blogeditor · 20 de abril de 2015
Empecé a fumar marihuana a los dieciséis años. Mi primera vez fue en una azotea diminuta. Ahí, rodeado de un tanque Rotoplás y uno de gas, me hinqué para vomitar durante cuarenta minutos. Conocí desde ese día el significado —y los alcances— de la mítica pálida. Dos meses después —en otra azotea—, alguien sacó una pipa y la llenó de una oaxaquita que subió, lentamente, de la boca al cerebro. Fui abrazado por una levedad gozosa e indemne. En ese momento empezó la relación más estable que he tenido en mi vida: la mota y yo no nos hemos dejado desde entonces.
Lo siguiente en mi vida fue la universidad. Y todo el numerito se trató de jugar a Dr. Jekyll y Mr. Hide. Alberto —el pacheco— disfrutaba de la literatura y el teatro. Le gustaba pasear en San Ángel, hablar de filosofía y andar en grupos pequeños. El otro carnal aprendió a disfrutar de la violencia verbal. Trabajó en el Gobierno Federal y editaba propaganda gubernamental para la PGR de Felipe Calderón. Ese Alberto dedicaba su vida a algo en lo que no creía.
[contextly_sidebar id=”yjkL5GCzILD1apv2tlSDI5rQZJKdwHKD”]Algo más sucedió en esos años: conocí de cerca el sistema de justicia penal. Capacité Agentes del Ministerio Público, compartí mesas de cantina con policías, conocí docenas de jueces, revisé varios proyectos de ley y visité dos reclusorios. Con enorme tristeza advertí que los Agentes del Ministerio Público no entienden la naturaleza de su trabajo, que los policías desprecian la idea de los derechos humanos, que los jueces son incluso más miedosos que corruptos, que nuestras leyes sirven para encarcelar inocentes y que la prisión es un lugar que inventamos para castigar la pobreza e infundir miedo a los disidentes. Me imagino que, para aquellos que viven de prohibir, debe resultar difícil imaginarse un mundo que prescinda de su existencia.
En ese mundo —dominado por un alcoholismo autoritario y bravucón—, la hierba me ayudó a relacionarme con la gente correcta, a encontrar espacios de libertad. Empecé a tejer una nueva red de complicidad con mi banda pacheca. Y no todos consumen mota. Se trata de un amoroso grupo de desestabilizadores que lamentan la destrucción del planeta y que encuentran en la desigualdad el peor cáncer de la sociedad. Así, sin más. A todos ellos, les parece igual tomarse un whisky que echarse un gallo. Entre otras razones, porque le creen más a los científicos que a los políticos.
Acabo de cumplir treinta años y me las he arreglado para ser más pacheco que alcohólico y más hedonista que ludópata. Desde este lado de la cerca, puedo asegurarles dos cosas: que la política de drogas es un instrumento abyecto basado más en prejuicios que en datos y que la mariguana es una droga que favorece el pensamiento crítico y la apreciación de la belleza.
En la década de los setenta, Harvey Milk inició uno de los movimientos sociales más apasionantes de la historia. Salir del clóset es casi una obligación moral cuando sabes que, cuando una persona conoce a un gay, disminuye a la mitad sus probabilidades de ser homofóbico. Para derrotar un prejuicio se necesita una dosis de realidad. Yo salí de mi primer clóset a los quince años. Ahora salgo de otro.
Compañeros: ¡Los invito a salir del clóset de la pachequez! Porque si conocen a uno, nos entienden a todos.
* Alberto Lujambio (@lujambioalberto) es pacheco y escritor