El regreso triunfal del extraño enemigo

blogeditor · 20 de noviembre de 2014

El regreso triunfal del extraño enemigo

La historia es relativamente sencilla. Se sospecha que la Primera Dama hizo negocios inmobiliarios en términos inmejorables —y más bien increíbles— a cambio de otorgar favores políticos. Entretanto, su marido, el Presidente, enfrenta una crisis política enorme en la que, contrario al oficio político que todo el mundo le atribuía, decidió enfrentar a sus críticos de frente, en lugar de tratar de reducir un poco la tensión, ofrecer a alguno de sus colaboradores como chivo expiatorio o hacer un simple mea culpa. Pronto, el Presidente y la Primera Dama se encuentran a sí mismos argumentando que hay una gran conspiración para evitar que su gobierno pueda introducir las grandes reformas que el país necesita. Es una conspiración innombrable, por supuesto, pero la verdad está ahí para quien quiera descubrirla. Entretanto, la familia permanece unida ante los ataques y le recuerda al mundo que la esposa puede y debe tener su propia y lucrativa carrera profesional.

Sabemos cómo termina la historia, porque ocurrió hace muchos años. Hillary y Bill Clinton salieron relativamente bien librados de “la vasta conspiración de derechas” que supuestamente estuvo a punto de terminar con la presidencia de Bill. Aunque en el camino hubo un proceso de acusación por parte del Congreso estadounidense, Bill Clinton es ahora un estadista global y Hillary es una posible candidata a la Presidencia, después de pasar por el Senado estadounidense, una precampaña presidencial y la Secretaría de Estado. No hubo una revolución, pero tampoco la hubiera habido probablemente si Clinton hubiera renunciado. Es la naturaleza de las democracias bien desarrolladas: los gobiernos caen, fracasan, se levantan, pero el Estado sigue funcionando.

Sirva la anécdota porque ahora es el Presidente Peña Nieto el que se descubre víctima de un “afán orquestado” para “desestabilizar” a su gobierno y, coincidencia, la salva más reciente involucra el inmejorable trato que hizo su esposa para construir una casa. (En este punto hay que hacer una aclaración, porque luego vuelan las acusaciones de haber sido impreciso: el Presidente habló, en realidad, de que se estaría desestabilizando “al proyecto de nación”, no al de su gobierno, pero tengo entendido que el gobierno en turno dejó de ser la encarnación viva de la patria desde hace algunos años, así que el ajuste parece prudente. Quizá quieran tomar nota en la oficina de discursos de Los Pinos pero no es absolutamente necesario, por estos días corre la especie de que lo que es bueno para el gobierno es bueno para el país, “desear el fracaso del gobierno es desear el fracaso del país” o algún fraseo similar. Sostener esto es de una ingenuidad que causa pena ajena, pero hay gente para todo y uno debe respetar, faltaba más, vaya, hasta hubo alguna clase de pacto entre los partidos políticos al respecto).

Es sorprendente que esto sea noticia. Vamos, uno asume que en una democracia hay quien está apostando todo el tiempo a que sus enemigos políticos fracasen. Incluso es posible, si la democracia es más o menos vital, que estos enemigos de hecho hagan algo al respecto en lugar de estar rumiando planes que no llegan a ninguna parte —aunque uno suponga que la revolución será tuiteada, ciertamente es más cómodo. Que un gobierno tenga enemigos que quieran descarrilarlo no es una amenaza para el Estado ni un evento excepcional, es un requisito fundamental de un sistema democrático. Los gobiernos fracasan todo el tiempo en sus proyectos más ambiciosos. Unos se regocijan por ello y otros sufren. No tiene nada de especial.

Se puede discutir, por supuesto, sobre si es más conveniente que haya una oposición cortés y cuidadosa de las formas o si se prefiere una escandalosa y explosiva, pero resulta bastante cursi y más bien molesto que lo llamen a uno a la unidad nacional cada vez que tenemos una crisis política más bien trivial. Si a uno le gustaba una de las grandes ideas del gobierno y los opositores la hacen fracasar, sea, uno está en completa libertad de acongojarse, reclamar y denunciar a los opositores. Pero dejen de llamarnos al resto a cerrar filas para salvar a la patria del extraño enemigo que osó profanar alguna clase de tierra prometida con su necedad de hacer las cosas de manera distinta. No sólo es muy trillado, sino que es francamente insultante: es posible, entre adultos, estar en contra de un gobierno, criticarlo e incluso trabajar activamente para arruinar sus mejores planes y al mismo tiempo esperar que el Estado siga funcionando tan bien o tan mal como siempre.

Hay que decirlo: todos estamos a favor de la patria, como se está a favor de la felicidad, el placer y el buen whisky. Y a veces, estar a favor de la patria, la felicidad, el placer y el buen whisky implica estar en contra de alguien. No es, de verdad, tan complicado. Se puede pedir la renuncia del Presidente por las mismas razones por las que se puede escribir una torpe elegía del trabajo del gobierno o por las que se puede dictar cátedra sobre cómo reformarlo todo. Todos estamos salvando a la patria, a nuestra manera, incluso los que no vamos a levantarnos de nuestra silla para defender a la patria de amenazas innombrables y francamente triviales: por mucho que se fotografíe una puerta quemada, hemos visto puestas en escena infinitamente más macabras.

La crisis es de política y se resolverá políticamente, en las urnas o en los medios, como siempre. Que nadie se confunda al respecto. El Estado no se está colapsando. Las instituciones no necesitan encendidas plumas que salgan a su defensa. La patria no está peor que antes, aunque probablemente tampoco está mejor. No hay una revolución en puerta. Vamos, es posible que ni siquiera haya una sacudida razonable del sistema político —lo que bien visto, es más bien triste. Hay una crisis política, una de esas crisis a las que ya deberíamos estar habituados. Pueden mandar a las plañideras a su casa: el Estado goza de tan buena salud como la que siempre ha tenido; y aunque el gobierno esté pasando una muy mala temporada, tampoco está en sus últimas horas. Ha muerto, ciertamente, la noción de que había una estrategia de gobierno perfecta ejecutada de manera impecable. Ha muerto también la noción de que el PRI representaba un pozo inagotable de oficio político. Pero nadie debería atreverse a llorar a una o a otra, son meras consecuencias del regreso a la política de adultos.

 

@jaimelat