blogeditor · 11 de febrero de 2012
El reloj marcaba las dos de la tarde; combinaba la cronología del medio día con mi cansancio después de visitar talleres-fábricas con distancias kilométricas, en la Provincia de Guangdong, la región industrial más próspera del sur de China.
La caravana de visitas se debía a que un buen amigo restaurantero había viajado a China en aquella ocasión buscando nuevas oportunidades para hacer negocios.
Consideré pertinente el viaje, porque asistiríamos a la famosa Feria de Cantón -la exposición de comercio internacional más grande del mundo-. Sin embargo, quise mostrarle directamente las oportunidades que había en las fábricas chinas, mismas que yo empezaba a conocer.
Convencido de mi cometido y con la inexperta pericia de mis primeros viajes a la sureña provincia cantonesa, nos dirigimos a la última cita programada; entramos a la selva asfaltada por la que nos transportamos a lo que me parecía el mayor centro industrial tercermundista. Contrastaba con el gran Pabellón de Pazhou, recinto de la Feria Asiática, que parecía tener más representación internacional que la propia Organización de las Naciones Unidas.
Después de hora y media de haber partido, mi amigo, por un lado con sentimientos ambivalentes por la impaciencia de ver el modernismo industrial chino, no pudo ocultar en su quijada el coraje que cubría con un telón discreto de sonrisas forzadas.
No era para menos; Chen, el conductor, se dedicó a esquivar con un frenesí de primerizo a los camiones y tractores con los que nos topamos a lo largo de todo el trayecto.
Para calmar un poco los ánimos de Chen, le ofrecí detenernos al lado de una gasolinera que apareció repentinamente ante nuestros ojos.
Entonces, la camioneta se detuvo y mientras el conductor compraba bebidas, percibí que unas gotas de sudor causadas por mi nerviosismo empezaron a rodar sobre mi camisa, las cuales, sumadas a mi impaciencia, hicieron mucho más que humedecer mi ropa.
Tomé un poco de té verde frío, intentando refrescar las dos horas que restaban para llegar a la gran fábrica de bebidas gaseosas, cuya peculiaridad –según nos habían informado- era que se exportaba desde ahí el mismo líquido, pero con diferentes marcas a más de ochenta países.
Chen volvió a la carretera con el repetido trompeteo de su claxon, impidiéndonos escuchar con claridad la versión de “Jiggy” en versión del pop chino de Yao-Yao de su estéreo, que le imprimía cierto ritmo a la travesía, mientras se frustraban nuestras aspiraciones de dormitar intermitentemente.
Entre los desencuentros del accidentado viaje y la complicidad de la multiplicidad de usos de nuestros teléfonos celulares, las manecillas del reloj se apiadaron de nosotros y transcurrieron con la rapidez de la relatividad del tiempo.
De pronto, apareció frente a nosotros un pequeño edificio de edad premaoísta, que me hizo pensar en el milagro de cómo seguía en pie. El chasquido de los frenos del vehículo en el que viajamos hasta ahí, contuvo nuestra impaciencia, mientras que Chen dijo, exhalando un suspiro de calma:
“Wo men dao le” (hemos llegado).
A las afueras del edificio, apareció Sandy Wei, gerente de ventas de la empresa, quien, desafiando de entrada el protocolo chino tradicional, nos entregó de manera jadeante su tarjeta de negocios con la que se identificó.
Aquella “ejecutiva”, chica de difícil buen ver, de raquítico inglés lleno de forcejeos semánticos para darse a entender, nos condujo a un pequeño privado con un fuerte olor ahumado (para no describirlo de otra forma) que parecía desear expulsarnos del edificio, al que llegamos después de subir tres pisos.
Ahí pudimos descubrir, por los telones de ropa interior multicolor colgada de las ventanas, multifamiliares alrededor de lo que parecía ser una especie de vieja torre de control corporativo.
Mi amigo, que hasta ese momento se había contenido, empezó a mostrar rasgos de furia en mi contra, dándome a entender que la visita era una verdadera burla.
“Bienvenidos a la Fábrica de Bebidas gaseosas Infinity beverages”- dijo Sandy.
El señor Hu Yaozi, se identificó como el gerente de la fábrica, en medio de una animosidad casi desesperada.
¡Pero esto no es una fábrica!- desahogó sin mesura mi amigo, dirigiéndome miradas de recriminación al tiempo que rechazó el vaso de cartoncillo con agua caliente y té verde que Sandy le estaba ofreciendo.
La furia, que es un idioma común humano y que no requirió de traducción en aquel momento, hizo que el señor Hu entendiera la causa de nuestro enojo después de la airada reprimenda visual.
Espetando gestos de serenidad para tratar de tranquilizarnos, nos condujo en silencio a una sala de exhibición en la que pudimos observar más de cuarenta bebidas diferentes. Esto calmó, en parte, los ánimos de ansiedad que ya me había contagiado mi disgustado amigo.
El señor Hu por fin dibujó una sonrisa y nos condujo entonces a un cuarto no mayor de 5 metros, repleto de pantallas de video con conexiones a otros establecimientos descubiertos por los colores monocromáticos de los televisores.
En unas pantallas se podía observar cómo grandes máquinas lavaban botellas de vidrio vacías; en otras, se veía el proceso de envase de latas de aluminio y su empaque en cajas con letras de diferentes diseños en árabe, en portugués e incluso en pharsi.
De pronto, la sonrisa imperial de Hu descubrió el vestigio que quedaba de su dentadura y sentenció:
“Nosotros somos una fábrica de valor, agrupamos necesidades, creamos grupos de compras y exportamos las bebidas con más de 35 marcas a ochenta países del mundo”.
“Nos conectamos por Internet, para analizar nuestros inventarios, nuestra oferta, nuestra demanda y ésa es nuestra forma de fabricar”.
“Nosotros no vendemos arquitectura ni edificios lindos, díganos qué bebida quiere, qué marca necesita, y nosotros se la llevaremos a cualquier parte del mundo a los mejores precios”.
No pude impedir que mi amigo siguiera enojado por lo sucedido, pero nunca olvidaremos ambos, que ese diálogo nos enseñó de qué modo las empresas se están conectando para satisfacer las necesidades que demanda el mundo.