blogeditor · 4 de marzo de 2021
“Las mujeres, mitad de la población mundial, hoy son minoría en todos los ámbitos en donde se toman decisiones de peso para el mundo y donde se piensa nuestra época: parlamentos, gobiernos, ciencia, medios de comunicación, empresas, tecnología, arte, filosofía (o) literatura. Los estereotipos y roles de género tradicionales condicionan su avance. Disputar estos lugares implica transformar la forma en la que hemos pensado el rol de la mujer en toda la historia, es una transformación muy profunda… que ya comenzó y que es irreversible”. Así cierra su introducción Mercedes D’Alessandro de su libro Economía feminista para discutir cómo construir una sociedad igualitaria.
La discusión inicial señala la desigualdad que subyace a todas las desigualdades que miden los principales economistas alrededor del mundo. Thomas Piketty dedica casi 700 hojas en El Capital a discutir sobre la concentración de la riqueza y la inequidad en su redistribución en el mundo, pero no escribe una sola palabra de la “diferencia abismal entre hombres ricos y mujeres ricas, o entre hombres pobres y mujeres pobres. Las estadísticas mundiales muestran (…) que las mujeres ganan menos que los varones de todo el planeta, que hacen más trabajo doméstico no remunerado que ellos (cocinan, limpian, cuidan a los niños, atienden a los adultos mayores y enfermos del hogar), enfrentan tasas de desempleo más altas y son más pobres. Cuando se jubilan ganan menos dinero, son dueñas de menos propiedades y poseen menos riqueza” (D’Alessandro, 2016).
A ello agregaría el dominio, en términos de poder y control, de los hombres sobre las mujeres en las relaciones económicas, laborales, sociales y políticas. Es ahí donde se vive el patriarcado en el día a día, en la violencia que se ejerce en todos los ámbitos de la vida cotidiana sobre las mujeres. Contra ello se han rebelado, se están rebelando y se rebelarán con mayor fuerza las generaciones futuras. Es ese silencio en las páginas de Piketty y ese pacto tácito el que ya identificaron las mujeres y que, con toda razón, van a romper a pedazos hasta alcanzar una igualdad sustantiva en todos los ámbitos de la vida pública en todo el mundo.
Se equivocan quienes creen que estos movimientos son exclusivos de un país o de una generación, es un movimiento político de masas e histórico que reconfigurará todas las estructuras y relaciones como las conocemos hoy. La revolución feminista será esa transformación de la vida pública tan esperada de México por aclamación y por la dimensión política, social, económica y cultural que significa, y no por la invención de un eslogan autoimpuesto de “cambio gubernamental”. El gobierno de Andrés Manuel, cegado y montado en su macho, sufrirá las consecuencias por su incapacidad de responder con acciones políticas contundentes a la demanda colectiva de incorporar políticas públicas con un enfoque de género que garantizara condiciones de igualdad a las mujeres en el ejercicio de sus derechos.
Edmund Burke nombró a los medios de comunicación el cuarto poder a finales del siglo XVIII, no sólo porque ocupaban parte de los escaños en el Parlamento inglés, sino porque sus decisiones y narrativas pesaban más que las de cualquiera de los grupos políticos del sistema político inglés. El feminismo es el quinto poder del siglo XXI. Lo escribo sin temor a equivocarme. Las mujeres hoy están cada día más organizadas y ganan influencia a pasos agigantados en los espacios de toma de decisión. Hay un acuerdo tácito de reconocimiento y apertura entre ellas para impulsarse y crecer en sororidad, así como para señalar y terminar con la violencia patriarcal de siglos y milenios sobre ellas. Se equivocan de nuevo quienes creen que buscan venganza; buscan una igualdad sustantiva y la construyen en colectivo.
Los otros cuatro poderes son patriarcales y anticuados. El quinto poder es feminista, fresco, colectivo y horizontal; y vendrá a revolucionar a los otros cuatro. Permea cada día más en las siguientes generaciones. Transforma igual el lenguaje que las relaciones de pareja, la libertad sexual que las dinámicas de cuidados, los derechos laborales y que las prestaciones de paternidad, los derechos sexuales y reproductivos que las legislaciones de paridad. El quinto poder subyace en cada mujer que levanta la voz, que reclama un espacio, que confronta sus propias creencias y potencialidades, que arriesga y actúa para construir una sociedad más igualitaria e incluyente. Este 8M y 9M, el quinto poder se sentirá con más fuerza que nunca antes en la historia.