blogeditor · 8 de junio de 2020
Hablar de racismo es incómodo. Lo digo como alguien que desconoce lo que significa que el color de la piel o el origen étnico sean motivos para que te impongan obstáculos. Es incómodo sobre todo si estás políticamente en contra del racismo, pero no por ello las reglas del juego dejan de estar a tu favor. Hablar del racismo es incómodo, también, porque evidencia que hay que levantarlo todo y reorganizar la casa. Pero por más disruptivo e inquietante que sea, la única salida es mirarlo de frente. Yo quiero hablar de lo incómoda que es esta discusión porque negar la estructura intergeneracional del racismo es la base para desconocer las formas que hoy adopta. Como sucede con el racismo desarrollista.
En mi árbol genealógico hay un poco de todo: inmigrantes, anarquistas, periodistas, médicos, militares, esclavistas, terratenientes, entre otros. Por estadística asumo que tengo también ascendencia indígena. Pero ésta habría sido borrada del registro, dado que la mayor información que tenemos –como buena parte de la población no-indígena del norte de Mérida- es de la línea contigua de hombres, casi en su totalidad blancos. Si bien la historia familiar no ha estado ausente de problemas, no pareciera que el origen étnico o el color de la piel haya sido la justificación de alguno de ellos. Al menos no para esa línea viril occidental que se consideró digna de ser recordada para construir la identidad familiar. Por el contrario, mi familia se sostuvo como muchas otras del sistema de explotación que desde hace siglos padecen los mayas en la península, ya sea a través de formas directas como la esclavitud y la explotación de peones, o a través de formas más indirectas y estructurales.
Hoy día las poblaciones mayas en la Península de Yucatán se enfrentan a ese mismo racismo rampante ejercido por siglos del cual también nos servimos las personas no-mayas. La diferencia con otras etapas históricas es que hoy día el racismo ya –casi- no es defendido con un discurso basado en motivos biológicos, como ocurrió en el marco del darwinismo social. Antes quienes defendían la superioridad de un grupo sobre otro hacían uso de la biología para intentar resaltar características anatómicas o fisiológicas como, por ejemplo, la estructura de los cráneos. Si bien aún estamos lejos de desterrar esa lectura biologisista del racismo, ha dejado de ser su presentación predilecta. Hoy día se sostiene a través de otros discursos basados en motivos culturales, por ejemplo, según los cuales habrían determinados grupos étnicos o nacionales que tendrían vicios y comportamientos nocivos que serían intrínsecos a su identidad e idiosincrasia –“es que así son ellos”–. Este discurso es muy presente, por ejemplo, hacia la población afrodescendiente en Estados Unidos, a quienes se les acusa de conductas violentas y delictivas por el solo hecho de ser afrodescendientes.
Así la maleabilidad del racismo, en lugares como la Península de Yucatán adopta una forma desarrollista, la cual sostiene que existirían determinados grupos a los que se les puede imponer proyectos de desarrollo ajenos con base en dos líneas discursivas. Por un lado, por su supuesta incapacidad para tomar decisiones de esa magnitud. Por otro lado, por la minimización de los impactos ambientales, sociales y económicos que el proyecto tendría en las comunidades –a las cuales se les atribuye una vocación de sobrevivir la adversidad y adaptarse- frente a los beneficios que recibirían los grupos con los cuales se identifican quienes impulsan este tipo de proyectos.
El racismo desarrollista suele defender las bondades de sus proyectos industriales y extractivos bajo premisas como la “derrama económica” y la “generación de empleos”, las cuales se asumen ocurrirían por consecuencia automática. Además, parte de la idea de que el sector afectado –como la población maya- se verá beneficiada por trabajar en el proyecto de desarrollo en posiciones de baja movilidad social, las cuales se asume están destinados a ocupar para el beneficio de otros. Los condenados a la resiliencia son romantizados como las humildes manos de obra puestas y dispuestas para lo que otros decidan que debe ser el desarrollo económico.
Son innumerables las actividades industriales y extractivas que están acabando con las tierras y territorios mayas, así como con sus actividades de subsistencia: deforestación –legal e ilegal-, fumigaciones aéreas con plaguicidas, despojo de tierras a través de extorsiones o prácticas fraudulentas, contaminación de cenotes, deterioro del suelo, especulación inmobiliaria, entre muchas otras. Y de ellas nos servimos quienes no somos mayas, como ocurre con la producción de carne de cerdo –una de las industrias que más contamina el agua de los cenotes en Yucatán-, cuyas dimensiones no responde a la demanda de consumo local, sino a la nacional e incluso de otros países. Es decir, no solo la región está pagando una huella ambiental mayor a la que puede soportar, sino que el impacto de ese costo es primeramente resentido por aquellos que al oponerse a los megaproyectos son acusados de ser “ignorantes” o “manipulados por organizaciones”.
Hablar del racismo incomoda, me incomoda, porque no es un fenómeno frente al cual podamos simplemente estar “a favor o en contra”. Estamos inmersos en él. Nos servimos de él. Participamos y recibimos grandes réditos de él. No basta con decirse en contra del racismo para no ser partícipe. Por eso es muy incómodo hablar del racismo. Porque mientras a las personas no-mayas el tema nos produce incomodidad, a las personas mayas y a otros grupos racializados les provoca exclusión, despojo e incluso la muerte. Y es por eso que nuestra incomodidad no importa en esta historia. Es absurda, ínfima y mediocre si no la transformamos en indignación.
Como predico una fiera oposición a la concepción de la culpa en el sentido judeocristiano, no dejo de sospechar que muchas personas, igual o mucho más privilegiadas que yo, confunden la incomodidad que produce hablar del racismo con un forcejeo de culpas. Mucha gente prefiere no reconocer ese racismo estructural debido a que, se pensaría, implicaría tener que cargar con la cicatriz de Caín. Creo que eso ocurre cuando no entendemos que la incomodidad debe llevarnos a la responsabilidad y a la empatía, no a los golpes de pecho y suspiros expiatorios que poco o nada sirven para asumir ese sistema de discriminación estructural como algo real, actual y palpable.