El orgullo

blogeditor · 23 de junio de 2016

El orgullo

Por: Enrique Torre Molina (@etorremolina)

Por muchos años, la idea de reconocerme como gay me daba miedo. Pensar en el futuro viviendo en una ciudad, en una familia, en un mundo que parecía no aceptarme, me angustiaba. Es una experiencia compartida entre muchas personas lesbianas, gays, bisexuales y trans. Se ha vuelto parte de nuestra identidad, de nuestras decisiones diarias, de las reglas que rigen nuestras relaciones con otros.

Por mucho tiempo nos acostumbramos a oír los chistes “inocentes” del tío homofóbico, los comentarios reprobatorios del sacerdote en misa, las burlas en la televisión. A ser el primo o la tía incómoda. La que tiene una pareja que no es tan bienvenida como las demás. Aguantamos los Es su roomie frente a los sobrinos, porque están muy chicos para entender. Increíble cómo aceptamos, sin más, que algo de nosotros es polémico. Que somos controversiales. Que si no me corrieron de la casa o me desheredaron, qué suerte tuve. Si no me mandaron con un terapeuta para “curarme”, no me fue tan mal. Obtenemos un doctorado en evasión, como decía una amiga hace unas semanas.

El mes del orgullo LGBT empezó con el asesinato de 49 personas en un bar gay en Orlando. Algunos insistieron en no llamarle crimen de homofobia. Debatían sobre la pertinencia de la palabra “gay” de los titulares. El hecho es clave: los bares gays han sido, por años, un espacio seguro para las personas LGBT. Para muchos, sagrado. Donde muchos se sintieron libres, cómodos, acompañados por primera vez. Si el ataque hubiera sido en una iglesia o una sinagoga, ¿alguien dudaría en destacar el dato? ¿Dirían que fue en un templo y ya? ¿Alguien habla de los ataques a clínicas de abortos ingenuamente como “pusieron una bomba en un centro de salud” y ya?

Para algunos, como los que cuestionan si Orlando fue o no un caso de homofobia llevada al extremo, parece difícil empatizar con esto. Es un reto entender de qué hablamos si nunca te has sabido odiado por algo que eres. Si nunca te preguntaste si estarías a salvo cuando te descubrieran en la escuela, o si te echarían de la casa cuando supieran lo que eres. No es fácil comprenderlo si nunca has escuchado a familiares, maestros, políticos hablar de ti como algo controversial, incómodo, desagradable o peligroso. Si nunca han hecho encuestas de opinión sobre qué tanto te aceptan en el país o qué tan popular es que reconozcan tus derechos. Si nunca has temido, un momentito, que ese beso o agarrada de mano en una boda, en una esquina o en el metro podría atraer miradas desagradables o acabar en tragedia.

Este mes del orgullo LGBT se siente más cargado que de costumbre, con duelo comunitario. Con dudas sobre si será seguro ir a una marcha este mes. Porque Orlando nos recuerda de dónde surgió ese orgullo. Nos recuerda que la historia de nuestra comunidad es una historia, en buena parte, de muertes: persecución nazi, SIDA, crímenes de odio, negación de derechos, exclusión de servicios de salud.

En estos días he sabido de amigos que salieron del clóset con sus papás o sus compañeros de trabajo. He leído a otros hablar de cómo sus amigos en particular, y la comunidad LGBT en general, han sido por mucho tiempo el espacio donde han encontrado el apoyo y amor que en sus propias familias les cancelaron. Otros que decidieron que irán a una marcha LGBT por primera vez. Porque sienten que quieren hacer algo. Porque ya no aguantaron más silencios incómodos. Porque quieren sentirse parte de una comunidad. Porque algo de ese coraje, miedo, dolor, indignación, rabia, tristeza que nuestra comunidad lleva apenas unos días procesando y expresando los tocó.

Omar Mateen actuó solo, pero con la motivación y el apoyo de una sociedad que le dijo que su odio tenía sentido. Pensar eso me estremece. Me dice que sí, las cosas han mejorado y siguen mejorando. Pero no es suficiente. Los por lo menos no bastan. No debemos aceptar nada por debajo de respeto e igualdad absoluta. Nada por debajo de la tranquilidad de ser, salir, trabajar, estudiar, vivir sin miedo. No aceptar nada por debajo de ser tratados con dignidad, respeto e igualdad. No en nuestras familias. No por parte de nuestros gobiernos.

El crimen en Orlando nos recuerda que esa tolerancia y esa capacidad de evadir, en la que nos volvimos expertos, la rompe un loco con un arma en unos minutos. Que la posibilidad de violencia, de muerte, está ahí. En los 73 países que penalizan la homosexualidad. En las calles de Kampala o de Estambul, donde las personas LGBT intentan marchar este verano sin garantía de seguridad por parte del Estado. Arriesgando su vida. En las calles de Orlando, Nueva York, Sao Paulo y la Ciudad de México. El miedo y la angustia vuelven. Lo confirman las anécdotas personales de las víctimas de acoso y violencia que conocemos. Lo confirman los reportes de la organización Letra S y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Las investigaciones del FBI. Todos los días matan a alguien por ser lesbiana, gay, bisexual o trans. Por ser quien es o amar a quien ama.

Al mismo tiempo, la respuesta alrededor del mundo al ataque en Orlando nos recuerda que no estamos solos. Que nos tenemos unos a otros y sí, hay una comunidad LGBT. Que esa historia de muertes es también una de resiliencia, de valentía, de sobreponerse al dolor y al miedo. Por eso el orgullo. Porque en un mundo donde hay gente que prefiere borrarnos, nosotros nos hacemos notar y hablamos más fuerte. Porque todos los días hay alguien que nos preferiría invisibles, encerrados, muertos. Y ante eso, resistimos. Transformamos todo eso en arte y música y teatro y literatura. En activismo, en fiesta, en centros comunitarios, en hashtags. En irreverencia y sentido del humor y poder y amor. Y así seguimos.

 

Enrique Torre Molina es Gerente de Campañas en All Out, una organización que lucha por los derechos de las personas LGBT en todo el mundo.