blogeditor · 15 de junio de 2020
Ana es una mujer de 76 años, campeona de 10Km, empresaria retirada y activista, tiene una casa propia en la que habita con su hija divorciada y sus dos nietos pequeños. Juan es un hombre de 78 años obeso, con diabetes y fumador, quien vive en la casa de la familia con sus dos hijos, su nuera y tres nietos. Olivia tiene 97 años, tiene enfermedad de Alzheimer y cáncer avanzado, por lo que ya no puede valerse por sí misma, no tiene familia y vive en un asilo.
Al inicio de las medidas de distanciamiento social en la pandemia, el personal que atiende el asilo -que no recibió ni capacitación ni equipo de protección- se limita a proporcionar servicios básicos a los residentes. Los adultos mayores comienzan con comportamiento agresivo y ansiedad porque sus rutinas se ven interrumpidas, y las personas que acostumbran ver están ausentes. Olivia comienza con agitación, lenguaje incoherente y fallece a los 4 días al igual que los otros 8 residentes de su asilo. Ninguno presentó síntomas respiratorios. Al fallecer todos y no contar con familiares a quienes notificar la situación, simplemente cierran las puertas del asilo.
Uno de los afanadores en este asilo era hijo de Juan. A los pocos días después de la muerte de Olivia, Juan comienza con tos, es llevado al hospital, y tanto él como su hijo resultan positivos a COVID-19. El hijo de Juan no presenta síntomas por lo que regresa a casa, sin embargo Juan es internado sin posibilidad de ver a sus familiares. A los dos días del internamiento en un cubículo aislado y sin ventanas, Juan comienza con desorientación y agitación. A los pocos días, su cuadro empeora; sin embargo, debido a su edad y sus enfermedades, no es candidato a ventilación mecánica y fallece con mucha falta de aire en el hospital. La enfermera de Juan es la hija de Ana, ambas resultan positivas a COVID-19 a los pocos días y ambas requieren ser hospitalizadas. La hija enfermera fallece y Ana logra sobrevivir. Sin embargo, después de varios días de hospitalización, aún se encuentra confundida y muy débil para cuidarse a sí misma; sin embargo es dada de alta en ambulancia a una casa donde ahora se encuentra sola. Al no haber un plan de cuidados ni rehabilitación, pese haber sobrevivido al COVID, se deteriora en el transcurso del mes siguiente y es encontrada muerta en su casa.
Hoy, 15 de junio, es el día internacional de toma de conciencia del abuso al adulto mayor. Si bien ha habido un incremento en la violencia intrafamiliar (en sus diferentes formas física, sexual, psicológica, financiera y negligencia o abandono) y asociada a las redes criminales. Estas historias ilustran que a raíz de la pandemia también el abuso y la violencia estructurales hacia los adultos mayores se han recrudecido. Para generar conciencia, lo primero es definir estos últimos términos de los que se habla poco. La violencia estructural, se refiere al daño que puede sufrir una persona al verse impedida por la estructura social para cubrir sus necesidades básicas. Por su parte, el abuso estructural es el proceso mediante el cual un individuo se encuentra envuelto en las injusticias de un sistema y no puede protegerse contra ellas, no puede lidiar con ellas, no puede desprenderse de ellas, no puede pedir justicia, no las puede evitar y no las puede revertir ni cambiar.
Hoy en día es ilusorio pensar que las enfermedades y sus consecuencias no se ven influidas por la sociedad; desde la pobreza y el acceso a los servicios de salud, hasta el racismo y las diferencias en clase social tienen un efecto. Una sociedad que glorifica la juventud también influye en el Estado y desgraciadamente en los Sistemas de Salud. En el caso de COVID-19, pese a que se ha reconocido y enfatizado la vulnerabilidad de los adultos mayores para enfermar y morir de esta enfermedad, la energía y los recursos para enfrentar la pandemia se han volcado, de manera global, en construir una estructura hospitalaria que salvaguarde a los jóvenes. Este sesgo existe, ya que pese a que se busca construir una sociedad inclusiva, sólo incluye a aquellos individuos que pueden levantar la voz para que “sean incluidos”. La voz de los adultos mayores no resuena con la misma fuerza. Claro que existen adultos mayores activistas como Ana pero… ¿son suficientes? ¿Conocemos sus demandas? ¿Son capaces de salir a levantar la voz en estas circunstancias? Representar a una población tan heterogénea como son los adultos mayores es difícil y siempre alguien se queda de lado. La ciencia nos ha extendido la vida como nunca imaginamos en estos últimos cien años, pero no hemos sabido cómo adaptarnos a la vejez que nosotros inventamos; silenciamos su voz, la excluimos y la vemos como algo a evitar.
