El origen

blogeditor · 14 de agosto de 2020

El origen

Un día antes del nacimiento de nuestro hijo, su papá y yo fuimos a uno de nuestros restaurantes japoneses favoritos para celebrar y dejar una huella en la memoria de las últimas horas sin Nicolás. Aunque ya estaba muy presente, todavía era parte de mí y no de este mundo.

Diez días antes acordamos y planeamos que el nacimiento fuera por cesárea, debido a una doble vuelta del cordón umbilical alrededor de su cuello, y nos despedimos de la idea de un parto natural, al que le tenía mucho miedo, aunque no menos miedo que a una cesárea.

Todavía no entiendo por qué a las cesáreas no se les dice parto, si literalmente te parten en dos. Tampoco entiendo mi afán por justificar que Nicolás nació por cesárea y no por parto natural. Tal vez porque me hace sentir menos madre.

David pidió una Sapporo y yo una Perrier con limón. Luego de comer y saciarnos de sushi, pasamos a la estética que está junto al restaurante, un recorrido que ya habíamos hecho en otras ocasiones, solo que esta vez teníamos un propósito en común: ponernos guapos para recibir a nuestro hijo.

David se cortó el pelo y yo me arreglé las uñas. Caminamos hasta el coche. Nos fuimos a casa. Dejamos todo listo. David durmió y yo abracé la almohada en forma de gusano que pronto se convertiría en mi mayor aliada para la lactancia; y esperé a que amaneciera. Era la última vez que dormiría de lado: pronto podría recostarme bocabajo y ver mis pies en la regadera, incluso reconocer la existencia de mi ombligo.

Recuerdo haber sentido lo mismo que sentía de niña el domingo anterior al regreso a clases, después de unas largas vacaciones, con la ansiedad de un nuevo ciclo y la emoción de conocer a mis nuevos compañeros. Sí: un nuevo compañero venía en camino.

Llegamos al hospital a las siete de la mañana. Nos registramos, arreglamos los papeles del seguro, nos cercioramos de rechazar el kit de bienvenida y enfrentamos la burocracia previa a un nacimiento. Recorrimos la habitación, le llamé a mi madre, a mi padre, e hice todo lo posible por no pensar en otra cosa que no fuera conocer a Nicolás.

La aguja en la médula espinal. Nicolás. Los riesgos de la cesárea. Nicolás. ¿Y si no pinchan en el punto indicado? Nicolás. ¿Y si algo le pasa? Nicolás. ¿Y si algo nos pasa? Nicolás.

El recuerdo es vago y frío. Las luces del quirófano, los médicos rodeando la camilla. Yo tumbada, canalizada. Yo con la mitad del cuerpo dormido. Desnuda, temblorosa, abierta.

Hasta que, de un momento a otro, en una mesa alejada de mí, más o menos a dos metros de distancia, apareció, como traído por una cigüeña, el bebé más hermoso que jamás había visto.

Mientras el neonatólogo lo revisaba y le contaba los dedos de las manos y de los pies, David logró tomar una foto de mi cara, sonriente, emocionada, feliz, incrédula. No era yo: era la cara de una cigüeña.

Llevé durante 38 semanas a este bebé de piel impecable, irresistible. Lo acercaron a mí y me dieron un resumen de los primeros minutos de vida de mi hijo: los primeros minutos del resto de mi vida. Me dieron la noticia de un dedo pulgar extra en su mano derecha. Lo pegaron a mi cuerpo.

Fue tanto y fue todo.

Se ve tan corto el momento, dos años después. Se escribe tan fácil. Dejé de tener miedo. Todo lo que había sentido en el embarazo estaba fuera de mi sistema, como la placenta. El mundo había cambiado. Nicolás estaba ahí: y ahí estaba yo.

@barbarahoyo