blogeditor · 16 de marzo de 2022
El discurso capitalista busca que el sistema prevalezca y perdure, que el modelo productivo no sufra cambios ni transformaciones, y precisa una estructura ideológica que lo defienda, sustente y fomente, para poder reproducirse. Qué mejor forma de lograrlo que quitarle todo espacio a cualesquiera otras prácticas o modos de pensar y someterlas a una sola ideología y a una sola verdad. 1
Es través del designio de la verdad que el discurso se encarna en prácticas sociales; todo se produce y se mueve en el discurso, pues la totalidad, la verdad, se encuentra allí y se ve a través de él. Pero sólo es una ilusión: la realidad ha sido traducida a la palabra, y en la palabra se han terminado por ocultar prácticas, vivencias, experiencias… y también todo lo no humano (de ahí, por ejemplo, que la naturaleza sea estimada como un objeto del que la humanidad puede disponer a capricho). Quien tiene la palabra, quien tiene el discurso, aferra el “objeto” por y para sí. El problema de este espacio permeado de la ilusión de transparencia es que implica una identidad, según explica Henri Lefebvre, entre el conocimiento, la información y la comunicación 2: conocimiento e información están mediados por el designio de la verdad, por el discurso institucional que sustenta un modelo de producción; por ende, en la racionalidad capitalista, lo que comunica en realidad separa, y la separación se vuelve real en el manto de la verdad.
¿Cuál es la alternativa para evitar este desfase? La realidad, vista desde esta perspectiva, parece inmodificable; siguiendo las tesis de Althusser y Lefebvre, quedarse en el espacio de la palabra, que es el espacio de la verdad institucional, sólo provocaría la revalidación del discurso de ésta última. Una visión alternativa de la que podemos aprender es la del pueblo guaraní, donde los diferentes términos para palabra “(…) significan también ‘voz, habla, lenguaje, idioma, alma, nombre, ida, personalidad, origen’ y (el concepto de palabra) tiene, sobre todo, una esencia espiritual”. 3 La palabra es un término comunicativo en su más amplio sentido: crea comunión como acto, como práctica y como experiencia; experiencia que, además, no está reducida al ser humano (los dioses hablan, pero también las plantas, los animales, la tierra, el agua y el aire). Se trata de algo interno, vivo, que une a la humanidad a su mundo, a la divinidad y a las demás personas.
Sin embargo, los mismos guaraníes explican que es una tendencia humana separarse y separar lo que hay en el mundo. Pero, cuando la humanidad se aleja de esa palabra, nacen crisis de la vida; alejarse de la palabra que une y comunica lleva a una ilusión de transparencia, a una cultura que ensalza la palabra humana a costa de ocultar la vida, las prácticas y las experiencias. Al hacerlo, necesariamente eclipsamos, en nuestra ilusión de verdad, el decir de la naturaleza. Si la palabra no comunica, divide y apropia.
Entonces, dicen los guaraníes, ha habido “mala ciencia” (una “mala ciencia” que no es otra cosa sino una palabra bifurcada, una palabra separada), un asunto de ignorancia (la ignorancia de no escuchar otras voces, humanas o no humanas); la palabra ha sido bifurcada, separada topológicamente de la vida, y eso ha provocado crisis en nuestra realidad. Cuando en la cultura lo que importa es el habla, se oculta, en la falsa sinonimia entre el habla y la comunicación, la escucha (de ahí que sea “palabra bifurcada”). Por eso en nuestro tiempo no se escucha ni a la naturaleza ni a las otras personas: todos han sido determinados por y para una ideología que “conoce”, separa y delimita desde un discurso que posiciona la verdad en el yo y no en el nosotros (un nosotros social, natural y espiritual). 4
La cosmovisión guaraní explica que, cuando hay crisis e ignorancia, se requiere una redención del decir, una restitución de la palabra. Ese discurso que se apropia de la verdad, que excluye de sí una mentalidad plural y diversa, que exige rigidez argumentativa y paradigmas institucionales, cambia necesariamente cuando pensamos desde la otredad. Entonces se da el paso a una Ética del reconocimiento de lo otro, una Ética de la vida. 5 Y acorde a ella hay un deseo por escuchar, conocer y comprender lo vivo que no es necesariamente humano; ese deseo, sólo culminado en el acto, transforma ese discurso –que en el sistema capitalista sirve para arrebatar la realidad a lo otro– a partir de una realidad germinada en la práctica. ¿Qué práctica? La práctica del reconocimiento y la escucha.
La realidad, en una Ética de la vida, se crea escuchando; y la verdad, escuchando, se crea en comunidad. En otras palabras, la alternativa al capitalismo, creemos, es la escucha, pues en el acto de recibir que es escuchar se develan otras realidades imperceptibles desde la misma individualidad. No escuchar, por otra parte, implica que lo no escuchado no tiene importancia o valor y, por lo tanto, no amerita reconocimiento ni respeto. De ahí que la Ética de la vida precise de la ciencia, así como la ciencia precisa de la Ética de la vida; pues la naturaleza, así como la vida no humana, no puede escucharse sin el debido conocimiento, pero ese conocimiento, para ser capaz de respetar lo conocido, necesita regular éticamente su discurso. En la Bioética, consideramos, podemos encontrar un atisbo a lo que los guaranís llaman “restitución de la palabra”: una comunicación efectiva con el mundo desde la ciencia… reconociendo la vida.
* Irak Carranco es pasante de la Licenciatura en Filosofía de la UNAM, y actualmente realiza el Servicio Social en el área de Difusión Cultural del Programa Universitario de Bioética (PUB) de la UNAM. Sus temas de interés son la Ética ambiental, el pensamiento utópico en Nuestra América y la Filosofía de la religión. Elizabeth Téllez es médica veterinaria zootecnista, maestra en Ciencias por la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVyZ), y doctora en Bioética, todos por la UNAM. Es Profesora de Asignatura del Seminario de Bioética en la FMVyZ y responsable de Difusión Cultural en el PUB.
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1 Althusser, L., “La transformación de la filosofía”, en Filosofía y lucha de clases, Distribuciones hispánicas, México, 1986.
2 Lefebvre, H., La producción del espacio, trad. Emilio Martínez Gutiérrez, Capitán Swing, Madrid, 2013.
3 Chamorro, G., Teología guaraní, Ediciones Abya-Yala, Ecuador, 2004.
4 Lenkersdorf, C., Aprender a escuchar: enseñanzas maya-tojolabales, Plaza y Valdés, México, 2008.
5 Navarro y Solares, F., “La concepción del poder en el zapatismo”, en Periódico Nueva época, México, diciembre 2012-enero 2013, año 1, no. 4.