El médico ideal y la falacia de la vocación

blogeditor · 16 de abril de 2020

El médico ideal y la falacia de la vocación

¿Quieres ser médico, hijo mío? Y sin saberlo, Asclepios, en la antigua Tesalia, con su barba enhiesta y cana, enunciaba con su ya consagrado discurso, a un cúmulo de discípulos, la eterna disertación deontológica del médico: ¿hasta dónde el sacrificio y la entrega para con mi paciente?

A lo largo de la historia, la formación médica se ha convertido en un modelo axiológico, ejemplar, de “entrega, inteligencia y sacrificio” frente a otras profesiones, ya que parece haber asimilado con ímpetu esa máxima filosófica que Dante Alighieri plasmó en su Divina Comedia: “quien sabe de dolor, todo lo sabe”.

Hasta no hace poco, el juramento Hipocrático era el referente moral por excelencia de la labor médica diaria. En 1948 y como consecuencia de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, se formuló la “Declaración de Ginebra”, una actualización de dicho juramento. Su última modificación se realizó en 2017, y como sus pretéritas versiones, conserva el espíritu humanista de su ancestro:

Como miembro de la profesión médica:

Prometo solemnemente dedicar mi vida al servicio de la humanidad;

Velar ante todo por la salud y el bienestar de mis pacientes;

Respetar la autonomía y la dignidad de mis pacientes;

Velar con el máximo respeto por la vida humana;

No permitir que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mis pacientes;

Guardar y respetar los secretos que se me hayan confiado, incluso después del fallecimiento de mis pacientes;

Ejercer mi profesión con conciencia y dignidad, conforme a la buena práctica médica;

Promover el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;

Otorgar a mis maestros, colegas y estudiantes el respeto y la gratitud que merecen;

Compartir mis conocimientos médicos en beneficio del paciente y del avance de la salud;

Cuidar mi propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica del más alto nivel;

No emplear mis conocimientos médicos para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, ni siquiera bajo amenaza;

Hago esta promesa solemne y libremente, empeñando mi palabra de honor.

Lejos de divagar con romanticismos, la condición existencial del médico se ha encontrado repleta de dificultades, derivadas de la concepción antiquísima del ejercicio hipocrático-galénico; hablo de la peligrosa “responsabilidad y entrega sin concesiones”. Y, en consecuencia, no es extraño encontrarnos la mar de artículos que describen una serie de constantes en la formación médica, como estrés, burnout, depresión, ansiedad, agotamiento psíquico e insatisfacción.

En las últimas décadas la “vocación” se ha convertido en un vocablo empleado por el Estado para crear un marco de legalidad para la explotación laboral del médico. Más allá de su definición oficial -según la Real Academia Española- como la “inclinación a un estado, una profesión o una carrera”, “convocación o llamamiento”, en los discursos de los funcionarios públicos dedicados a gestionar los recursos humanos y materiales de las instituciones en salud, la “vocación” se reviste de un valor semántico vinculado a las palabras “obediencia, sumisión, conformismo y mutismo”.

Así, todo médico que se manifieste y revele su inconformidad para con la precariedad material en su ejercicio clínico -verdaderamente ético es pedir lo mejor para la más óptima atención del paciente-, la ineptitud de las autoridades, el autoritarismo y la indolencia gubernamental, carece, naturalmente, de “vocación”: es un paria del gremio, deshonra para Galeno y traidor de la humanidad.

Los diversos marcos discursivos a los que hemos asistido a través de los medios de comunicación en tiempos de COVID-19 -y en pretéritos escenarios deshonrosos para la medicina en México, que no son pocos-, donde burócratas, muchos ajenos al campo clínico, justifican y demeritan las manifestaciones -la mayoría, legítimas- del personal sanitario ante la falta de insumos, nos hablan de ese arquetipo del “médico ideal” para el Estado. Es decir, un médico que cobra poco, trabaja mucho, obedece sin chistar e ignora con fervor sus derechos laborales y humanos.

Es en esta negación reiterativa de una realidad social palpable, dolorosa y creciente -hospitales abarrotados, corrupción en la distribución de insumos, el menosprecio de los médicos en formación como residentes, pasantes e internos de pregrado con remuneraciones raquíticas para sus extenuantes jornadas laborales- donde comprobamos la indolencia de nuestros gobernantes, que parecen compartir una “psicosis cínica”.

Dentro y sin pedirlo, nos encontramos en una crisis mundial que trasciende lo sanitario y que revolucionará aspectos esenciales de la vida como la conocíamos. No me extrañaría -aunque esto habla más de mi optimismo compensatorio que del amargo escepticismo- que los médicos más jóvenes, los que conformamos la fuerza laboral “bruta” del sistema de salud de México, seamos el parteaguas de la ruptura de ese cómodo y complaciente “médico ideal” para un Estado que trabaja poco, pero que exige mucho.

* Carlos Armando Herrera Huerta es residente de 3er año en la especialidad en psiquiatría y miembro del Comité Interinstitucional y Mediático de la Asamblea Nacional de Médicos Residentes.