blogeditor · 6 de marzo de 2014
Dentro de tres semanas, Diego Luna estrenará en su película sobre César Chávez, el notable luchador social que consiguiera, en los años sesenta, mejorar sustancialmente las condiciones de trabajo de los trabajadores del campo estadounidense. Como en su tiempo ocurriera con Martin Luther King, Chávez se ha convertido en el líder referente casi único de la comunidad hispana. Entre los latinos en Estados Unidos, la figura de Chávez sigue marcando una pauta moral: herederos directos de su lucha encabezan varios de los sindicatos más importantes del país. En California, por ejemplo, una mujer llamada María Elena Durazo, descendiente ideológica directa de Chávez, maneja los destinos de la mayor federación sindical en actividad y, de acuerdo con muchas versiones, usa su derecho de veto para respaldar o acabar con carreras políticas, proyectos de infraestructura y prácticamente cualquier cosa que afecte los intereses sindicales.
En este sentido el legado de Chávez es casi inapelable. Pero existe otra perspectiva que vale la pena analizar. La figura del gran líder campesino pesa tanto entre los políticos hispanos de todas las generaciones que ha hecho difícil el surgimiento de figuras cuyo tono sea menos confrontacional. Esto es particularmente notorio entre los políticos mexicoamericanos. Es el caso, por ejemplo, de Julián Castro, alcalde de San Antonio e hijo de una mujer que fuera parte fundamental del movimiento de Chávez en el suroeste de estados unidos. Castro es heredero directo de César Chávez, de su indignación y sus batallas. Y eso, en el Estados Unidos del siglo XXI, es un arma de doble filo. El propio Barack Obama entendió muy pronto que su carrera política no podía partir del legado directo de Luther King. En otras palabras, el suyo tenía que ser un perfil político “post-indignación racial”. Es imposible entender el éxito de Obama sin esta variable. De la misma manera, los políticos hispanos enfrentan un desafío complejo cuando se trata de la figura que retrata Diego Luna en su cinta: ¿qué tan cerca estar de Chávez? ¿Cómo manifestar esa cercanía, como digerirla?
Por mi parte, estoy convencido de que el futuro de los políticos hispanos pasa por distanciarse del legado de Chávez tal y como lo hiciera Obama con su propio luchador social icónico. Es ahí donde políticos como [contextly_sidebar id=”fa605282c3e08e14d9c7baa41d5e14b7″], el alcalde de los Ángeles que acaba de visitar la ciudad de México, podrían destacar. Si el lector siguió de cerca la crónica de la visita de Garcetti se habrá dado cuenta de que se trata de un político de primer mundo, que asume la parte latina de su legado como eso: una parte, no una característica definitoria. Garcetti es un maestro en el arte de aprovechar su legado hispano y su buen manejo del castellano para congraciarse con la enorme comunidad hispana del Sur de California. Pero no es sólo un pragmático, es también un hombre que defiende activamente la agenda hispana pero – y esto es crucial- no permite que dicha agenda lo defina.
En este caso también es pertinente volver a Obama: compárelo usted con otro político afroamericano relevante de las últimas décadas, como Jesse Jackson. El acercamiento y el enfoque de ambos políticos con la agenda afroamericana no podría ser más distinta: uno parte de la indignación improductiva y el otro del pragmatismo potencialmente fértil. No es ninguna sorpresa que Jackson haya conseguido nada y Barack Obama sea el presidente de Estados Unidos.
Algo parecido podría ocurrir con Garcetti y con otros políticos cercanos a él en edad y en disposición no sólo ideológica sino cultural. Pienso, por ejemplo, en George P. Bush, el hijo de Jeb Bush, por mucho el hermano Bush más brillante. George, de 37 años, acaba de ganar la nominación de su partido a Comisionado de Tierras en Texas, un puesto menor pero ideal como principio. Es perfectamente natural suponer que la suya será una carrera ascendente (yo siempre he apostado que “George P” será, en efecto, el primer presidente hispano de esta país). También es natural pensar que Bush usaría, como Garcetti, su “hispanidad” como una variable más de su persona antes que como la bandera única y absoluta de su identidad política. Ojalá que así sea. Las siguientes dos décadas en Estados Unidos necesitarán de figuras hispanas de alto perfil. Ojalá alguna llegue hasta la Casa Blanca.