Redacción Animal Político · 10 de enero de 2023
La indignación es una de las fronteras morales. Límites que no estamos dispuestos a tolerar. Situaciones que negamos normalizar. Las sociedades muestran resistencia ética a partir de la indignación.
Lo inaceptable cada vez dispara menos resortes de indignación. Nos hemos acostumbrado a lo intolerable. Mientras que las mentiras y agresiones desde la presidencia, los ataques al INE y la sucesión en la SCJN generan atención masiva y activan los resortes de la indignación, lo que largamente sigue presente y debe ser inaceptable no indigna masivamente, no moviliza, no genera exigencia de cambio alguno. Me refiero a la violencia rampante, la impunidad absoluta, la militarización de la vida pública, el desmantelamiento democrático y las miles de fosas clandestinas que el Estado ignora, entre otras.
Seguimos enredados en el escándalo y omitiendo la barbarie y el desmoronamiento democrático. La indignación existe, pero es esporádica. El argumento de que somos una sociedad paralizada no se sostiene. Simplemente los resortes de la indignación son pocos.
El 2023 arranca con más y más noticias de la grave crisis de violencias e impunidad rampante. Ni gobierno ni oposición parecen tener esto como prioridad. Si los resortes de la indignación social siguen fracturados, nada cambiará.
De manera recurrente recuerdo aquella Bienal de Venecia de 2009 y recurro a las mismas líneas escritas. Teresa Margolles presentó una instalación artística llamada “¿De qué otra cosa podríamos hablar?”. En efecto, de que otra cosa deberíamos hablar desde entonces si no es de la barbarie y su impunidad aparejada. En esta obra, Margolles presentó “residuos de ejecuciones, sangre y otros fluidos humanos recogidos por la artista y sus colaboradores en el lugar de los asesinatos”. Buscaba sacudirnos mediante el arte. Colocar la atención donde debe estar. Cualquier otra cosa resultaba y resulta trivial. Casi tres lustros después estamos igual, preferimos no ver y no hablar de la monstruosidad.
Más allá de discursos triunfalistas, ¿qué hace el gobierno para disminuir la violencia? ¿Qué hace por garantizar verdad y justicia? ¿Qué hace para buscar efectivamente a los mucho más de 100 mil desparecidos? Nada, no hace nada al igual que sus antecesores. Solo discursos vacíos, más militares en las calles que no reducirán las violencias y prisión a cualquier sospechoso, o no, de un sinnúmero de delitos, cárcel en lugar de justicia. Responden con militares y la sociedad parece entender esto como solución. Ante cualquier hecho violento o escándalo de corrupción, la respuesta siempre es la misma: se investigará, habrá justicia caiga quien caiga. Décadas y décadas del mismo discurso y se sigue tomando como válido. Recurren a la muletilla porque funciona, porque los medios se conforman con esa respuesta, porque la sociedad no exige otra cosa.
Sociedad y gobierno enredados en una simulación perversa. La indignación selectiva es parte del problema. ¿Cuál será el umbral que active los resortes de la indignación? El horror no tiene límite, la arbitrariedad tampoco. No solo se trata de un imperativo moral, es un acto de sobrevivencia personal, social y de la democracia misma.
Sin resistencia social, pasarán cosas peores.