El odio después del odio

blogeditor · 6 de julio de 2020

El odio después del odio

Si el odio es problemático, la palabra «odio» lo es más. ¿De qué hablamos cuando hablamos de «odio»? La respuesta no es tan evidente como parece. Si bien a nivel internacional se ha reconocido que la libertad de expresión no permite emitir discursos que incitan al odio hacia un grupo, las fronteras de esa prohibición no parecieran ser tan claras como esperaríamos debido a que dependen de un concepto escurridizo. Así lo demuestra la polémica que surgió esta semana en Twitter a partir de una serie de ataques en contra de Ophelia Pastrana, youtuber y activista trans. ¿Éste fue un caso de discurso odio como plantearon algunas voces en redes sociales? ¿Acaso llamar «discurso de odio» a cualquier manifestación de discriminación no es estirar de más ese concepto?

La palabra «odio» le dice mucho a quien la pronuncia, pero suele ser ajena para quien lo ejerce. Es difícil que las personas lo reconozcan como aquello que las moviliza. El «odio» luce muy lejano cuando se porta, tan hitleriano que parece siempre irreal. “Es que no odiaba a las mujeres, de hecho la agredió por celos, porque le gustaba mucho”, escuché con horror a un policía decir hace unos años. Quienes actúan por el odio suelen negarlo bajo el argumento de que su objetivo principal no es la eliminación física de un grupo sino “solo” su segregación u opresión. Nadie quiere reconocerse en la palabra «odio». Nadie que odia sabe odiar. Nadie que odia sabe que odia. Nadie que odia quiere saber que odia para que odiar no sea tan insoportable.

Pero debemos reconocer que es muy complicado definir qué implica «odiar» a un grupo social. ¿Cuál es el «odio» que tanto buscamos erradicar de los debates públicos? Actualmente no existe un consenso jurídico al respecto. En su publicación “Discurso de odio: manual”, la organización Artículo 19 presenta brevemente la complejidad del concepto y los principales puntos actualmente a debate sobre su definición.1 Atendiendo a los problemas teóricos y prácticos del concepto de «discurso de odio», voces como Susan Benesch han propuesto la noción de «discursos peligrosos», definiéndolos como aquellos que aumentan el riesgo de que la audiencia justifique la violencia en contra de ciertos grupos o la ejerza.2 Según esta propuesta, no todo tendría que ser discursos de odio, pero no por eso dejarían de ser discursos condenables por afectar a determinados sectores históricamente discriminados.

Esta aproximación de Benesch nos pone sobre la mesa pudiese evitar que distintos debates mediáticos se enfrasquen en determinar si una manifestación en contra de un grupo (mujeres, indígenas, población trans, lesbianas, migrantes, entre otros) califica para ser un «discurso de odio». Si bien el reconocimiento de ciertos conceptos legales como éste son importantes para el movimiento de los derechos humanos, a veces la sobre tecnificación de las controversias públicas nos lleva a un punto medio que es paradójicamente conveniente para quienes emiten esos discursos peligrosos.

Si la palabra «odio» genera ruido no la usemos para calificar esos discursos y centrémonos en evidenciar los dolos que esconden, así como los efectos que pudiesen generar con o sin intención. No necesitamos demostrar un «odio» cuando podemos exhibir, por ejemplo, cuando se recurre a un manejo poco honesto de la información con fines de tergiversar y agredir a un grupo. Podemos prescindir de comprobar que existe «odio» en un discurso cuando es evidente el odio después del odio: aquel que se puede ver empoderado tras escuchar un discurso de estigmatiza a un grupo. Sí, es necesario también el debate jurídico acerca de qué implica un discurso de odio, pero podemos centrar la discusión en el daño generado por cualquier forma de jerarquización de grupos o personas.

En el caso que motivó este artículo, una escritora reincidente en esta polémica publicó en su cuenta de Twitter fragmentos de videos con distintas declaraciones de Ophelia Pastrana, acusándola de impulsar “reformas para que niñas que huyen de la feminidad impuesta puedan declararse niños y empezar a andar el caminito de la transición”. A lo largo de la semana, la misma cuenta había publicado múltiples mensajes asegurando que el movimiento trans buscaba obligar a mujeres “transicionar a hombres” cuando no estén dispuestas a acomodarse a los roles de género. Este tipo de discurso, además de ostentar una rampante confusión de conceptos como «identidad» y «género», presenta al movimiento trans como una agenda oculta para someter a mujeres a un proceso de hormonización a manera de castigo colectivo. Además, se da de manera premeditada atendiendo a que, por ejemplo, aparentemente hubo un esfuerzo por buscar y sacar de contexto las declaraciones de una persona.

Independientemente de si técnicamente el incidente entra o no en la calza de discurso de odio, podemos asumirlo al menos como un discurso peligroso que puede tener graves efectos para incentivar la transfobia, independientemente de la intención real o alegada de quien impulsó esta campaña.

Por transparencia debo aclarar que no escribo estas líneas desde una imparcialidad en el debate. Condeno la campaña en contra de Opheila desde el cariño que le tengo, pero también desde la convicción de que es necesario un meta-debate público para reconocer que atendiendo al contexto y a los elementos en juego de cada caso concreto, no cualquier discurso es “una opinión”. Sobre todo cuando, a partir de la desinformación, se busca entregar a una persona como botín saloméico en escarmiento de toda su comunidad.

@kalycho

 

1 Article 19 México. “Discurso de odio: manual”, México 2015, pág. 9. Disponible en formato digital a través de este enlace.

2 Benesch, Susan et al, “Dangerous speech: a practical guide”, 9 de enero de 2020. Disponible en formato digital a través de este enlace.