El PeNeDe

blogeditor · 9 de abril de 2013

El PeNeDe

Para tristeza de muchos, las vacaciones ya terminaron y por lo tanto, es tiempo de ponerse a trabajar, inclusive con el sacón de onda biológico que representa el nuevo horario de verano.

Sin embargo, estas dos semanas que vienen son importantes para todos los mexicanos y las mexicanas, principalmente porque arrancan las mesas de consulta a expertos y a miembros de la sociedad civil organizada para la conformación del Plan Nacional de Desarrollo, que como lo marca nuestra Constitución y la Ley de Planeación, cada nueva administración federal debe formularlo y presentarlo a más tardar a finales del mes de mayo del primer año de gobierno.

Este Plan en teoría, debe reflejar el rumbo que tomará el país a partir de las prioridades que la nueva administración federal defina con respecto a los principales problemas del país. Es decir, el Plan Nacional de Desarrollo es una especie de carta de navegación política que define hacia dónde se dirigirá el país y cómo nos lo imaginamos una vez que se llegue al destino que se plantea: más democrático, más justo, más equitativo, menos pobre, más seguro, más sustentable.

El problema está en que este documento se ha convertido, si es que siempre lo ha sido, en un ejercicio meramente literario en el que más que orientar las decisiones políticas y el diseño de los programas y las políticas públicas, ha constituido en una especie de anecdotario y una compilación de buenos deseos. Y el problema no es en sí el documento mismo, sino la intención que ha estado detrás de la redacción de este documento a lo largo de muchas décadas: darnos atole con el dedo. ¿Y por qué lo digo? Simplemente porque los buenos deseos que ahí se han establecido sexenio tras sexenios carecieron de una lógica sistémica o integradora; estaban alejadas de la realidad del país; no fueron verdaderamente incluyentes; no definieron metas concretas, ni plazos específicos, y muy pocas veces establecieron la forma de medir su cumplimiento.

En esta ocasión tenemos la oportunidad de que en la definición y redacción del Plan Nacional de Desarrollo de esta administración se puedan plantear algunos aspectos relevantes:

El primero de ellos, una visión integral de los problemas del país, por un lado, pero por el otro, un conjunto de propuestas ordenadas, coherentes e integrales para su atención y eventual solución. Reconocemos que muchos de los problemas del país no pueden ni podrán resolverse en el corto plazo, inclusive tampoco en el mediano plazo, pero si será importante que se describa la ruta que se va a seguir y sobre todo, la manera en cómo se va a hacer. Sin una visión integral, tanto temporal como estratégica, será muy difícil diseñar posteriormente los planes sectoriales con un mínimo de coherencia.

El segundo es que el Plan Nacional de Desarrollo refleje lo mejor posible, la realidad del país. Que reconozca de manera honesta los retos y los desafíos a los que nos enfrentamos en este momento. Sólo así será posible diseñar metas objetivos y metas concretas, realistas y que realmente estén orientadas a atender los principales problemas del país.

El tercer punto es la inclusión de la voz ciudadana en el diseño del Plan. No quiero decir con esto que la ciudadanía no había participado anteriormente en este ejercicio, sin embargo, su participación en muchas ocasiones terminaba siendo testimonial, la cual respondía más al cumplimiento de un requisito legal que a una verdadera intención de la autoridad federal de tomar en cuenta sus opiniones y aportaciones. Esto tiene que cambiar definitivamente.

La cuarta consideración es la necesidad de fijar objetivos y metas concretas. Si bien es cierto que el Plan Nacional de Desarrollo es un documento en el que se fijan los “anhelos políticos” del país y las prioridades estructurales, el nivel de vaguedad que históricamente ha tenido el documento impide que pueda evaluarse en cualquier momento si dichos anhelos fueron medianamente alcanzados o sólo fueron una vez más, sueños guajiros de nuestros políticos.

Esto es crucial porque si no nos esforzamos a aterrizar más el Plan Nacional de Desarrollo, estaremos de nueva cuenta haciéndole solamente al cuento, todos, gobierno, ciudadanía y perderemos el tiempo una vez más. Además, fijar objetivos y metas no es irrelevante, ya que ello nos permitirá orientar, concentrar, destinar todos nuestros esfuerzos y recursos como país en cumplirlos.

Finalmente, la quinta consideración es que, de una manera aunque sea general, sería agradecible que el Plan Nacional de Desarrollo nos hablara un poco de los “cómos” que posteriormente serían desarrollados más ampliamente en los planes sectoriales que se deberán trabajar durante el segundo semestre de este año. Esto es muy importante, porque eso nos permitiría empezar a pensar en cuáles programas y políticas públicas serían las adecuadas para cumplir esos objetivos y esas metas, así como también cómo hacerlo de la manera más eficiente y sobre todo, eficaz, es decir, cómo orientamos el propio Plan Nacional de Desarrollo a resultados.

¿O ke ase?