminar los malos entendidos y transmitir amor.

Para su sorpresa, demostrarse amor a kilómetros de distancia ha sido tan natural y sencillo que jamás han puesto en duda si realmente se quieren.

Después de mucho pensarlo, ella llegó a una conclusión bastante simple. La clave para mantener una relación de este tipo es estar presente (sí, aunque el otro esté a miles de kilómetros de distancia).

La presencia. Presencia es despertar en la mañana y ya tener mensajes que fungen como besos de buenos días. Presencia es preguntarse cómo se sienten, qué harán hoy, contarse las anécdotas más estúpidas y divertidas, compartir lo que les preocupa, lo que temen.

Cuando su día comienza, el de él ya está por terminar. Entre el DF y Helsinki hay 8 horas de diferencia. Presencia es hacer un tiempo entre los cursos de periodismo, el trabajo, la familia y el gimnasio para poder cuadrar una charla por Skype que, muchas veces, no puede ser diario.

Ella recuerda la primera vez que se vieron por Skype. Lloró. Él allá y ella acá. Pero ahí estaban juntos, en Helsinki de noche y en el DF apenas comenzaba la tarde.

Cómo lo extraña. Los sentidos lo extrañan todo. Serán seis meses sin olerlo, sin besarlo, sin tocar su cabello o su barba, sin ver la luz en sus pestañas, sin tocar sus brazos peludos o prepararle café en las mañanas, sin abrazarse hasta tronarse los huesos, sin pasar todo un domingo en la cama, sin ir al cine, comer juntos, nada. Habrá que esperar.

Al decidir permanecer juntos surgió una pregunta: ¿sería una relación de exclusividad?, ¿podrían salir con otras personas, besarlas, tener sexo con ellas? Mejor platicarlo desde el principio, establecer reglas claras y disminuir el porcentaje de malas sorpresas. Y ella dice “disminuir” porque, de nuevo, sabe que nunca se tiene nada seguro precisamente porque no existe el control sobre el otro.

Ella estaba dispuesta a intentarlo todo. Jamás había tenido una relación abierta, pero se convenció de que podía probarlo, con ciertas limitaciones. Se las dijo cuando él aún estaba en el DF y bebían cervezas. “Si lo quieres hacer, propongo que sea de esta manera: con nadie con quien tengamos nexos emocionales (amigos, amigas) y nunca más de una vez con la misma persona”. ¿Por qué? Para reducir –por no decir eliminar- las posibilidades de desarrollar algo a nivel emocional con alguien más.

Él no tuvo que pensarlo. De inmediato dijo que no. Quería exclusividad en todos los aspectos de la relación. Y sí, ella estuvo de acuerdo. La verdad es que la reconfortó no tener que enfrentarse a lo desconocido, a algo que podría herirla.

Así han funcionado maravillosamente. Ella no tiene la necesidad ni la gana de ir a un bar y buscar a un hombre para pasar la noche. Él tampoco.

Tal vez uno de los mayores retos en esta relación es que los dos se comunican en un idioma que no es el suyo. Sus conversaciones están plagadas de errores gramaticales y muchas veces de malos entendidos. Ay los malos entendidos. Son los peores.

La solución de un conflicto en una relación a larga distancia en la que dos personas no tienen la misma lengua materna es algo que requiere tiempo, mucho tiempo.

La distancia todo lo agrava, por eso uno tiene que tener cuidado por qué pelea. Con la distancia, un conflicto que podría resolverse en unas horas de plática, puede durar un par de días. Con la distancia lo único que tienes son las palabras, porque el cuerpo no habla. Aquí no hay sexo de reconciliación, no hay abrazos o besos que digan “dejémoslo atrás”.

Con la distancia y con la diferencia de idiomas uno tiene que ser lo más claro posible. Qué quieres, qué tienes, qué te molesta, qué te duele, qué te hace feliz… A tu lado no está la persona que te pregunta ¿qué tienes? y a quien te atreves a responder “nada” para luego voltearle la cara.

Pelean, escriben, escriben por horas hasta resolver el conflicto. Se van a dormir enojados (tienen que hacerlo), descansan, aclaran la mente y dejan de soltar tanto veneno. Vuelven a pelear, a escribir… Y siempre llegan a una conclusión: la distancia agrava el conflicto. Ya se extrañan demasiado.

Extrañar así pone violento, pero en una relación a larga distancia uno aprende a domarse.

Es ahora cuando ella más recuerda a Hannah Arendt en La condición humana: el amor es autorrevelación. Y sí, nos descubrimos cuando amamos. Y cuando amamos a larga distancia, también.