alejandrohopeeditor · 6 de febrero de 2012
Para los que empezamos a ir al cine a finales de los setentas, Nueva York era sinónimo de distopia urbana. Una ciudad al borde del caos, ahogada en delito, dominada por pandilleros. El épico y ultraviolento viaje del Bronx a Coney Island en la película The Warriors parecía el símbolo perfecto de una ciudad donde el orden público había desaparecido.
Algo de esa imagen era hipérbole y mala prensa, pero no toda. Todavía a finales de los ochenta, la ciudad tenía más de 2000 homicidios al año, Central Park era escenario de violaciones tumultuarias y los asaltos a mano armada abundaban aún en zonas relativamente seguras de Manhattan (lo sé de primera mano: fuí asaltado por primera vez en mi vida en la esquina de Madison y la 42 en 1988).
Y de pronto, a partir de 1990, los índices delictivos empezaron a bajar y siguieron bajando durante dos décadas consecutivas. Para 2009, la tasa de homicidio había disminuído 82% desde el pico de la serie, la de robo a mano armada 84%, y la de robo de vehículos, un impresionante 94%.
Por supuesto, parte de la caída es un reflejo de tendencias nacionales. La tasa de homicidio en Estados Unidos disminuyó 50% en el mismo periodo. Pero lo interesante del caso de Nueva York es lo profundo y prolongado de la caída. Como afirma el criminólogo Franklin Zimring, profesor de la Universidad de Berkeley y autor de un fascinante libro sobre la reducción del delito en Nueva York (The City that Became Safe), no hay precedente alguno, desde que se tienen registros delictivos confiables, de una ciudad grande que haya experimentado un fenómeno similar.
¿Qué produjo el milagro neoyorquino? No se sabe con certeza: de 1990 a 2000, la caída sigue de cerca las tendencias nacionales y pudo haber sido el efecto combinado de cambios demográficos, condiciones económicas favorables, los efectos incapacitantes del encarcelamiento masivo y el fin de la epidemia del crack (entre otros factores). Sin embargo, a partir de 2000, la caída se suaviza en el resto del país (y hasta se detiene en algunas regiones), pero continúa sin interrupciones y con la misma pendiente en Nueva York. Es probable que en esa segunda década, los factores locales hayan sido dominantes.
¿Qué factores locales pudieron haber jugado un rol? ¿Cambió la estructura social, económica y demográfica de la ciudad? En parte, pero no necesariamente en el sentido que habitualmente se asocia a la disminución del delito: el número absoluto de hombres jóvenes de grupos étnicos minoritarios y socialmente excluídos creció en la ciudad en las dos últimas décadas.
¿Tal vez hubo una mayor presencia de la policía en las calles? Puede ser parte de la explicación, pero esa teoría tiene un problema de temporalidad: el número de policías creció en los noventa, pero decreció en la década posterior a 2000. El efecto neto (+15%) parece demasiado pequeño para explicar una caída tan grande y tan sostenida de tantos delitos distintos.
¿Que tal la “tolerancia cero”? ¿No fue Nueva York bajo la administración del alcalde Giuliani pionera en la aplicación de la llamada teoría de las “ventanas rotas“? Sí en la retórica, pero no en los hechos: como explica Zimring, hubo un ligero incremento de detenciones asociadas a faltas de orden público (grafitear paredes, detener a personas por entrar al metro sin pagar, etc.), pero en general, el esfuerzo policial se concentró en delitos serios y en zonas de alta incidencia delictiva.
Esa estrategia de concentración, conocida en la jerga como “hot spot policing“, es un mejor candidato explicativo. De la mano de un sistema de administración por resultados en la policía (el famoso sistema Compstat) y de tácticas de calle muy agresivas y controversiales (detener y revisar de forma intrusiva a miles de “sospechosos”, sobre todo hombres jóvenes de minorías étnicas), la ubicación de recursos extraordinarios en zonas calientes parece haber logrado disminuir de manera importante las oportunidades para cometer delitos (y, como ya he explicado antes, el efecto cucaracha es mucho menos potente de lo que se asume).
En el fondo, no hay una respuesta completamente satisfactoria al enigma. Sin embargo, como destaca Zimring, el caso de Nueva York arroja cinco lecciones fundamentales para el futuro del control del delito (y que resultan claves para el caso mexicano):
Esa es para mí la lección principal de Nueva York: las cosas pueden cambiar y pueden cambiar rápido. Pasar de la urbe distópica de los Warriors a una de las ciudades grandes más seguras del planeta en una generación no es poca cosa. Y se hizo sin tener que cambiar a la sociedad, sin eliminar o legalizar las drogas, sin castigar todo y a todos, y sin incrementos radicales de fuerza. Aunque suene a cliché, si ellos pudieron, nosotros también. Si eso no es una buena noticia, yo no sé que lo sea.