blogeditor · 15 de junio de 2018
Había un navío, vío, cargado de… esperanza.
Juego popular mexicano.
Tengo ganas de escribir algo sobre mi voto, dijo aquel, sorbiendo sobre el inicio del día el fin de un desayuno largo. “¿Para qué? ¿a quién le importa tanto?”, dijo el otro, mientras se humeaba con café el ambiente del restaurante que a esa hora se iba vaciando.
Me importa a mí, dijo aquel. Ya ves, dicen que votar como yo quiero implica un cheque en blanco, pausa en el cerebro. Como si al llegar ellos y no cumplir se me fuera olvidar criticarlos. “Entonces escribe lo que piensas. Deberías hacerlo si te preocupa tanto”, dijo el otro y agregó “tengo prisa, pago y te voy dejando”. Aquel se quedó, mirando un remolino en el fondo de su taza. Imaginó entonces la historia de todo lo que pensaba.
***
Tenía rato que no zarpaba. Navío cargado de esperanza que no llegaba a ningún puerto. Detenido por décadas, oxidada la máquina a la que le habían robado tanto. Muchas piezas. Tantos huecos. Hacía mucho que los pasajeros no importaban a la tripulación del barco. Navío cargado de esperanza que nunca llegaba a ningún lado.
Cruzando sobre tierra seca, iba ensangrentado el casco del barco. Buque maltratado que tenía años sin llegar a ningún lado.
Pasajeros temerosos, algunos muy inteligentes -algunos, la verdad, no tanto-, defendían la vieja administración del barco. Que ya se van a portar bien, decían, que ya no van a robar tanto. Confiemos en los mismos, repetían. Repetían. Nos sacarán de este camino. Remodelarán el barco. Van a ver qué lustrosa la nueva capa de pintura. Van a ver qué bonito este nuevo, viejo barco maltratado.
De repente, la nublazón. Cayó pesada lluvia gris y espesa sobre el barco. Que se vaya la vieja administración. Que lleguen nuevos para apoyarlos y si se marean apuntarles y criticarlos: llevamos mucho aquí dentro como para dejarlos manejar sin nuestra opinión este barco. Qué sueño grande vernos dirigir la nave que amamos hacia donde debería haber llegado hace tanto. Y creer que existe el mar para cruzarlo. Llegar a buen puerto y anclar ahí la confianza para que descendamos. Contemplen todos el Navío que finalmente llegó a un buen lado.
De seguir al mando los de siempre, crujía bajo el barco una certeza: terminaríamos todos por hundirnos en la arena. Enfilarse hacia el mar representa un riesgo, pero de ese riesgo a aquella certeza es mejor elegir el riesgo: si se mira bien ¿quién no ha vivido en riesgo la vida entera?
***
Terminó su café, aquel salió a la calle. Había un fulgor extraño esa mañana. Las ropas que vestía se hicieron humo, con el agua y con la tierra.
Carriles laterales
(El Pericazo Sarniento. 2017. Ediciones Cal y arena).