El Mercado de Sonora, un arca de anacronismos en CDMX

blogeditor · 9 de noviembre de 2022

El Mercado de Sonora, un arca de anacronismos en CDMX

Si tuviésemos que imaginar un lugar en Ciudad de México en donde se encontraran mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces e insectos, probablemente nos vendría a la mente una reserva ecológica o quizás algún zoológico. Sin embargo, todas estas especies conviven en el Mercado de Sonora, un lugar ubicado en la alcaldía Venustiano Carranza donde se comercia con animales vivos sin restricción.

Animales de compañía, animales de consumo, animales de ornato, animales exóticos, animales para alimentar a otros animales… son sólo algunas de las etiquetas con las que se venden estos seres vivos en el mercado. Allí, cualquier persona con la moral y el dinero pertinentes —poca y mucho, respectivamente— puede adquirir desde un lechón hasta una guacamaya adulta, desde caprinos hasta reptiles desérticos. Al negociar con los locatarios puedes adquirir incluso, a previo acuerdo, lo que no está exhibido.

El mercado tiene un lugar importante en el folclor cultural de los capitalinos, quienes lo reconocen como un espacio comercial para productos de herbolaria y esoterismo, los cuales van acompañados de discursos mágicos y religiosos dirigidos a quien busca alguna cura para la aflicción, cualquiera que sea, que desee aliviar. No obstante, es muy común que haya productos de origen animal asociados con dichos remedios esotéricos, como cuernos, patas, pieles, sangre y plumas.

En primera instancia, este negocio no parece más que el resultado de un amalgamamiento sincrético entre la santería de origen afrocubano y las prácticas indígenas de Mesoamérica; más específicamente, las de los mexicas, registradas durante los primeros tiempos de la colonización española. Cuando se visita el mercado y se recorren sus pasillos, los locatarios ofrecen toda clase de menjurjes preparados a base de ajolotes, zorrillos, serpientes, tlacuaches, etcétera.

Hay quienes apelan a preservar estas prácticas porque son parte de la memoria cultural y patrimonial, y porque se perciben como tradiciones milenarias; sin embargo, cuando se analizan con detalle los registros históricos, la tradición de usar cuerpos animales como remedios se desliga por completo de los simbolismos espirituales y significados míticos atribuidos a estas especies. La conformación histórico-social, el cambio de paradigma religioso, el continuo aumento de la urbanización de Ciudad de México y la consecuente pérdida de hábitats naturales son algunas causas de la transformación de la cosmovisión original de los habitantes del Valle de México; y este cambio ha sido tal que hoy se legitiman injustificadamente situaciones de violencia hacia la vida de muchos animales, hasta el punto de llevarlos casi a la extinción. El colibrí, por ejemplo, está en peligro por su explotación furtiva para los infames “amarres” amorosos.

No hay justificación científica para que estas prácticas se sigan perpetuando, porque el uso de los animales se respalda en una atribución plenamente antropocéntrica. De hecho, tampoco representan riqueza patrimonial; por el contrario, exhiben la indiferencia antiética y especista de la sociedad. Más grave resulta que, aún de existir tales justificaciones, éstas serían únicamente para los humanos, sin considerar el sufrimiento de los otros animales, es decir, su sintiencia. Esta situación es completamente contraria a la coyuntura social contemporánea, que vela por los derechos de los grupos históricamente invisibilizados y oprimidos.

El antropocentrismo es una actitud que pretende colocar al ser humano como ente de superioridad moral e intelectual por sobre todas las demás especies; desde ella, a través del especismo (equivalente del racismo), los seres vivos son vistos como recursos, que pueden ser valiosos o desechables según su utilidad. En el Mercado de Sonora hay violencia especista, que se vuelve más evidente cuando, confinados, los animales se exhiben y se venden vivos. La gran mayoría muestra señales de estrés y deterioro físico, ya sea por malnutrición, por hacinamiento, por las heridas provocadas, por el espacio de exhibición tan reducido, o por el mal manejo de los vendedores, quienes los tratan como mercancías desechables. Y, como es de esperarse, no hay atención veterinaria in situ para tratar sus dolencias.

Al ser vistos como mercancías, el trato que reciben depende de su valor de cambio. Un cachorro de perro, por ejemplo, puede costar $5,000.00, y tendrá espacio y limpieza suficiente en el exhibidor; una gallina cuesta $50.00 y estará confinada en una jaula junto con otras 10 hasta el momento de su compra. Con estos ejemplos se podría afirmar que el especismo y el capitalismo van de la mano, y que han permeado tan profundamente en la sociedad que está completamente normalizado que se le ponga precio a la vida de un ser sintiente.

La venta de animales vivos tiene trasfondos sociales y ecológicos que generan escenarios perjudiciales tanto para los animales humanos como para los no humanos. Pandemias como la de la COVID-19, cuyo origen se rastrea hasta el mercado húmedo de la ciudad de Wuhan en China, no son más que el resultado de la mala relación entre la humanidad y la naturaleza, y de nuestro trato hacia los otros animales. Así, mercados como el de Wuhan y el de Sonora, que venden animales vivos, traficados y extraídos de su hábitat natural, son caldo de cultivo para el desarrollo de zoonosis, así como para fomentar mafias de tráfico de especies.

A pesar de la violencia que se ejerce hacia los animales en estos mercados y de los riesgos potenciales hacia la salud pública, las leyes que rigen el comercio de animales no han sido tomadas en cuenta. Por ejemplo, en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México, en agosto de 2020 se emitió la prohibición definitiva de la venta de animales en mercados y tianguis, y se exhortó a los comerciantes a cambiar de giro comercial en un transcurso de 90 días a seis meses. Hoy, dos años después, la venta de animales persiste y no hay evidencia de que esto pueda cambiar pronto.

La vulnerabilidad de los animales no sólo está presente en la forma como se los trata en la actividad comercial, sino que se potencia por su permanencia de 24 horas diarias al interior de un espacio de confinamiento y sin posibilidad de tener una vida en libertad. En abril de 2020, por ejemplo, más de una docena de aves pereció por deshidratación dentro del mismo Mercado de Sonora; en noviembre de 2021, varios animales más murieron por un incendio.

Urge reflexionar sobre lo que nuestras acciones implican para quienes no pueden comunicarse legalmente, pero padecen y sufren una vida destinada al cautiverio y la muerte. Estas condiciones de injusticia hacia los animales no humanos pueden y deben ser evitadas, y se requiere de un trabajo conjunto para ello. Si la autoridad falla o es incompetente, entonces corresponde a la sociedad asumir la responsabilidad, actuar con conciencia y empatía y brindarles a esos seres sintientes el respeto y la dignidad que se merecen.

La tradición y la cultura no pueden ser más valiosas que la evitación del sufrimiento y la injusticia; no se puede mantener un elemento del pasado si estorba el propósito de avanzar por el bien de todos. Un arca sólo es útil cuando hay diluvio, y éste no puede ni debe durar para siempre. Es tiempo ahora de deshacernos de los anacronismos que no son más útiles que dañinos y buscar el cambio emancipador que nos brinde un mundo mejor.

* Jean Azcatl Pineda es licenciado en Geografía por la UNAM y especialista en geografía de los animales. Actualmente es estudiante de la Maestría en Geografía en la UNAM. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “espacio social” y profesor de Geografía y Ética en la FFyL.

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