blogeditor · 2 de mayo de 2022
En los últimos años la discusión en torno a lo que es o debiera ser la libertad de expresión se ha intensificado. Internet y las redes sociales pusieron en juego la narrativa hegemónica en la medida en la que abrieron paso a nuevas y diversas expresiones. Las mujeres de muchos lugares del mundo, por ejemplo, encontramos un resquicio de libertad y un megáfono para hablar de nuestras preocupaciones, violencias y necesidades muy a pesar de la intentona constante por mantenernos en el silencio. Poco a poco hemos conocido sobre otras culturas y hemos compartido reclamos y luchas que van más allá de las fronteras. El mundo digital trajo consigo grandes oportunidades para la expresión, para generar narrativas más inclusivas y diversas, para escucharnos y compartirnos.
El espacio cívico en línea tampoco se escapa de la podredumbre humana. En él se han escalado prácticas deplorables como el odio, la desinformación y las muy diversas prácticas discriminatorias. Desafortunadamente, mientras hay aquellos que buscamos que esta nueva forma de libertad se amplíe y se mantenga, existen emisores del odio que ven esta herramienta como una oportunidad para hacer de su mensaje un virus o aquellos que buscan impulsar el rumor y la desinformación para colapsar el orden social y mantener el poder.
Con este pretexto, gobiernos y empresarios de poder de todo el mundo buscan colonizar el espacio cívico en línea para hacer valer lo que desde su visión es la “libertad de expresión”, para determinar lo que uno puede o no compartir o saber. Todos los días vemos expresiones de figuras públicas, principalmente de actores gubernamentales, exigiendo a los reguladores de internet “benevolencia” y “cordura” ante la crítica y el escrutinio que se ejerce en su contra.
En la región escuchamos a gobernantes y legisladores que buscan censurar las expresiones en internet por “el bien común”, fijando de nuevo los límites de la “buena” y la “mala” expresión. Autoridades sujetas a la observación de la ciudadanía que determinan qué es lo que una puede o no decir y en qué condiciones, lo que una dice puede ser sujeto de pena o sanción. Así se nos va despojando de esos reductos de libertad.
En este contexto hemos encontrado extremos peligrosos como los de Nicaragua, en donde solicitar apoyo a organismos internacionales a través de las redes supone un delito que ha llevado a la cárcel a periodistas y disidentes; leyes que criminalizan cualquier expresión vinculada con las pandillas en El Salvador, o iniciativas legislativas como las de México, que buscan criminalizar expresiones de oprobio que se generan en las redes.
Es cierto, discutir las violencias a la libertad de expresión en Internet parece menor frente a las grandes amenazas a las que se enfrentan periodistas y comunicadores en un país como el nuestro. Ocho periodistas fueron asesinados por hacer su trabajo en solo cuatro meses mientras que el presidente y funcionarios públicos cuestionan la labor del periodismo y tildan a los que se expresan diferente de adversarios. Sin embargo, estoy convencida que sin esos pequeños espacios de libertad la exigencia de verdad y justicia ante estos homicidios sería fácilmente silenciada. Por eso la discusión es tan importante.
En el día Internacional sobre la Libertad de Expresión es fundamental reconocer lo que hemos logrado y lo que podemos perder. En México tenemos gobiernos a nivel federal y local indolentes e incapaces de investigar de manera exhaustiva las violencias a las que se enfrenta el periodismo, pero sagaces al momento de presentar nuevas formas de censura.
También hemos conocido y visto un periodismo que se reconoce y se asume como un bien público, que le da a la sociedad la oportunidad de entender y cuestionar su entorno desde distintas aristas. Hemos sido testigos de un periodismo que sufre la violencia como en ningún otro país en el mundo que no se encuentra en guerra y, a pesar de esto, nos mantiene informados, resiste y lucha por su libertad.
En un día como hoy, vale la pena reconocer que las democracias se consolidan por y con las personas, con la sociedad civil, con el periodismo, con la ciudadanía que participa y que lucha. Por esto, ceder el poder de la expresión al gobierno no es una opción.
* Ana Cristina Ruelas (@anaruelas) es especialista en libertad de expresión e información.