Joel Aguirre · 30 de julio de 2026
Por Óscar Arias*
Hay una pregunta que los científicos aprendemos a responder con cierta culpa: “¿Tienes tiempo?”.
Nunca he entendido por qué esa pregunta parece ofensiva cuando la respuesta es negativa. Si un neurocirujano informa que su agenda está completa durante las próximas semanas, nadie supone que exagera. Si un piloto comercial explica que no puede aceptar un vuelo adicional, la conversación termina ahí. Pero cuando un investigador rechaza una invitación para dictar una conferencia, evaluar un proyecto, escribir un capítulo o integrar un comité, la respuesta suele ser una sonrisa indulgente.
“Seguro encuentras un espacio”.
No. Lo que ocurre es exactamente lo contrario.
Con los años descubrí que el recurso más limitado de un laboratorio no es el financiamiento, el equipamiento ni los estudiantes talentosos. Es un órgano de apenas kilo y medio que consume cerca del 20 por ciento de la energía del cuerpo y que, por razones evolutivas, jamás aprendió a hacer dos cosas complejas al mismo tiempo.
Ese órgano es el verdadero cuello de botella de la ciencia.
Nos gusta pensar que administramos el tiempo. Es una metáfora cómoda, pero falsa. El tiempo no se administra; transcurre con absoluta indiferencia. Lo único que realmente administramos es nuestra capacidad de atención. Y la atención, a diferencia del tiempo, se agota.
La neurociencia ha mostrado que cambiar continuamente de tarea tiene un costo. Cada interrupción obliga al cerebro a reconstruir el contexto previo, recuperar información de la memoria de trabajo y reinstalar un estado mental que rara vez vuelve intacto. No perdemos únicamente minutos; perdemos continuidad. Y pocas cosas son más valiosas para la investigación que una continuidad intelectual capaz de sostener una idea durante varias horas.
Sin embargo, la academia moderna parece organizada para impedir justamente eso. Las jornadas ya no se miden por experimentos terminados, sino por plataformas actualizadas, indicadores capturados, correos respondidos, formularios enviados, videoconferencias atendidas y documentos que certifican que seguimos trabajando, aunque cada vez dispongamos de menos tiempo para pensar.
Existe una paradoja difícil de ignorar. Nunca habíamos tenido tantas herramientas diseñadas para ahorrar tiempo y nunca habíamos dedicado tanto esfuerzo a demostrar en qué ocupamos ese tiempo.
La inteligencia artificial promete aliviar parte de esa carga. Resume artículos, organiza bibliografías, detecta patrones en grandes volúmenes de datos e incluso redacta versiones preliminares de manuscritos. Es una herramienta extraordinaria, siempre que recordemos una diferencia esencial: puede acelerar el procesamiento de información, pero no sustituye el juicio.
Las hipótesis siguen naciendo en un cerebro humano. Y las buenas hipótesis tienen una costumbre incómoda: aparecen cuando nadie las está esperando. Surgen caminando por un aeropuerto, leyendo un libro ajeno a nuestra disciplina, observando un experimento aparentemente fallido o durante una conversación casual con un estudiante que todavía no sabe qué preguntas son imposibles.
La ciencia avanza gracias a esos momentos de lentitud. Quizá por eso las agendas completamente llenas deberían preocuparnos más que enorgullecernos. Una agenda saturada puede ser un indicador de prestigio institucional, pero también el síntoma de una enfermedad silenciosa: la incapacidad de reservar tiempo para pensar sin un objetivo inmediato.
Los griegos distinguían entre el tiempo dedicado al negocio y el tiempo reservado para la reflexión. Nosotros hemos logrado una hazaña singular: convertir incluso la reflexión en una actividad programada de 45 minutos entre dos reuniones.
Tal vez el verdadero lujo del siglo XXI no sea viajar en primera clase ni disponer de un laboratorio de última generación. El auténtico privilegio consiste en cerrar la puerta, apagar las notificaciones y conceder al cerebro varias horas continuas para hacer aquello que ninguna máquina, por sofisticada que sea, puede realizar por nosotros: formular una pregunta verdaderamente nueva.
Porque, al final, la ciencia no progresa por la velocidad con la que respondemos correos electrónicos.
Progresa por la calidad de las preguntas que somos capaces de sostener el tiempo suficiente para no abandonarlas.♦
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Óscar Arias* es decano de Posgrado de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey. Es médico-científico, autor, editor y mentor especializado en genética del Parkinson, neuromodulación y medicina traslacional.