El país de Angie

blogeditor · 10 de mayo de 2021

El país de Angie

La semana pasada, Angie confirmó que vive en un país absurdo. Todo empezó con un susto que casi le cuesta la vida a la hora de dormir: rugieron los fierros y el mundo se vino abajo. Afortunadamente, salió ileso de la tragedia de Olivos en la Línea 12 del metro. El derrumbe confirmó lo que él ya sabía: a las autoridades solo les importan las estructuras dañadas hasta que se caen. Podemos imaginar a Angie al día siguiente, con los fierros aún resonando en la sangre, tratando de comprender tanto desprecio burocrático hacia la gravedad. Para el colmo, esto era tan solo el inicio de una semana más en la nación inexplicable.

Al día siguiente se difundía la entrevista que lo hizo viral en el país en donde antes había sido invisible (aunque se difundió utilizando el nombre con el que prefiere no ser llamado). Angie ha dormido por años en medio del cruce de coches, peatones, policías y otras parvadas urbanas, sin que nadie pareciera advertir su presencia. Ahora todo mundo hablaba de él. Al aluvión de titulares y reportajes le siguieron las voces que no daban crédito frente al “joven inteligente y elocuente que vivía en la calle”. Su video de poco menos de cinco minutos nos recordó que el clasismo, el racismo y la alienación también pueden surgir en la “solidaridad”. Como si Angie fuese la primera evidencia de que hay gente habitando las calles y no por decisión.

Pero esta historia en el país de los metros que caen del cielo y de las personas invisibles que hablan no terminó ahí. Mientras su rostro circulaba en prensa, televisión y redes sociales, la familia de Angie presenciaba su resurrección. Según trascendió este fin de semana, la Fiscalía General del Estado de Tabasco les entregó en 2015 un cuerpo que, aseguraron, era del entonces desaparecido Angie. Velaron a su difunto adoptivo como si fuese propio, le lloraron e intentaron adaptarse a vivir con el dolor de su ausencia. Ahora, gracias a la entrevista viral, volvieron al duelo: su hijo estaba vivo, el Estado les había fallado indolentemente y alguna familia en algún lugar estaba aún buscando al falso Angie. En este país los horrores se entrelazan hasta el punto de confundirse.

Según el primer acercamiento estadístico realizado en 2020, en México habría al menos 5.778 personas habitando las calles. Ese número no surgió por generación espontánea. Si bien el origen de este fenómeno es multifactorial, no puede obviarse el papel protagónico que tiene el Estado mexicano, el cual continúa centrando su política de vivienda en otorgar títulos de crédito a trabajadores en el sector formal para impulsar la economía. En consecuencia, historias como las de Angie son entendidas a lo mucho como insumos para organizaciones de caridad. Esto se explica, en gran medida, porque en nuestro país poseen un subestimado arraigo los discursos que abanderan la meritocracia y que pregonan el remplazo de la persona titular de derechos por la persona propietaria y consumidora -todavía en la primera mitad del Siglo XX las constituciones de algunas entidades federativas contemplaban la situación de calle como una causal para perder la ciudadanía-. En este contexto, personas como Angie son entendidas como presencias ausentes que no forman parte de las ciudades que habitan, pensadas cada vez más para el consumo y menos para habitar.

Qué absurdo es el país de Angie. Él ha sido testigo de sus complejidades, sus indolencias y sus euforias. Pero sobre todo, ha constatado que su historia puede conmover a millones pero no así convencerles de que el derecho a la vivienda adecuada es para todas las personas. Incluyéndolo a él.

@kalycho