blogeditor · 26 de marzo de 2021
El día que el presidente fue informado del primer caso confirmado de COVID-19 en el país, declaró que se trataba de una sola persona, un viajero solitario que acababa de llegar del extranjero, y aseguró: “lo tenemos bajo control, todo va a ir bien”.
Ocho días después, cuando en una sesión informativa de alto nivel el presidente fue advertido sobre la facilidad de contagio del nuevo coronavirus descubierto en Wuhan, y de que su alta letalidad podría ser la mayor amenaza que enfrentaría su administración, él cuestionó duramente a los expertos.
Horas después, cuando ya no eran uno sino cinco los casos en el país, el presidente declaró a la prensa que el problema era mínimo, pues todas esas personas se estaban recuperando, y añadió: “creemos que esto tendrá muy buen final, eso lo puedo asegurar”.
Mientras Europa sucumbía y la Organización Mundial de la Salud llamaba a la comunidad internacional a prepararse para una pandemia no vista en un siglo, el presidente dudó de los expertos, minimizó la crisis y dijo que la enfermedad desaparecería sola.
Cuando se multiplicaron por miles los casos confirmados, y comenzó a morir la gente, el presidente aceptó tomar medidas; cerró el espacio aéreo a vuelos provenientes de China; declaró 15 días de confinamiento –que tuvo que alargar a otros 30– y, aunque se vio obligado a declarar una emergencia nacional, él personalmente se negó a usar mascarilla en público.
Encargó la crisis a los médicos y especialistas, pero él se regocijó hablando de remedios y supersticiones; apeló a la fe y fortaleza de su pueblo para derrotar al coronavirus, y se negó a suspender sus actividades presenciales y sus actos multitudinarios.
Luego se aferró a sus propios datos sobre el desarrollo de la enfermedad y acusó a sus opositores de desear que al país le fuera mal con la pandemia para descarrilarlo de cara a las próximas elecciones.
Pasados varios meses, el presidente atribuyó al virus que había llegado del extranjero la crisis económica y el frenón a su “estupendo” proyecto de gobierno; culpó a los periódicos de alarmar a la sociedad y se dijo víctima de una conspiración de los intereses que controlan a los medios tradicionales.
Cuando él mismo enfermó de COVID-19, se refugió en el cariño de sus seguidores en las redes sociales y dijo que los problemas del sector salud eran atribuibles a los errores de las pasadas administraciones.
Creció el desempleo; el país se hundió en una grave crisis económica y sanitaria, los hospitales y las morgues se saturaron, y los muertos comenzaron a contarse por decenas de miles. La vacuna, mientras tanto, no llegaba y, cuando llegó, comenzó a administrarse a cuentagotas.
La pandemia, como le fue advertido por sus asesores, terminó siendo el gran obstáculo de su administración y, a pesar de su enorme popularidad, provocó que el presidente perdiera las elecciones.
Éste es, en resumen, el relato que hace el periodista Bob Woodward sobre el último año de Donald Trump en la Casa Blanca, en su más reciente libro, titulado Rabia y publicado en México por Roca Editorial.
Bob Woodward narra con lujo de detalles aquellas reuniones de enero de 2020 en las que un incrédulo y reticente Trump confrontaba a los científicos, negándose a tomar las medidas necesarias para frenar a tiempo la expansión del virus, que tal vez hubieran mitigado los altos costos humanos que la pandemia ha tenido en Estados Unidos.
“Ahora veo que la forma de manejar el virus por parte de Trump (ciertamente, la prueba más importante para él y para su Presidencia) refleja los instintos, hábitos y estilo adquiridos en sus primeros años como presidente y a lo largo de toda una vida”, escribe Woodward en el prólogo de su libro, lanzado al mercado norteamericano en septiembre del año pasado, dos meses antes de las elecciones que terminó perdiendo Trump por un estrecho margen.
En más de 400 páginas, Woodward presenta un intenso y apasionado relato del manejo de la pandemia por parte de Trump y el pequeño círculo que lo rodeó en el último año de su gobierno, que coincidió con la crisis mundial por la aparición del coronavirus.
Si en Miedo (Roca Editorial, 2018), Woodward narra y explica el sorpresivo arribo de Trump a la Presidencia y sus primeros años en la Casa Blanca, a partir de testimonios de decenas de funcionarios y políticos allegados a él, en Rabia el periodista consigue que sea el propio Trump quien vaya contando algunos de los secretos de su administración y mostrando, en sus propias palabras, su estilo personal de gobernar.
El libro se basa en diversas entrevistas hechas por el autor bajo la técnica de deep background; es decir, un acuerdo con los entrevistados para grabar las conversaciones y utilizar para el texto toda o parte de la información ahí proporcionada sin citar a las fuentes.
Pero también se basa en 17 entrevistas que tuvo el autor con Trump, entre el 5 de diciembre de 2019 y el 20 de julio de 2020, a las que el presidente accedió después de leer Miedo con la intención de que Woodward consignara su versión de una historia que, de cualquier forma, iba a publicar.
El resultado es una magnífica crónica política en la que Trump, de 74 años, y Woodward, de 77, tienen intensas conversaciones telefónicas sobre política exterior (China, Corea, Rusia), sobre el movimiento “Black Lives Matter”, sobre su primer impeachment, sobre los constantes cambios en su equipo de gobierno en áreas muy sensibles para la seguridad nacional y, desde luego, sobre los estragos provocados por la pandemia.
–¿Qué nota se daría a sí mismo en la gestión del coronavirus? –preguntó Woodward a Trump en su última conversación.
–Bueno, yo creo que me daría muy buena nota, porque lo que hemos hecho… ya sabes, estábamos totalmente… cuando me hice cargo yo, no teníamos nada, no había ninguna previsión –respondió el presidente.
–La gente está preocupada por el virus –le hizo ver el periodista.
–Lo sé, Bob. Pero el virus no tiene nada que ver conmigo. No es culpa mía. Es… China dejó que el maldito virus se expandiera –contestó el presidente.
Al final, Woodward concluye que Trump no era la persona indicada para el delicado trabajo de dirigir los destinos de un país, y mucho menos en medio de una inédita crisis sanitaria mundial.
Woodward, famoso por su participación en la investigación del Watergate, que le costó la Presidencia a Richard Nixon, ha escrito libros sobre nueve presidentes estadounidenses, tiene dos premios Pulitzer compartidos con sus equipos en The Washington Post y ha desarrollado con maestría el género del reportaje de reconstrucción.
En Rabia, no sólo muestra a un presidente que confiesa haber encontrado “dinamita detrás de cada puerta” al llegar al poder, sino que demuestra que esa dinamita es, ni más ni menos, que el propio presidente.
* Ernesto Núñez (@chamanesco) es periodista y asesor del INE.