El mito de la personalidad adictiva y el cerebro defectuoso

blogeditor · 17 de junio de 2021

El mito de la personalidad adictiva y el cerebro defectuoso

El contacto entre las personas con dependencia a sustancias psicoactivas y la supuesta “ayuda profesional” suele ser sumamente violento. Al ser un sistema que exige abstinencia en primera instancia sin tomar en cuenta un enfoque individualizado para cada caso, además de asumir que todas las personas usuarias son débiles, poco confiables, manipuladoras y egoístas, éste basa su tratamiento (¡y lo justifica!) en la humillación y el castigo.

La periodista con enfoque neurocientífico, Maia Szalavitz, vivió en carne propia la dependencia a las drogas y la ineficiencia del método mainstream de recuperación. Por esa razón, decidió escribir y publicar el libro titulado Unbroken Brain: A Revolutionary New Way Of Understanding Addiction en 2016.

En esta investigación, Szalavitz se da a la tarea de responder la siguiente pregunta a partir de la descripción detallada de su experiencia personal, así como el respaldo de la evidencia científica. ¿Cómo es que pasó de ser una “niña prodigio” y estudiante con beca en la Ivy League, a inyectarse cocaína y heroína 40 veces al día? Es importante aclarar que el consumo responsable de drogas no impide desenvolverse como una persona productiva y profesional, sin embargo hacerlo con una frecuencia desbordada refleja un comportamiento obsesivo y repetitivo que puede ser un impedimento para una buena calidad de vida.

El origen del mito 

La idea que posiciona a la adicción como una “esclavitud química” se popularizó a mediados del siglo XIX. No es coincidencia que, durante ese mismo periodo, los debates sobre raza y trata de personas estuvieran a la orden del día en Estados Unidos. El racismo ha sido fundamental en la construcción de conceptos en torno a la dependencia y las políticas de drogas. La imagen de la temible y peligrosa “persona adicta” está totalmente racializada y es representada como un libertinaje impulsado por un hedonismo voraz, nunca como una búsqueda comprensible y humana de obtener placer, seguridad y protección.

¿La adicción es una enfermedad? 

Ella plantea una nueva perspectiva: la adicción como un déficit del desarrollo, como una conducta relacionada directamente con el aprendizaje, y que tiene más en común con el autismo y la dislexia que con la varicela o el cáncer. Al igual que la esquizofrenia, la depresión u otras discapacidades psicosociales, la dependencia a sustancias tiene sus raíces en el neurodesarrollo, lo que significa que algunos cerebros son más vulnerables que otros, como resultado de predisposiciones genéticas.

Críticamente, la dependencia a las drogas no surge simplemente por la exposición a éstas ni es el resultado inevitable de tener un cierto tipo de personalidad o antecedentes genéticos, a pesar de que estas características juegan un papel importante. Contrario a lo que se piensa, la adicción es una relación aprendida entre el momento, el patrón de la exposición a sustancias u otras experiencias potencialmente adictivas, las predisposiciones personales, el entorno cultural y físico, al igual que las necesidades sociales y emocionales. La etapa de maduración cerebral es un factor clave: se ha comprobado que es menos común generar una dependencia si el consumo inicia después de los 25 años.

El periodo más susceptible es la adolescencia, ya que es cuando el cerebro está fisiológicamente programado para el aprendizaje profundo y cuando, psicológicamente, las habilidades necesarias para hacer frente a la resolución de conflictos y la experiencia adulta son todavía incipientes. Dato importante: al menos dos tercios de las personas que generan una dependencia han vivido experiencias extremadamente traumáticas durante la infancia o adolescencia.

Szalavitz relata que, a pesar de no entrar en esa categoría, sí desarrolló un trauma secundario al ser hija de un sobreviviente del holocausto. En su caso, un factor decisivo fue pertenecer al espectro autista, lo que hacía sumamente complicado construir relaciones interpersonales. La adicción solo se desarrolla cuando las personas en estado vulnerable interactúan con experiencias potencialmente adictivas en el momento equivocado, lugar equivocado y con el patrón equivocado. No existe tal cosa como “personalidad adictiva” porque no hay rasgos de carácter universal que unan a todas las personas con dependencia.

La violencia detrás de “tocar fondo” 

El tratamiento convencional asegura que las personas que generan dependencia deben “tocar fondo” para recuperarse; lo cual justifica un trato humillante que prioriza el castigo, la crueldad y el abuso, mientras reduce el trato empático y amable a una cuestión contraproducente. Ese supuesto “fondo” se utiliza como dispositivo narrativo en una lógica de pecado y redención, no como una prescripción  médica para lograr una recuperación exitosa. Desde esta perspectiva, entre más punibilidad para tratar a las personas con dependencia, más probable será que se recuperen; cuanto más hondo se les haga caer, más probable será que dejen de consumir drogas; mientras más amabilidad y apoyo reciban, menos probabilidades tendrán de sanar.

La realidad ha demostrado exactamente lo contrario: entre más “capital social” tenga una persona: empleo, trabajo, contactos, así como el apoyo de amistades y familiares, más probable será su recuperación. Sin amor, comprensión y cuidados, es prácticamente imposible superar una dependencia.

Unbroken Brain: A Revolutionary New Way Of Understanding Addiction, es una propuesta para desarticular las imágenes colectivas que retratan la adicción de una forma errónea y deshumanizante, además de una ruta para empezar a mejorar el tratamiento, la prevención y la gestión de la conducta adictiva. Recordemos que dependencia es una relación entre una persona y una sustancia, no una reacción farmacológica inevitable. Entenderla como un comportamiento que se estructura en el aprendizaje significa fabricar herramientas e intervenciones sólidas para abordarla a nivel biológico, psicológico, social y cultural.

* Romina Vázquez estudió Derechos Humanos y Gestión de Paz en el Claustro de Sor Juana. Es coordinadora en el Instituto RIA e investiga sobre centros de reclusión, paz y política de drogas.