blogeditor · 23 de febrero de 2016
Cuando uno llega a Ciudad Juárez, lo que se mira desde el avión son calles largas sin pavimentar; desde el cielo se distinguen las tantas maquiladoras que hacen de esta ciudad un referente, ya sea para las cifras de producción nacional como para aquellas lamentables de feminicidios ocurridos a muchas mujeres que ahí laboraban. Las maquiladoras se yerguen como en vínculo real entre lo que ahí se produce con mano de obra barata y lo que se venderá en el otro lado con precios inalcanzables para los confeccionadores de esos productos. A lo largo del trayecto rumbo al hotel, hay policías, soldados, guardias, y letreros de “Bienvenido Papa a Juárez. Ciudad de paz y de trabajo”.
En calidad de invitadas, nos han llegado una serie de instrucciones que van desde dónde recoger los boletos hasta cómo vestir. Pienso que al final faltó poner esa leyenda de las invitaciones pomposas: “Nos reservamos el derecho de admisión”. Se nos indica que desde las 7:15 se repartirán los boletos afuera de una tienda en un centro comercial. Aquí empiezan mis sueños guajiros, hago el plan: recoger boletos a las 7:15, volver al hotel a desayunar y cerrar la cuenta, para después regresar al centro comercial y abordar el autobús que nos llevará al destino papal. Error total. Son las 7:15 y la fila para la acreditación es peor que para asistir a un clásico de futbol. Pienso que debe de haber un error, así que nos dirigimos hacia el punto donde supuestamente nos entregarán los boletos. El policía me ve con cara de “no pasa nadie si no está formada”, nos dice que hay unas listas en el interior de la tienda, pero que nos tenemos que formar. Regresamos a la fila, que en esos minutos se ha reproducido como cuando las hormigas encuentran un trozo de pan.
Decidimos dividirnos: mi colega se queda a cuidar los lugares y yo salgo corriendo al hotel para cerrar la cuenta, encargar las maletas y regresar a la fila. En el camino compro unas galletas para aguantar lo que se avizora como una larga espera. En el lugar, una mujer detrás de nosotras nos dice que le ofrecieron el boleto, y que además en su trabajo le dieron el día para que viniera a recogerlo. La fila no se mueve, así que intentamos de nuevo con lo de los boletos. Mi colega ahora es la encargada de ir al frente, y regresa con cara de alegría porque la persona que nos entregaría los boletos apareció como por obra del Espíritu Santo. De todas formas, ni su bendición nos salva de seguir haciendo fila. Ya con calma y resignación me dedico a observar a quienes integramos este contingente: la mayoría parecen empresarios, algunos con esposas, incluso con niños trajeados como para hacer su primera comunión. Se saludan con esa característica inevitable de clase, como si se encontraran para una boda o subasta de obras de arte a beneficio de vaya usted a saber. Nuestro paso es lento y el sol comienza a calar; aquí todos estamos vestidos de tal forma que nos preguntamos ¿por qué no me puse una blusa más ligera?
Un hombre sale con un altavoz para dar un primer aviso: “Estamos retrasados… Por favor no platiquen en la zona de acreditaciones porque se tiene que agilizar la entrega de pulseras; las filas están por apellidos”. Cinco minutos después, el mismo hombre tiene una nueva indicación: “Ya se nos hizo tarde, así que tengan a la mano su boleto para que les entreguen la pulsera en su lugar”. Me percato de que los métodos de seguridad no tendrían por qué ser diferentes a todo lo que generalmente se hace en México; qué Estado Mayor ni qué nada. Nos entregan nuestra pulsera de distintos colores y, ahora sí, a correr rumbo a los autobuses.
Nos esperan los voluntarios, con sus playeras estampadas con la imagen del papa al frente, y una frase de bienvenida, y en la espalda un número de emergencia para denunciar delitos del ayuntamiento de la ciudad… La línea divisoria del Estado laico, como ha sucedido a lo largo de la semana, está separada por una tela muy ligera.
