blogeditor · 30 de julio de 2020
Este gobierno se da el lujo de vivir en el pasado. Un privilegio que sólo pueden darse aquellos que tienen resuelta su cotidianidad, quien tiene un presente privilegiado con todas las necesidades básicas satisfechas y quien no tiene mayor preocupación que la de cavilar sobre un pasado que añora o que lo perturba. Decía Freud que aquellos aspectos del pasado no resueltos, ya sea aquello que se añora o que perturba, son patógenos en el presente. Quien se aferra al pasado lo carga sobre sus hombros, con la imposibilidad de resolver los problemas gravísimos del presente ni de caminar sin ataduras hacia un futuro diferente.
La pobreza es culpa del neoliberalismo; de esos tecnócratas que abandonaron a los más pobres (AMLO, 2018). CONEVAL reportó este 27 de julio, a partir de datos de la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo del INEGI, que 54.9% de personas en el país a mayo de este año se encuentran en pobreza laboral, es decir, que no cuentan con el ingreso suficiente para acceder a una canasta básica alimentaria. Ninguna de estas personas puede darse el lujo de vivir en el pasado. Deben salir -aun en medio de la pandemia y con las recomendaciones de quedarse en casa- a buscar sustento para sobrevivir. Ellos no culpan al neoliberalismo, al PRIAN, a las fallas del TLCAN o a la COVID-19; están preocupados por resolver el día a día y sí esperan que este gobierno, éste y no los anteriores o los que vendrán, haga algo al respecto.
Hay una propuesta sobre la mesa, el Ingreso Mínimo Vital, que han implementado la mayoría de los gobiernos progresistas del mundo y es recomendada por organismos internacionales y las principales organizaciones que combaten la desigualdad en este país y en el mundo. La atadura a un pasado reciente impide que López Obrador avale esta propuesta porque suena parecido a la propuesta de la alianza “Por México al Frente” en 2018 de impulsar un ingreso básico universal, la cual es distinta a un ingreso mínimo vital, temporal y no condicionado, para evitar que millones de personas caigan en la pobreza. De las 52.4 millones de personas que se encontraban en pobreza en 2018, si no se actúa con urgencia pasaremos a 63.1 millones (10.7 más millones de pobres, de acuerdo con CONEVAL).
La tradición en México es que las hijas son las que cuidan a los padres, nosotros los hombres somos más desprendidos, (…) cuidamos, por tradición, por costumbre, porque la familia mexicana es la institución más importante de seguridad social que existe (AMLO, 2020). El presidente hace esta declaración en medio de la revolución feminista más importante en la historia de la humanidad con generaciones que rompen estigmas, estereotipos y tradiciones, en medio de las generaciones que comparten los trabajos en el hogar y los cuidados, en medio de una sociedad con más de 10 feminicidios por día y con niveles altísimos de violencia intrafamiliar. Además, este gobierno redujo el presupuesto a instituciones y programas que atienen la igualdad de género y que combaten la violencia contra las mujeres. Ninguna mujer, ante cualquier acto de violencia, puede darse el lujo de vivir en el pasado. Requiere que el Estado responda inmediatamente con instituciones capaces de resolver. Anclarse al pasado por “tradición” o “costumbre” no sólo evita que resuelva los problemas de género más graves y violentos del país, sino que muestra al presidente como un conservador.
Entender a la familia como la “institución” más importante de seguridad social nos regresa al siglo XVIII. Ese pasado glorioso en donde sólo quien viviera en un palacio podía tener acceso a servicios básicos de salud. El presente nos obliga a entender que el 53% de la población económicamente activa no tiene acceso a seguridad social en nuestro país, es decir, no tiene acceso a servicios básicos de salud, a guarderías, a ahorrar para el retiro o a ahorrar para una vivienda. La seguridad social sigue siendo un privilegio en un país con una desigualdad tan profunda.
La idea es explotar racionalmente el petróleo, no extraer y extraer petróleo para venderlo y dejar sin este recursos no renovable a las nuevas generaciones (AMLO, 2020). La apuesta no es que las generaciones siguientes tengan petróleo, sino que sea posible utilizar energías renovables. Entre más tardemos en invertir y desarrollar esas energías renovables más tardaremos en lograr una transición energética sustentable. Hoy, hasta las refinerías más eficientes pierden dinero, incluidas las seis actuales que pertenecen al gobierno mexicano. Hoy PEMEX tiene, tan sólo en el primer semestre de 2020, pérdidas por 606 mil millones de pesos, cuatro veces más lo que costaría financiar el Ingreso Vital para las 12.5 millones de personas que perdieron su fuente de ingresos en la pandemia.
Las últimas tres refinerías se construyeron en el periodo de los expresidentes Luis Echeverría y José López Portillo: Tula (1976), Cadereyta (1979) y Salina Cruz (1979); ese pasado pudiente en el que se “administraba la abundancia”. Aunque haya nostalgia de ese pasado que detonó crisis económicas profundas para nuestro país, construir la séptima refinería de Dos Bocas no sólo es muy costoso sino nada rentable. Apostar por energías renovables debería de quitar esa carga nostálgica de un pasado que terminó administrando la abundancia para unos pocos privilegiados. No lo repitamos.
Podría seguir con decenas de ejemplos: la simulación del combate a la corrupción con el caso Lozoya, una receta retomada de gobiernos anteriores con Elba Esther, Duarte, La Quina y muchos otros; la militarización de la seguridad pública sin fortalecimiento policial, como si Calderón fuera el asesor del gobierno actual en materia de seguridad… ah, ese lujo de vivir en el pasado; todo cambia, para que todo siga igual. Hoy les recuerdo dos datos del presente: hay en el país 63 millones de personas que no lograrán acceder a fin de año a una canasta básica alimentaria y mueren 100 personas al día por homicidios. Bien decía Freud que el pasado que se añora o perturba enferma en el presente; ojalá que esta enfermedad se cure pronto.