blogeditor · 10 de abril de 2014
Hace unas semanas, en el noticiero de Univision que conduzco, me enfrenté a una noticia que parecía de otra época. Contaba la historia de un severo brote de sarampión en Nueva York. Y no sólo ahí. Días más tarde dimos la noticia de que 30 personas han enfermado de sarampión, esta vez en el Condado de Orange, cerca de Los Ángeles. La enfermedad, supuestamente erradicada en Estados Unidos desde hace 15 años, ha regresado con una fuerza inesperada. ¿Por qué? La explicación tiene que ver con uno de los fenómenos más extraños de los últimos tiempos: la triste moda de satanizar la vacunación para menores de edad.
En los últimos días he tratado de entender los argumentos de quienes han decidido no inmunizar sus hijos. Ninguno me ha convencido en lo más mínimo, pero enumerémoslos en un ánimo meramente didáctico. Primero hay quien dice que vacunar a los niños es hacerle el juego a la gran industria farmacéutica. De acuerdo a esta particularísima teoría de la conspiración, la industria de la vacunación no tiene como objetivo la erradicación de las enfermedades infecciosas sino un perverso ánimo capitalista en el que lo único que importa es el negocio. Peor todavía: hay quien dice que las vacunas están diseñadas no para eliminar enfermedades sino para perpetuarlas, en un afán de proteger el negocio farmacéutico. Para estos padres, la manera ideal de castigar a la “rapaz” industria farmacéutica es negarle la inmunización a sus hijos. Quizá, pienso, sería bueno que, con esa misma intención justiciera, se negaran a la aplicación de anestésico alguno la próxima vez que pasen por el quirófano. Total: la anestesia también es producto del monstruo farmacéutico.
Luego hay quienes señalan que algunas vacunas causan autismo. Esto es falso. Otros más dicen que las vacunas generan enfermedades autoinmunes. Esto tampoco es cierto. Finalmente encontré otros que argumentan que la vacunación supone una suerte de agresión al proceso natural, como si el progreso de la ciencia implicara una traición a la relación entre el hombre y su entorno. Insisto: ninguno de estos argumentos se sostiene en lo más mínimo. No hay ni un solo estudio que desafíe seriamente los beneficios de la vacunación masiva. Todos son mitos, medias verdades o simples manifestaciones de ignorancia.
El problema es que los ignorantes son muchos y están provocando una potencial catástrofe.
[contextly_sidebar id=”472e14f8645c533e1f8ce46470b52f43″]Basta ver lo que ocurre en Nueva York. De acuerdo con un estudio reciente, 245 escuelas privadas en Nueva York tienen un índice de vacunación menor al 90% establecido como el mínimo aceptable por las autoridades federales. 37 escuelas tienen índices menores al 70% y nueve escuelas están por debajo del 50%. A eso hay que sumar otros casos, como una escuela en California que tiene un índice de vacunación de 23%. La implicación de estos números es el argumento más claro para desmontar el principal mito que promueven los “anti-vacunas”. Varios de los padres opuestos a la vacunación insisten en que no es necesaria cuando, en pleno siglo XXI, la lista de enfermedades infecciosas erradicadas es ya muy larga. “¿Para qué vacunar a los niños cuando las probabilidades de infección son mínimas?”, seguramente argumentarían. El problema, claro, es que la mayoría de los niños viven en sociedades donde muchas enfermedades han sido erradicadas precisamente porque los índices de vacunación se han conservado en niveles aceptables, manteniendo bajo control a los agentes infecciosos. Sin vacunación no hay inmunidad y sin inmunidad hay peligro de contagio. Esta deducción se les escapa a los padres que se oponen a la vacunación.
También se les escapa un concepto fundamental de la epidemiología: la “Inmunidad de rebaño” o “inmunidad de grupo”. De acuerdo con la inmunidad de grupo, la protección inmunológica de una comunidad depende directamente de mantener índices de vacunación altos. Ese índice de vacunación sirve como garantía para la comunidad entera, incluso para el mínimo porcentaje que no está vacunado o para el que la vacuna no ha resultado efectiva. En otras palabras: la comunidad inmunizada sirve de escudo para los individuos no inmunizados. Si el porcentaje de inmunizados es menor al mínimo necesario, la inmunidad de rebaño se pierde, exponiendo a la comunidad a un brote o, peor, a una epidemia. Dicho de otra manera: la percepción de salud y seguridad que los padres anti-vacuna usan como argumento se debe precisamente a la vacunación correcta y sistemática que rechazan.
Es, en el fondo, un problema de ignorancia. Pero también es un problema de consentimiento, del lujo que provee la época. La civilización y la ciencia han mal acostumbrado a los padres anti-vacuna. Quizá pensarían distinto si hubieran visto, como nuestros abuelos, los efectos de una epidemia de difteria o, peor todavía, de polio. La mala noticia es que, si insisten, tal vez tendrán la horrenda oportunidad de experimentar el mundo pre-moderno. Esperemos que no.