blogeditor · 16 de junio de 2016
Es una tragedia.
Es doloroso.
Es indignante.
Es una tragedia que 50 personas murieran en un bar en Orlando, Florida, por el simple hecho de tener preferencias sexuales hacia personas de su mismo sexo.
Es una tragedia que México ocupe el segundo lugar en el mundo por crímenes homofóbicos.
Es una tragedia que en 73 países del mundo se criminalice con prisión a las personas de la comunidad LGBTTTI.
Es una tragedia que en 13 países el derecho a tener una relación homosexual se vea ensombrecido por la pena de muerte.
Las palabras construyen realidades, y lo que reflejan y definen las palabras “homofobia” y “crímenes de odio” es una realidad de intolerancia, extremismo, violencia, ignorancia, desprecio. Reflejan una realidad de ceguera, falta de respeto por los derechos más elementales, visión de supremacía de unos seres humanos sobre otros.
Cuando Fukuyama habló sobre el fin de la historia y de las ideologías, no imaginó que en realidad no se trataba de una choque de civilizaciones ni del fin de las guerras. Se trataba de algo central al ser humano: la definición misma y el sentido mismo de nuestra humanidad, nuestros derechos y libertades.
La homofobia y los crímenes de odio no conocen fronteras: se viven igual en occidente que en oriente; tienen detractores en todas las religiones y en todos los países; lo estigmatizan personas de todas las posiciones socioeconómicas en todos los idiomas; hay mujeres y hombres que repudian a la comunidad gay. La intolerancia y el extremismo no conocen fronteras, se presentan como valores auténticamente globales y generan alianzas entre continentes. La historia no se acabó, como tampoco las confrontaciones. Inició un nuevo ciclo de guerras y luchas, con nuevas justificaciones y nuevos apologistas.
¿Por qué ha impactado tanto la matanza de Orlando? ¿Por qué los asesinatos y crímenes de odio de México no cubren las primeras planas de los periódicos principales del mundo? ¿Por qué nos indigna este crimen e ignoramos los crímenes nuestros de todos los días?
Una de las razones, sin duda, es que sorprende que fuese en Estados Unidos, el país de la diversidad e inclusión, de las libertades y el del “sueño americano” (con minúsculas). Se nos olvida que en Estados Unidos el matrimonio igualitario fue legalizado por la Suprema Corte de Justicia apenas hace un año, en junio de 2015 y que hasta antes de esa fecha 13 estados lo prohibían: Arkansas, Georgia, Louisiana, Kentucky, Michigan, Missouri, Mississipi, Nebraska, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Texas, Ohio y Tennessee. Señala la CIA que de los 5462 crímenes de odio registrados en Estados Unidos en 2014, 18.6% fueron por orientación sexual y 1.8% por identidad sexual.
El debate está girando en torno a muchos ángulos. Los candidatos de la contienda electoral quieren capitalizar los hechos a favor de su elección. Se dice que la matanza sucedió a causa del gusto que tienen los estadounidenses por las armas y por la defensa del sacrosanto derecho constitucional a portarlas. Se olvida lo más importante: no los mataron porque el asesino llevase un arma. El asesino llevaba un arma porque quería matarlos. Había una intención y una causa con nombre: homofobia.
Desde nuestro lado de la frontera el incidente nos sirve para ver más allá del Río Bravo e ignorar lo que sucede entre el Suchiate y aquél. De acuerdo con CONAPRED, en México 4 de cada 10 personas de la comunidad LGBT consideran necesario ocultar su orientación sexual en los servicios públicos de salud y 9 de cada 10 han tenido que ocultar su orientación sexual en la escuela. En otras palabras, en los espacios de convivencia cotidiana en México, no se pueden expresar libremente y han vivido y viven discriminación. Las manifestaciones homofóbicas que aparecen por todas partes son una muestra de ello: matanza en el bar gay en Veracruz, declaraciones por parte de líderes políticos, funcionarios y líderes religiosos.
En un contexto de violencia, homofobia y discriminación abierta y encubierta se aplaude la iniciativa presidencial de mayo para promover la igualdad y el establecer en la Constitución el derecho a contraer matrimonio, independientemente de la identidad de género o preferencia sexual de las personas.
Es una tragedia tener que escribir sobre esto y tener que recordar que lo que sucedió en Florida no es un hecho excepcional ni en Estados Unidos, ni en México ni en el mundo.
Es indignante y doloroso saber que esa realidad es el Orlando nuestro de cada día.