blogeditor · 14 de mayo de 2021
A los veintidós años, con unos días de casada, empaqué mis escasas pertenencias, subí a mi auto y agarré camino al norte, con rumbo a la Península de Baja California.
Llegué a la ciudad de La Paz bajo las siguientes condiciones: 42ºC a la sombra, techo de asbesto, piso de cemento. El amor es una fuerza muy poderosa y, tras el primer golpe de calor, asimilé al puerto y su tranquilidad como parte de mi vida.
El sol quema la región más distal de Baja California Sur durante siete meses del año con intensidad épica. Cuando caía sin misericordia sobre el pavimento y los edificios chatos, cuando se reflejaba —con poder duplicado— en las piedras claras que parecían pulidas y que se deslavaban del monte en la temporada de huracanes, lo prudente era huir.
En vez del favor del dinero, tuvimos el de la juventud. En los ratos libres explorábamos los recovecos de esa tierra casi virgen. La arena de las playas es blanca, finísima y delicada. Podíamos caminar mar adentro por decenas de metros sin que nos llegara más allá de la cadera.
De esta manera conocí y amé las aguas y los seres que estudiaba mi esposo en la universidad. Juntos, aprendimos a negociar con las condiciones del entorno. Buceábamos con equipo en pésimas condiciones, prestado, o bajábamos a más veinte metros de profundidad con el aire de nuestros pulmones.
Estas salidas se volvieron una adicción, buscábamos cualquier pretexto para organizar una, solos o acompañados. Buceamos con tiburones ballena y mantarrayas gigantes; vimos tortugas marinas viajar en mar abierto con su mirada meditativa; conocimos los jardines de anguilas y jugamos y nos divertimos con los lobos marinos. Los delfines nos acompañaron y abrazamos una vez —dentro del mar helado y durante un buen rato— a un cachorro de elefante marino.
Fue en una de esas expediciones que llegamos a Punta Perico, un lugar rocoso rodeado de una lengua de arena y pequeñas calas. Éramos cinco o seis, equipados con esnórkel, aletas, toallas y sombrillas. En cuanto bajamos a la arena, supimos que algo no estaba bien. Lo que vimos nos paralizó: las aguas no eran claras, sino carmesí. Las pequeñas olas que se formaban para reventar contra las rocas mecían a cientos de tiburoncitos pequeños, muertos, ahogados. Tomamos unos y no supimos qué hacer con ellos. Los lanzamos de nuevo al agua y observamos la mancha roja extenderse largamente.
Un pescador pasaba por ahí con sus redes y su piel tostada. Le preguntamos por la insólita mortandad de esos seres.
“Es que los necesitan para hacerlos sopa”, nos dijo con el acento rítmico y cortado del norte.
“¿Sopa?”, preguntamos.
“Sí, de aleta”.
En la dinastía Ming, la sopa de aleta de tiburón era considerada una delicia sin igual, exclusiva para ricos y para celebraciones especiales. El siglo XIX y el XX vieron crecer su popularidad y accesibilidad en China, Japón y otros países. Para prepararla hay que atrapar a los tiburones vivos, cortarles las aletas —ingrediente fundamental— y dejarlos ir. Caen al agua incapaces de moverse. Inhabilitados para nadar, mueren de asfixia. Son seres ovovivíparos: las hembras preñadas liberan a los fetos como un último recurso para la supervivencia y el oleaje los arrastra hasta la playa. En las tranquilas aguas peninsulares, pescadores locales o extranjeros buscaban su propia forma de supervivencia satisfaciendo a un mercado voraz.
Esos seres muertos, imprescindibles para mantener el delicado ecosistema marino, nunca aparecieron en los diarios o en la televisión: era una masacre cotidiana, una forma de generar recursos en aguas pródigas y silentes.
Las tragedias ambientales que llaman la atención aparecen con escándalo en los noticieros: un derrame obvio, petróleo sobre pelícanos. Pero son el abuso cotidiano de los recursos y la ruptura sistemática del entorno lo más grave. Los biólogos marinos en formación me enseñaron el significado esos tiburones muertos. No sólo eran vidas sacrificadas por un plato de sopa, sino la desaparición de lo que los científicos conocen como “especies clave”. Vivos, equilibran los mares y honran las aguas. Nunca olvidaré el tono del oleaje, los pequeños seres inacabados flotando en él o el rostro impasible del pescador: el de quien enfrenta la verdad porque no queda de otra.
* Julieta García lee, escribe y edita. Dirige la Revista Este País (@RevistaEstePais).
Este texto apareció originalmente en la desaparecida revista Crónica ambiental.