blogeditor · 14 de septiembre de 2015
Yo que soy fan de las películas de terror, no pude contener mi cara de terror cuando leí y vi la foto del niño ahogado en el mar intentando huir del horror de la guerra. Yo que ante nadie me detengo si tengo que defender a un niño o a un animal y que me he enfrascado dos o tres veces en discusiones muy acaloradas cuando de lastimar o maltratarlos se trata, no pude más que sentir un gran hueco en mi estómago.
He escrito varias veces sobre los cambios que se deben provocar en nuestra sociedad para que se produzca una verdadera convivencia y elaboremos o reelaboremos nuestro concepto de cohesión social con la reinterpretación de la ciudadanía.
Más como reflexiones que como propuestas, pues creo que cada uno en su interior debería planear ese cambio. Sí, soy de esas personas que cuando ve cómo alguien es capaz de golpear a un niño, como lo hizo la reportera húngara, pierde la fe en la humanidad.
[contextly_sidebar id=”XSMuJ3mgbYMODvGRp5yNJljKh5r85YyZ”]Yo pienso, y esto en relación con lo que sucede en México y sus migrantes, que cada persona venida de donde sea, cerca o lejos, de diferentes culturas, tradiciones, civilizaciones y religiones, merece una vida justa digna y feliz. Que detrás de cada inmigrante hay sueños de dignidad personal y aspiraciones de una vida en condiciones, de mayores oportunidades y de mayores libertades.
Y aquí me voy a poner un poco profética y ustedes si quieren podrán criticarme, pero creo que estamos viviendo un acoplamiento de continentes.
Al igual que las tierras se acoplan y cuando hay ese acoplamiento, hay terremotos. En los procesos migratorios hay países y continentes que o se acoplan o desaparecen, o se deslizan.
Estamos sometidos a la ley de la gravedad. Por tanto, señores que quieren parar la ley de la gravedad con fronteras electrificadas y ejércitos, se equivocan.
Platicaba por la tarde con alguien que me preguntó ¿pero nosotros qué vamos a recibir si aceptamos migrantes? Y le contesté que podemos despertar, podemos recibir una humanización, podemos recibir una ampliación de las opciones vitales. Y por eso, una sociedad decente es, y es una clave de la convivencia, aquella que incorpora la participación.
Yo iba a escribir en mi post sobre la falta de atención que nosotros mismos ejercemos entre nuestra familia, de lo poco que a veces nos importan nuestros propios hijos, de la vulnerabilidad y fragilidad que como seres humanos nos debe mover hacia sensibilizarnos y entender que nos une el hambre de dignidad que hoy tiene un nombre: “los derechos humanos”. La lucha contra el sufrimiento humano, contra todo aquello que, como decíamos al principio, nos separa y nos impide ser humanos.
Por último no recuerdo donde leí este cuento, pero quiero ponerlo en este párrafo porque es cotidiano para nosotros y siempre he pensado que a través de los cuentos la gente muchas veces llega a comprender mejor las situaciones y como mucho escribí sobre la indiferencia pues una vez… mientras oraba antes de acostarse, un niño pidió con devoción:
– “Señor, esta noche te pido algo especial: conviérteme en un televisor. Quisiera ocupar su lugar. Quisiera vivir lo que vive la tele de mi casa. Es decir, tener un cuarto especial para mí y reunir a todos los miembros de la familia a mi alrededor”.
– “Ser tomado en serio cuando hablo. Convertirme en el centro de atención, y ser aquel al que todos quieren escuchar sin interrumpirlo ni cuestionarlo. Quisiera sentir el cuidado especial que recibe la tele cuando algo no funciona”.
– “Y tener la compañía de mi papá cuando llegue a casa, aunque esté cansado del trabajo. Y que mi mamá me busque cuando esté sola y aburrida, en vez de ignorarme. Y que mis hermanos se peleen por estar conmigo”.
– “Y que pueda divertirlos a todos, aunque a veces no les diga nada. Quisiera vivir la sensación de que lo dejen todo por pasar unos momentos a mi lado”.
– “Señor, no te pido mucho. Sólo vivir lo que vive cualquier televisor”.
Nos leemos en el próximo post.