El libro resistente

Contenido Animal Político · 23 de abril de 2021

Los verdaderos analfabetos son los que aprendieron a leer y no leen.

– Mario Quintana (poeta brasileño). 

Fue Jordi Soler quien lo escribió hace más de una década en una colaboración que le leí en La Jornada: de entre todos los objetos creados por el ser humano, el libro es quizá el mejor diseñado, por ello su formato tradicional sobrevive y, pese a los avances tecnológicos que han aportado otros formatos, continúa traspasando los siglos con su alma de papel envuelta entre gruesas pastas de cubierta.

Basta analizarlo desde la perspectiva que Soler proponía en aquel texto que se me perdió en la bruma de los tiempos y al que agrego reflexiones generadas por el aprendizaje personal: el libro constituye la herramienta más práctica para acceder a una historia. En la mayoría de los casos es ligero —si es uno lector contumaz, a quien le place llevar dentro de la mochila o en el bolsillo de la chamarra alguna de esas ediciones fabricadas con papel poroso y liviano—, aunque naturalmente todos en algún momento de nuestras vidas nos hemos dejado seducir por alguno de esos grandes libros pesados de edición en pasta dura, que emociona explorar sobre la mesa del comedor o el lugar favorito en el estudio. El libro permite pausar la historia en el momento que se nos antoje, es muy fácil regresar a ella (basta solo abrirlo y retirar el separador o la marca correspondiente) y también darle reversa o adelantar en cuestión de micras. Es sencillísimo guardarlo y realmente el libro necesita mucho tiempo para convertirse en un artículo inservible: a salvo del excesivo polvo o la mortal presencia de humedad puede durar años y hasta siglos sin perturbar en modo alguno su contenido. Resistente como los mejores productos de la cultura, ahí va el libro de papel, poderoso símbolo de muchas eras.

Más allá del diseño físico que lo vuelve entrañable y reconocible, el libro posee por sobre todas las cosas la gracia de su contenido. Mil lugares comunes se han proferido a lo largo de los siglos para cantar loas al principal superpoder librero, que es el de transportar historias de un confín del tiempo a otro, pero ninguno consigue reflejar consistentemente lo que implica la esencia librera que hoy celebramos: la posibilidad de hacer, a través de la lectura, que un momento de la existencia se vuelva, simple y llanamente, placentero.

  • Carril Lateral:

Felizmente, los teatros comienzan de a poco a ofrecer funciones presenciales con acceso restringido a solo un porcentaje del inmueble. Los últimos dos fines de semana quien esto escribe ha tenido oportunidad de disfrutar sendos montajes que, independientemente de todas las reglas de sana distancia y protecciones sanitarias que haya que aplicar, han valido enormemente la pena: “Hijas de Aztlan”, en el teatro Helénico, con la Compañía de Teatro Penitenciario fundada por el Foro Shakespeare, una obra poderosa que, enmarcada en la problemática feminista, articula una respuesta contundente de enorme apoyo a las mujeres y comprometida con la búsqueda de la igualdad y, por otra parte “Vórtice, universo paralelo para tres aeroplanos”, de Jorge Maldonado y dirigida por David Psalmon: una obra imaginativa en la que tres pilotos famosos por haber desaparecido en pleno vuelo (Amelia Earhart, Roal Amundsen y Antoine de Saint-Exupéry) coinciden en una dimensión paralela desde donde tratarán de advertir a la humanidad sobre la terrible catástrofe ecológica que se aproxima, acompañando la historia con profundas reflexiones sobre la vida, la muerte y el significado de la existencia (Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque). Es de esperar que próximamente nuevos montajes se sumen a la idea de regresar a los espectadores al insustituible acto ritual que significa mirar una representación en vivo.       

@elimonpartido   

* Eduardo Limón es periodista cultural.