Los autobuses nos dejan en una calle aledaña, por lo que me resigno a caminar de nuevo. El primer filtro y único está coordinado por policías, quienes para la revisión de seguridad tienen indicaciones de separarnos por sexo. En la fila de los hombres vestidos de traje oscuro sobresale un joven de mezclilla y sudadera; quizá por su vestimenta es al único al que un policía le pide salir de la fila y solicita ver su pulsera; seguramente acostumbrado a ese tipo de actitudes clasistas, le muestra su pulsera y la policía lo deja pasar —alguien le habrá dicho que en teoría también habría obreros en esta reunión, aunque sean una muestra ínfima entre todos los asistentes.
[contextly_sidebar id=”TDB8gid03qHXrFcGzylBoMf4H2qopGS1″]Hemos conseguido llegar al gimnasio del Colegio de Bachilleres. De acuerdo con el color de la pulsera es la zona que corresponde; abajo en el centro está la zona vip, con sillas blancas al estilo banquete de bodas. Las personas se buscan y tratan a la vez de reconocer a alguien de los de la zona vip; un hombre hace todas las señas posibles para que un personaje lo reconozca y salude a la distancia. Abundan las selfies y los abrazos y besos cariñosos.
La conductora se presenta, como comunicadora y católica, agradecida con el obispo por haberla elegido. Su discurso de entrada no augura nada bueno: nos empieza a tratar como animadora de televisión, y la lluvia de aplausos gratuitos no se deja esperar, no importa qué diga o a quién presente; invita a pasar a una trabajadora del municipio, quien dará indicaciones importantes de seguridad: dice su nombre y la gente le aplaude. Ella comenta que aunque el lugar está muy seguro por estar bendecido por la presencia del papa, no está de más saber dónde están las puertas de emergencia; dos veces sube a decir lo mismo, y en ambas le aplauden al principio y al final. Seguro que el milagro de subir su autoestima ya se le cumplió.
La comunicadora presenta, a través de un currículo muy amplio y largo, a un académico que hablará sobre la Encíclica Laudato Sí. Cuando al fin termina de leer, lo invita a pasar pero el doctor no se encuentra en el lugar. Confusión. Finalmente éste llega corriendo por una puerta y al subir se disculpa: no le habían avisado que era su turno. Su presentación es realmente seria y bien hecha, pero es una lástima que casi nadie lo escucha; el público continúa saludando a sus amistades y haciéndose selfies, lo que no impedirá que aplaudan al terminar. Las palabras se perderán en la ignorancia de los que, a pesar de ser interpelados, no las escuchan.
Toca el turno a un ex representante de los trabajadores, quien también dirá muchas cosas sobre los obreros, la pobreza y el papel de los empresarios, las injusticias laborales; sin embargo, no se da cuenta de que, al mismo tiempo que habla, en el recinto se transmiten las imágenes del recorrido del papa rumbo al Cereso. El hombre habla con pasión, y de pronto se escuchan gritos y aplausos; sorprendido —seguramente cree que eran provocados por su elocución—, se da cuenta de que a sus espaldas apareció el papa en la pantalla. Siguen las imágenes, ahora ya dentro del centro de readaptación, y alguien comenta que en ese lugar deberían quedarse varios de los personajes que acompañan al papa.
En el estrado toca el turno a un arzobispo, quien asegura que es una oportunidad estar reunido con empresarios, obreros, campesinos y miembros de otras organizaciones civiles; busca a los obreros y los campesinos… Por lo visto, pienso, nadie está enterado de que también fueron invitados académicos de distintas universidades del país. El sacerdote conducirá una oración y, como bien imaginará usted, lector o lectora, al final aplausos y más aplausos. Por un momento en las pantallas aparece un anuncio de Banorte. La conductora dice que una de las libertades fundamentales es la de religión, y pide aplausos para los que sin ser religiosos están en el lugar de manera respetuosa. Más aplausos.
