blogeditor · 8 de octubre de 2021
Vivimos en una sociedad claramente exhibicionista donde ahora el sujeto es en función de que es visible por todes (posteo luego existo).
Atrás quedaron los tiempos donde la individualidad se celebraba y se afirmaba a partir de lo privado, de lo personal e íntimo. Nunca ha sido más relevante tener un perfil público y nunca se ha sido más vulnerable por tenerlo.
Hoy por hoy todo o casi todo se pone en bytes para deleite de cientos; en las redes se valida e invalida la existencia propia y de otras personas.
¿Cuáles son las consecuencias de esto?, hay muchas, pero una de ellas es estar expuestos al escrutinio y la crítica de forma muy pública y a veces masiva. Lo preocupante es cuando esto se convierte en abuso y se manifiesta de forma violenta generando un efecto de bola de nieve que de forma muy contundente deja ver cómo la sociedad que habita lo digital es una sociedad enferma.
¿Cómo es que llegamos a este punto?, hay diferentes factores, algunos coyunturales otros de fondo. De alguna manera hemos ido caminando hacia el rompimiento de comunidades, el aislamiento y la vida distribuida en apartamentos; mucho han tenido que ver las redes sociales (RRSS) en la gestación de la polarización y la ruptura; en el modelo en que vivimos hoy, la fragmentación y falta de empatía son lo cotidiano.
Las redes con su anonimato y despersonalización son un hervidero de odio, resentimiento y frustraciones, su función en muchos casos es la de ser un vomitadero romano.
Es cierto que se han ganado buenas batallas a partir de su uso, como visibilizar temas, impulsar luchas sociales, generar denuncias, sembrar conciencia, sin embargo, también es verdad que la mayor parte del tiempo son un arma filosa que descuartiza nuestro frágil tejido social.
En las RRSS se ataca a quien se pueda, a quien se deje y a quien se alcance, pero no se ataca igual a todas las personas. Los ataques tienen diferente tono, intención y fondo cuando se trata de atacar mujeres o personas de otros géneros que no son “la norma”, y en específico a aquellos que se considere feminizados porque todo lo malo es femenino. Esto es parte del patriarcado y es indiscutible cómo opera en este ámbito.
Se odia y ataca de diferentes formas y quienes más atacan a mujeres son hombres heteronormados, llenos de machismo, con una visión falocéntrica y misógina de la vida.
Su poder y la forma de ejercerlo tiene que ver con una autopercepción de superioridad intelectual y sobre todo sexual de dominio y control.
¿Cómo acciona esta violencia?, ¿qué la activa?, de la misma forma que en el mundo tangible, como en las relaciones, hogares u otros espacios llenos de crueldad, el odio contra las mujeres se exacerba cuando se salen de los lineamientos del mandato patriarcal. Cuando hablan “de más”, cuando contradicen o hablan de un hombre machista de forma que no lo favorece, cuando no cumplen los cánones ni los estándares de belleza normativa y por supuesto cuando no actúan conforme a la expectativa que se tiene de ellas.
El machismo se apropia de su reputación, de su tranquilidad y su seguridad a través del ataque en redes, a veces velado, a veces directo, siempre cobarde. Las mujeres nos convertimos en malas, feas, traidoras, malcogidas, putas, brujas, zopilotas, y demás motes que deseen poner y debemos ser castigadas por eso. El castigo simbólico por excelencia es el de ser violadas para que eso nos redima de nuestra existencia, para que eso nos eduque y nos lleve “de vuelta al redil”. Desde una visión falocéntrica y de presunción de potencia sexual (que en el sistema patriarcal es una de las características más importantes que le da valor a un hombre), el macho violento siempre pensará en este acto para poner las cosas en su lugar. El segundo castigo es el de la muerte que en México es una terrible realidad.
Mujeres que muestran independencia, que hablan, que piensan, que articulan sus propias ideas y alzan la voz, siempre deberán ser calladas pues el fin último de esta violencia es devolvernos al silencio y a la sumisión.
Hace poco se habló más de este tema por los ataques constantes a diferentes columnistas como Alma Delia Murillo, Denise Dresser, Maité Azulea, Pamela Cerdeira, Peniley Ramírez, a la luchadora social Frida Guerrera que vive esto día con día o por ejemplo a la funcionaria Brenda Lozano que recientemente escribió sobre lo que ocurrió con su nombramiento. No se puede leer los mensajes que les dedican sin sentir un escalofrío recorrer el cuerpo. Y no, esto no se trata del tópico de moda, es añejo y permanente; se trata de visibilizarlo porque todas estamos sujetas a ser posibles víctimas de esta violencia.
Días atrás Beatriz Gutierrez Müller fue trending topic debido a un mensaje misógino dirigido a su persona. El mensaje fue leído durante la conferencia mañanera por el propio presidente lo cual redireccionó la conversación hacia la forma en que, al hacerlo, la revictimizó. El foco entonces fue si el mensaje decía la verdad o no, polarizó la opinión pública.
Esto no es la primera vez que pasa, de hecho, es justo afirmar que todas las primeras damas han sido víctimas de insultos y mensajes violentos, pero nunca antes un mensaje de esta naturaleza había sido leído por el presidente.
Presentar el mensaje en la conferencia potenció su violencia, ayudó a que se cumpliera su fin y me dejó pensando sobre el hecho de que la gente quizá sigue sin entender el poder exponencial que tienen las redes, y sobre qué significa y cómo funciona la revictimización. Cuando exponen fotografías, rostros, identidades, dimes y diretes, mensajes con el receptor expuesto, se está replicando la intención, así de sencillo. Al revictimizar estamos siendo parte del círculo de la violencia y esto se convierte en el cuento de nunca acabar.
Pienso que esta reflexión es necesaria y pertinente en un mundo donde estos medios tienen tanta penetración porque no podemos callarnos, no podemos dejar que el miedo apague voces de mujeres valiosas, no podemos permitir que el machismo se apropie de la imagen pública, de las reputaciones, de la paz mental, de la salud emocional y del derecho a expresarnos y replique discursos de odio que atentan contra derechos básicos.
La tarea hacia delante es titánica, estamos hablando de regulación, de filtración, de poner candados, de eliminar cuentas que promuevan odio, estamos hablando de depuración, de justicia, de castigos ejemplares y de limpieza.
Con la pandemia se ha hecho evidente la necesaria atención a la salud mental de las sociedades y me pregunto ¿cómo va a ser esto posible mientras las redes sigan existiendo?, ¿cómo lograremos trascender esta oscura época? Muchas preguntas quedan por resolver y pocas soluciones a la mano.
Por el momento desde lo personal nos queda contrarrestar el odio con ideas y pensamiento constructivo, si nos damos a la tarea de compartir una vez al día inspiración, arte, belleza, conocimiento, ciencia, si cada persona se diera a la tarea de ser consciente de lo que publica quizá comience a cambiar algo, pero también es necesario que desde nuestra posición de miembros activos de una sociedad exijamos una transformación de esto medios, por el bien de todas las personas.
En la medida en que frenemos el uso de herramientas que alientan el odio iremos ganando espacios para que todas las personas puedan vivir su vida plenamente y en libertad. A eso debemos apostar.