Maricela Rosales · 4 de abril de 2011
A Javier lo conocí en la calle, como suele suceder conmigo frecuentemente; él vendía en un puesto ambulante en el Mercado de La Bola, vendía películas piratas, solo cine de arte.
Lo buscaba cada ocho días para ver si me había conseguido las películas que le encargaba los domingos. Me recolectó todas las películas de Federico Fellini, por ejemplo.
Después de un año de verlo, prácticamente cada semana sin falta, la confianza y la cercanía personal se fue haciendo cada vez más estrecha.
En las pláticas domingueras, mientras escogía las nuevas películas, él me contaba que tenía un grave problema con la justicia, que solo se podía resolver con dinero para no ir a parar a la cárcel. Nunca quiso especificar qué clase de problemas tenía con la justicia, pero puedo suponer que era un asunto de extorsión policiaca.
Y como me pasa muy seguido, me compadecí de él y le pedí que me dejara ayudarlo. Él acepto de inmediato mi propuesta, pero con la condición de no revelarme jamás la naturaleza del asunto que lo traía siempre con delirio de persecución.
Empezamos una relación amorosa, sin estar enamorados uno del otro, simplemente por esos deseos ocultos de querer ser importante en la vida de alguien.
Obviamente que dejé de comprar las películas que él vendía, ya para qué.
Un día aparecieron, por ahí en el mercado, unos compañeros de Javier, que estuvieron con él en la Secundaria, y lo reconocieron, y lo primero que dijeron fue: “Naco, estás igualito que hace 10 años.” me sorprendió que le dijeran “naco”, ya que es un término despectivo que se usa para la gente sin educación. A Javier pareció no incomodarle el apodo de la escuela.
De pronto me convertí en la novia del naco. Él era un hombre gordito, cara redonda y con un lunar abajo de la boca, cabello negro y lacio, vestía siempre de pantalón y camisas corrientes. Nada agraciado pero muy culto en el asunto del cine de arte, lo que me cautivó demasiado.
Como iba por él los domingos ya por la tarde-noche -su aspecto no me parecía nada desagradable- inclusive lo invitaba a cenar en los Bisquets de Obregón. Él devoraba todos los panes que le pusieran enfrente mojados en su enorme vaso de café con leche.
De ahí nos íbamos a su casa en La Portales y hacíamos el amor una vez por semana. Porque nunca supe qué otras actividades desarrollaba a lo largo de la semana, no quería que yo supiera sus movimientos cotidianos. Siempre en domingo nos veíamos un rato y después cada quien para su casa, y a sus ocupaciones.
No me gustaba tanto en lo físico, pero Javier tenía una rica plática, había estudiado algo en la UNAM y no concluyó ninguna carrera, su madre lo puso a trabajar desde muy niño, eran muy pobres, y ella era el sostén del hogar materno.
Sus demandas de dinero para solucionar sus problemas legales se hacían cada vez mayores y urgentes. Yo le ayudaba con lo que podía, que no era mucho. Mi trabajo de copywriter de aquél entonces no daba para tanto. Él se enojaba conmigo cuando no le podía satisfacer sus reclamos de dinero.
Así anduvimos de novios como un año, con altas y bajas. Yo seguía sin estar enamorada, estaba junto a él por compasión, quería ayudarlo con una especie de filantropía amorosa. Hacía el amor con él siempre pensando en otros hombres.
Un domingo de septiembre -teníamos como fecha de aniversario el día 9- yo quería sorprenderlo con una loción de Prada y con unas prendas de ropa que había adquirido en Zara. Llegué al puesto de Javier, toda emocionada por ese encuentro tan esperado para poder celebrar nuestro primer aniversario.
El puesto del mercado estaba vacío, él no estaba en su sitio como era la costumbre, a las 8 de la mañana. Se acercó a mí la mujer del puesto de al lado, para comentarme que a Javier, se lo llevaron preso por una acusación de tráfico de drogas, actividad que él desempeñaba en su colonia durante toda la semana.
“Compréndalo, me dijo la mujer de al lado; él tenía muchos problemas económicos por eso se dedicó a la venta de mariguana y cocaína.”
Han pasado cinco años desde entonces y lo sigo extrañando, a pesar de todo. Javier continúa recluido en el penal.
Él dejó de ser de la noche a la mañana, el Naco; para pasar a convertirse en el Narco. Una simple letra le cambió la vida por completo.
Nunca lo visité en prisión, confieso que tuve miedo de verme involucrada en algo ajeno y peligroso para mí.
Pero eso sí, cada 9 de septiembre me doy una vuelta a algún otro puesto de videos y me compro más de mis películas favoritas de arte…digo; para recordarlo.