En la cúspide de su creatividad, la conductora organiza al público: “Hay que ponernos de acuerdo para que las porras nos salgan igual”, dice. Los espontáneos surgen: “Se ve, se siente, el papa está presente”, y “Francisco hermano, ya eres mexicano”. Lo mejor viene cuando la conductora propone hacer la ola y recibirlo con ella. “Vamos a practicar”, dice, e indica por dónde comenzar. Me resisto a creer que los de la zona vip participarán, pero lo hacen. Cerca de mí hay académicos de algunas universidades: el que está a mi lado está tan sorprendido como yo, pero los de una fila de enfrente se suman a la ola. Pienso que éste será el límite, pero, a sugerencia de un sacerdote, la conductora pide se agreguen palabras a la ola. “What!”, digo. La propuesta es: “Cristo vive”, y va de nuevo el ensayo; no les sale y todo el mundo ríe, así que sólo queda la idea de la ola, que efectivamente será con la que se reciba a Francisco. ¿Qué habrá pensado el papa? Quizá se habrá acordado cuando iba al estadio a ver jugar a su equipo de futbol.
En las pantallas se ven ya los guardaespaldas corriendo frente al papamóvil, y al aparecer la imagen de Francisco los gritos aumentan sus decibeles; entonces pienso que una buena parte de las mujeres aquí reunidas son católicas, ¡y seguramente fans de Luis Miguel!
El papa entra al gimnasio en un carrito de golf y en él da una vuelta al ruedo. Se agitan los pañuelos —también idea de la conductora—, y ahora el personal se siente en una plaza de toros. Sin duda este gimnasio nunca había vivido a plenitud el concepto de usos múltiples. En otra de las zonas vip colocaron a otros grandes jerarcas de la Iglesia católica mexicana, entre los que se encuentra Norberto Rivera; éste, a la distancia, saluda calurosamente a varios de la zona vip empresarial, y se le ve contento.
Al estilo Teletón, en primera fila se ha colocado a un hombre que trabaja como franelero y tiene una discapacidad, lo que no le ha impedido ganarse la vida como viene-viene de muchos de los ahí presentes. ¡Claro! Es una reunión del mundo del trabajo. No hay novedad: personas elegidas y discursos preparados.
Hay un discurso de bienvenida de un representante de la Iglesia, quien dice estar, como el papa, preocupado por los pobres. Después viene un discurso del presidente de la Coparmex, que dirá que los empresarios de México están comprometidos para generar más empleos (pero con el mismo salario mínimo, claro está, pienso yo) y contribuir con el desarrollo de México. En su discurso cita a San Juan, y alguien comenta que su familia es del Opus Dei.
Finalmente hablará Francisco, no sé si cansado por el ajetreo de los días o por el ambiente que priva en el gimnasio. Dirá un discurso que atacará las relaciones laborares y el capital; dirá que se tiene que dialogar y que siempre se perderá algo, pero que se tiene que pensar en el bien de todos; que no será fácil, pero que de otra manera haremos “una cultura del descarte”. Asegura que todos estamos en el mismo barco, con lo que estoy de acuerdo, pero lo que no veo es cómo los de los camarotes de primera querrán perder ese privilegio. Hace referencia a la familia, señala que los padres y las madres tienen que disponer de tiempo para jugar con sus hijos.
El auditorio que lo escucha seguramente estará de acuerdo: tienen tiempo y recursos para jugar, viajar y todo lo demás con esas familias modelo que el papa propone. Habla como si el auditorio estuviera compuesto por obreros y empresarios, mas nadie le dijo que los boletos se repartieron fundamentalmente a través de las cámaras de comercio, donde no están afiliados los obreros. El papa habla del abuso que puede cometerse por la obtención del lucro del capital sin considerar el desarrollo humano, pide limitar las ganancias, se dirige a los empresarios más que a nadie; su discurso es breve y por momentos su voz apenas se escucha; lo que no sabe es que no importa si habla fuerte o alto, el auditorio aquí sigue sacándose selfies.
Aplausos y porras; al final eso queda en el recinto. Mientras nos encaminamos a la salida, los comentarios no rompen con el toque final: “Qué lindo verlo así de cerquita”; “Qué bueno que nos dieron boletos, mamita; se va a emocionar Alejandrita cuando le platiquemos”; “¿Dónde vamos a comer?” Así las cosas en el mundo del trabajo.
* Araceli Téllez Trejo es Directora General del Medio Universitario de la Universidad Iberoamericana ciudad de México