El manto que no calienta

ernestoramos · 25 de septiembre de 2011

El manto que no calienta

“Yo usaba una especie de eslogan: escribo para no ser escrito. Viví escrito muchos años, representaba un relato. Supongo que escribo para escribir a otros, para operar sobre el comportamiento, la imaginación, la revelación, el conocimiento de los otros. Quizá sobre el comportamiento literario de los otros. Escribo para conservar el arte de contar sin sacrificar el ejercicio de pensar, un pensar que tiene que ver con la moral. La gente es muy obediente a las normas que le impiden operar en lo indiscernible y en la ambigüedad, a la represión ante las ideas que revelan la propia trivialidad, el sinsentido. Creo que es mucho más importante pensar que contar, pero para imponer el arte de pensar hay que contar. La razón no se sostiene sin relatos”.

Rodolfo Fogwill

 

Y sin embargo abruma, ¿o no, náufragos? 

El horizonte es un mar azulino, basto, inabarcable; y la pequeña razón que hostiga –nuestro ser, es irrelevante frente a la ceniza del tiempo.  Basta una mañana frente al espejo;  el cuerpo flotando al fondo del agua;  las nalgas flojas frente al orinal; la conciencia de reconocernos sumidos en un trajín que no termina.

Todas estas distracciones son como sogas de salvamento, lanzadas corriente arriba. 

¿A dónde vamos, náufragos?

Ella, de azul sonriente, con su propia mochila a cuestas va a su encuentro, y distraída lo espera recargada a un poste.  La reconozco sonreír cuando él llega, y con la mirada sigo de nuevo su rutina de meses.   Son el mobiliario citadino que suelo husmear, antes de regresar a este monitor que entretiene. 

También lo veo a él nadar en el desconocido fondo azulino, en solitaria angustia envalentonada.  Con su respiración interrumpida, con su cara abrumada. Sus brazadas parecen buscar insistentes la promesa ciega de una orilla, bajo el manto iluminado que ni siquiera calienta.

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