Para ejemplificar lo anterior analicemos el caso de Olivia, una persona de edad muy avanzada sin una voz propia por un problema de memoria y la falta de una red de apoyo adecuado, que vive en una casa de cuidados a largo plazo (mejor conocida como asilo). Pese a que en el mundo este es un modelo creciente de cuidados fuera de casa para grupos de adultos mayores vulnerables, el foco de las estrategias de salud no fue puesto sobre estas instituciones, ya fueran públicas o privadas. Esta falta de visión puso en evidencia carencias en la regulación de estas instituciones, falta de capacitación del personal que las atiende y desinterés por parte del Estado en ellas. Desafortunadamente, al igual que en el asilo donde vivía Olivia, el resultado de la inatención fueron consecuencias negativas en la salud de los residentes y mortandad masiva. Cuando este fiasco se visibilizó, ya era demasiado tarde, la masacre ya estaba en curso. ¿Cómo se explica que hayan dejado este escenario de lado? Si bien para los residentes de estos lugares que son mayores y probablemente enfermos morir es un riesgo latente, morir fuera de tiempo por estar invisibilizado es una gran injusticia.
El caso de Juan evidencia otro de los puntos que ha resultado álgido en la atención médica de los adultos mayores durante la pandemia: la falta de recursos hospitalarios enfocados a los adultos mayores. La hospitalización usual es una experiencia traumática para muchos pacientes, pero en el contexto de la pandemia lo anterior se ha exacerbado. Las restricciones necesarias en las visitas han mermado la calidad de la atención no sólo en la parte emocional y psicológica, pero en todo el conjunto. En México dependemos de los familiares para los cuidados durante la hospitalización, especialmente en adultos mayores pero también en jóvenes o niños. El no poder contar con este apoyo incrementa las complicaciones médicas. En el caso de Juan podemos ver también que la visión médica que se enfoca en población joven privilegia el “preservar la vida”, y deja de lado por completo el “preservar la calidad de muerte” de aquellos pacientes que no son candidatos a terapias de manejo avanzado como la ventilación mecánica. No hay un programa dentro de la estrategia que se enfoque a dar manejo paliativo para las molestias (aunque hay esfuerzos más locales), como la falta de aire al final de la vida ni para los pacientes que fallecen dentro del hospital ni para aquéllos que fallecen en asilos o en casa. Simplemente dejan que la muerte les quite el aliento, el que no se sufra mientras eso ocurre pareciera no ser prioritario.
Por último, el análisis del caso de Ana refuerza lo que ocurrió en el caso de la familia de Juan. Por múltiples circunstancias, el personal esencial que tiene alto riesgo de enfermar se mantiene viviendo en casas en las que habitan varias personas, entre ellas adultos mayores vulnerables quienes se contagian con facilidad y pueden evolucionar a cuadros graves. El sobrevivir a hospitalizaciones largas después de una enfermedad grave requiere un proceso intenso de rehabilitación ya que el deterioro puede convertir a una atleta como Ana en una persona dependiente. Dentro de la estrategia original es un proceso que ni aún en los jóvenes se contempló como prioritario. Los esfuerzos de implementación han sido pobres y dependen enteramente de los cuidadores. En el caso en el que el cuidador también se haya enfermado o haya fallecido, como desafortunadamente ocurrió con la hija de Ana, no se contempla el poder brindar este apoyo. Un adulto mayor debilitado y solo difícilmente podrá buscar recursos para sí mismo, aunque sea un gran activista o cuente con los medios económicos para ello. Es así como, aún después de ganar la batalla contra la COVID-19, las complicaciones como resultado de la falta de cuidados posthospitalarios y de apoyo a cuidadores pueden provocar que se pierda la guerra.
En todos los casos, hay circunstancias de violencia y abuso que más allá de la epidemia terminaron con la vida de estas personas. Lo que ocurrió con Ana, Juan y Olivia ilustra algunos de los escenarios que viven cientos de adultos mayores más que no pueden levantar la voz y protestar por lo que está ocurriendo. En los últimos 30 años, tanto la gerontología como la geriatría se han dedicado a estudiar el envejecimiento desde el punto de vista social y médico respectivamente. Estas ciencias tienen el fin último de cambiar la visión que forma el paradigma de atención actual y concientizar sobre las necesidades y particularidades de los adultos mayores, tanto a la sociedad como al personal de salud. Aunque se veía como un reto complejo, se pensaba que había habido cambios y avances en estas áreas, sin embargo, COVID-19 nos ha demostrado lo contrario. En la sociedad, el Estado y la medicina prevalece una postura en donde la vida en la vejez no tiene un valor equivalente a la vida en la juventud, la productividad y la belleza. Con la transición demográfica, cada vez habrá más adultos mayores y, de sostener esta misma visión, las consecuencias a través del tiempo serán devastadoras para las siguientes generaciones. Hoy nos preguntamos todos los que trabajamos en esta batalla, ¿qué más debemos hacer para lograr los cambios sociales y estructurales necesarios para que las necesidades de los adultos mayores sean escuchadas y tomadas en cuenta, y así evitar el maltrato?
* Stefanie Piña Escudero y Natalia Sánchez Garrido son geriatras egresadas del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán.