Redacción Animal Político · 15 de marzo de 2023
Con el afán de vivir experiencias vinculadas con la cultura local de las comunidades que visitan, generalmente los y las turistas pueden realizar prácticas que implican abuso y explotación animal. A menudo las actividades del turismo relacionadas con animales consisten en observarlos en su hábitat o en cautiverio, estar en contacto directo con ellos en espacios controlados, montarlos, o cazarlos. Por otro lado, el zooturismo —que se basa en ver a los animales como recursos— ha mercantilizado ciertas prácticas culturales y cotidianas de diversas poblaciones, varias de las cuales refuerzan la opresión de las otras especies a manos de los seres humanos e injurian a los animales, pues no los reconocen como sujetos.
Sin embargo, las críticas a este tipo de actividades suelen centrarse en las que involucran a mamíferos, reptiles o aves de mediano o gran tamaño, por lo que la explotación de los insectos queda invisibilizada. A continuación, se cuestionará el uso estético del maquech, un insecto al que se le añaden piedras para usarse como adorno y que, en los últimos años, se ha vuelto un producto turístico altamente consumible.
El maquech (Zopherus chilensis), llamado también escarabajo yucateco, es una especie de coleóptero polífago de la familia Zopheridae. En su edad adulta llega a medir 4 centímetros de largo; es de color cenizo con tonalidades cafés, puntos negros en la parte superior del caparazón y dos pequeñas antenas cerca de la boca. Habita en las zonas boscosas del municipio de Huhí, ubicado en el centro del estado de Yucatán. Su correcto desarrollo requiere ciertas características geo-morfo-climáticas: una temperatura media anual de 25 °C, una precipitación anual de 1000 milímetros y una elevación de 21 metros sobre el nivel del mar.
Es una especie muy sensible a las variaciones climáticas y espacio-territoriales, por lo que las condiciones ambientales influyen en su reproducción. De hecho, la probabilidad de reproducción es menor si se encuentran en cautiverio lejos de su tierra de origen o si no hay alimento disponible. Su esperanza de vida es de seis a ocho meses, aunque algunos individuos alcanzan los cinco años.
En el mundo maya hay una leyenda en torno al maquech que lo ha vuelto un símbolo del amor: la historia de la princesa maya Cuzán y el plebeyo Chalpol. Así, hoy se ofrece como amuleto amoroso, e incluso es considerado un símbolo de longevidad. Además, se usa tradicionalmente como joya viviente para adornar la vestimenta de hombres y mujeres.
Como el uso del maquech ha sido una práctica cultural respaldada a partir de usos y costumbres, su uso comercial y turístico no está regulado por ninguna institución. Son sus colectores quienes tienen el control de la actividad, ya que son los que los consiguen: dedican jornadas de hasta ocho horas a sustraerlos de su hábitat natural —troncos putrefactos, zonas con hongos, espacios bajo las rocas— y, posteriormente, los venden a un adornador. Este último se encarga de decorar al coleóptero y fijar el precio de venta; en la temporada de septiembre a febrero, cuando el maquech abunda, el precio es bajo, mientras que entre marzo y agosto los precios suben por su escasez. Pueden conseguirse en los mercados de artesanías de Mérida, aunque también se exporta para venderse en otros lugares como Estados Unidos o Canadá.
Recientemente se han dado una serie de protestas contra esta práctica cultural, principalmente por la preocupación en torno a la salvaguarda y liberación de la especie, así como su caza ilegal. A esto se suma el hecho de que el turismo ha estado potenciando su mercantilización para que personas ajenas a la comunidad disfruten de este insecto decorativo. Sin embargo, estos movimientos se han visto limitados en cuanto a acción porque, de forma muy ecocéntrica, la percepción generalizada de la población local es que los maqueches son una plaga que está acabando con los ecosistemas de la región y, por lo tanto, es válido lucrar con ellos, pues es una especie de la cual “sobran” individuos.
Cuando se ve a un maquech decorado con joyas, también es posible criticar éticamente su uso estético y su valor como ser vivo, a partir de valores extrínsecos y antropocéntricos que versan por encima de su interés primario a la libertad o a la vida. Así, el uso del maquech como recurso cultural, ornamental y turístico permite darnos cuenta de nuestra obsesión por otorgarle valor, arbitrariamente, a los seres vivos. Por su parte, Amelí Espinosa y Elizabeth Téllez, en su texto “¿Por qué reflexionar sobre la sintiencia y el bienestar en animales invertebrados?”, plantean que la Ética Animal no considera a los invertebrados a menos que sean sintientes. Debido a la falta de conciencia sobre cuánto se daña a esta clase de animales y cómo son excluidos de la reflexión al no demostrarse su sintiencia, siguen sujetos a ser mercancías, símbolos, plagas, ingredientes, animales de compañía, etcétera.
Por lo visto estamos lejos de lograr que las prácticas culturales y turísticas dejen de explotar animales con la finalidad de ponerlos al servicio del ser humano. Parecería, de hecho, que la tendencia es más bien a aumentar las ocasiones de contacto con animales para que los turistas vivan experiencias que se salen de la cotidianidad. En el caso en particular del maquech, urge tener una mejor comprensión de la sensibilidad de estos insectos y de cómo su mercantilización atenta contra sus intereses. Urge, también, que la explotación hacia los insectos sea visibilizada para tratar de encontrar alternativas más éticas, ya que, de acuerdo con el Artículo 12 de la Ley para la protección de la fauna del Estado de Yucatán de 2011, “Toda persona tiene la obligación de brindar un trato humanitario a cualquier animal”.
* Lesly Citlali González González es estudiante del sexto semestre de la Licenciatura en Desarrollo y Gestión Interculturales por la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL). Se especializa en Patrimonio Cultural; sus intereses son la ética en el patrimonio con respecto a los animales, las discapacidades en ámbitos culturales, y la educación cultural ética. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “espacio social” y profesor de Geografía y Ética y de Elementos para la Gestión del Patrimonio Biocultural en la FFyL.
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