blogeditor · 24 de abril de 2013
Por: Alberto Lujambio (@lujambioalberto)
El precio único del libro es una medida regulatoria -declarada constitucional por la Suprema Corte de Justicia de la Nación el día de ayer- que tiene por objeto proteger a la industria de la dinámica del libre mercado. Sus artífices -fundamentalmente países europeos- buscaban promover un tipo de competencia editorial que no tuviera como fundamento el precio, sino la calidad del contenido. De esta manera -argumentan- se fomenta la creación de material “culturalmente valioso”. Para muchos economistas, la idea es abominable por las razones incorrectas.
Ciertamente, la industria europea generó grandes productos editoriales durante todo el siglo XX y, al mismo tiempo, consiguieron consolidar cifras asombrosas de lectura. Nuestros legisladores -y algún grupo de sabios- pensaron aquí existía un nexo de causalidad que podíamos trasladar a nuestra realidad. Hoy sabemos que estaban equivocados porque, a pesar de que emulamos el diseño, no conseguimos ni por asomo los mismos resultados en ninguno de los dos ámbitos. Nuestra industria sigue en crisis y los “índices de lectura” siguen estancados. Hay dos hipótesis para explicarlo.
Los catastrofistas -principalmente dueños y ejecutivos editoriales- afirman que el mercado no da para más: los mexicanos no leen. Para ellos, la Cultura -con mayúscula- está en crisis porque nuestros jóvenes no quieren o pueden comprar los libros que sus pomposos consejos decidieron imprimir.
Los optimistas vemos las cosas de manera muy distinta. Pensamos que, la nuestra, es la generación más lectora de la historia. Casi todo el Internet es texto y vivimos absortos, leyendo en nuestras pantallas. Para nosotros Internet entra en competencia directa con la oferta de las librerías y los puestos de revistas.
No sorprende que la edad promedio de los lectores de periódicos -y de libros tradicionales- aumente dramáticamente. A mi generación no le gustan las noticias de ayer y tampoco estamos dispuestos a plegar nuestra inquietud a los tiempos de la impresión y la distribución del contenido. Queremos leer cosas de calidad, validadas por quienes habitan en nuestras redes sociales. No nos importa el sello de la “Editorial Maravilla” sino que nos movemos, cada vez más, por lo que opina y recomienda @fulanita.
Vivimos en la era del contenido y los grandes creadores ya empezaron a descifrar cómo funciona este proceso. Por muchas razones, Why Nations Fail me parece uno de los fenómenos editoriales más fascinantes de los últimos años. Más allá de tener intuiciones brillantes, su proceso de cristalización es muy explicativo. La primera “edición” del libro fue ofrecida gratuitamente por Daron Acemoglu y James Robinson en un blog y pretendía obtener retroalimentación colectiva. Después de una revisión, fue reeditado, impreso y vendido por millares en todo el mundo. Tras un tiempo en el mercado, se volvió a convertir en blog para permitir otro proceso de perfeccionamiento: abierto y horizontal. Así surge una segunda edición… después de ser dos veces blog.
Por eso no creo en las “cifras de lectura” que tantos indignados manosean sin piedad. Esos números deben entenderse, más bien, como el estudio de mercado de una industria que quiere saber cuántos objetos se compran: sin importar que terminen adornando la sala, calzando la mesa del comedor o leídos por docenas en una biblioteca pública.
El debate del precio único tiene una característica muy singular porque nos hace pensar en los libros como lo que son: productos insertos en un mercado. Las políticas proteccionistas y la concentración del mercado editorial han dejado a la industria en un verdadero estado de indefensión. Competir contra el contenido gratuito de Internet es un trago muy amargo para quienes piensan que todos debemos pagar $200 cada vez que queremos consumir contenido escrito. Lo peor de todo es que el arreglo vigente permite que el autor sólo se quede con el 10 por ciento del pastel mientras que los libreros y los editores se quedan con el resto. El lector, por supuesto, siempre pierde.
Por eso la reflexión tiene que irse a otro espacio. Tenemos que preguntarnos cómo vamos a hacer para consumir contenido a precios razonables y cómo vamos a retribuir a sus creadores para que sigan escribiendo. La única manera posible es que logremos retirar a los intermediarios que no agregan valor y conservar los eslabones más importantes en esta cadena: el autor y el lector. De validar el contenido, se encargan nuestros nuevos líderes de opinión… que para eso los tenemos en Twitter.
* Alberto Lujambio es miembro del Consejo de Novelistik (@novelistik), plataforma social de lectura y publicación.