blogeditor · 12 de febrero de 2014
En la escuela de mi hijo, febrero ha sido el mes de la lectura. Hace un par de semanas, durante la asamblea que el colegio organiza todos los lunes, la encargada de la biblioteca hizo una presentación que me puso a pensar. Preguntó a varios maestros cuál había sido el libro que había marcado su infancia y que, naturalmente, recomendarían leer a un niño de primaria. Algunos comenzaron en la infancia más temprana, citando algo del entrañable Maurice Sendak o de “Doctor Seuss”, el gran autor estadounidense de libros para primeros lectores. No faltó la indispensable mención a algún libro de Michael Ende. Algún precoz se refirió a “El guardián entre el centeno”, extraordinaria lectura pero ciertamente prematura para un niño de 10 años, creo.
Apenas terminó la asamblea comencé a pensar qué habría respondido yo. Tuve, como muchos de nosotros, un libro ilustrado favorito. Se llamaba “Hugo and the man who stole the colors”, y contaba la historia de un malvado personaje que, en efecto, se robaba el espectro cromático del mundo, transformándolo todo en un pálido desierto. Me acuerdo lo mucho que me emocionó alcanzar el final en el que Hugo conseguía rescatar los colores, presos en un enorme recipiente de vidrio.
Pero el libro que más me impresionó en la infancia no tenía ilustración alguna. Lo habré leído, muy despacio y gracias a una rarísima traducción al inglés, alrededor de los once o doce años. Se trata de “Breve historia del mundo”, de E. H. Gombrich, el notable historiador de arte nacido en Austria a principios del siglo pasado. Gombrich dedicó su vida a la historia del arte (escribió un libro fantástico sobre el tema) pero se dio tiempo, allá por 1936, para escribir este que es, a mi parecer, uno de los libros de divulgación más extraordinarios de los últimos cien años.
[contextly_sidebar id=”8822488cc92dbc40606b46a6b27e1c03″]El recuerdo me llevo de vuelta a sus páginas estos últimos días. Lo releí con la misma voracidad de aquellos tiempos. Me volvió a parecer una obra maestra no sólo por su erudición sino por su generosidad narrativa. Gombrich enfrenta con valentía una tarea que parece, a primera vista, casi imposible: narrar literalmente toda la historia del mundo desde antes de la edad de bronce hasta mediados del siglo XX. Como quizá es natural, Gombrich peca de un “eurocentrismo” tal vez inevitable. La mayor parte de su “historia del mundo” es en realidad una historia de Europa. Pero no exclusivamente: hay secciones muy emocionantes dedicadas a China, Japón y México. El libro es particularmente extraordinario cuando describe los momentos claves de la formación del mundo moderno: la Grecia clásica, desde Pericles hasta Alejandro Magno, el poderío persa, la gloria y perversión del imperio romano, el ascenso de Constantinopla, la Edad Media y el reino de los bárbaros, las cruzadas, Carlomagno, Florencia y el renacimiento, la ilustración, el terror de la guillotina… Napoleón. Todo está ahí.
Gombrich estructuró el libro como una narración íntima, hablándole directamente a su hipotético y joven lector: “quizá no te sorprenderá…”, “si quieres saber más sobre esto…” De esta manera, se trata más de un paseo que de un aburrido hilar historiográfico. Mi sección favorita siempre ha sido el corazón del libro, en el que Gombrich invita al lector a un viaje por el mundo clásico. En la voz de Gombrich, los espíritus antagónicos (pero, en el fondo, tan íntimamente ligados) de Atenas y Esparta dan pie a la expresión prácticamente insuperable de la humanidad que fue la Grecia de la antiguedad. Leerlo narrar las conquistas del gran Alejandro de Macedonia es apasionante, lo mismo que apreciar su ambivalencia ante el poderío romano, al mismo tiempo asombroso, temible y deplorable.
Aunque en aquella primera lectura infantil no podría haberlo explicado así, siempre aprecié, como joven lector, que Gombrich narrara las desgracias de la humanidad pero se concentrara, mayormente, en su progreso. Para mí, a pesar de todo, la que nos cuenta es una historia luminosa. Aunque no estoy seguro de que él compartiera esta opinión. Después de todo, Gombrich terminó de escribir “Breve historia del mundo” cuando el horror de la Segunda Guerra Mundial estaba todavía vivo. Para un hombre que había dedicado meses y meses a recorrer literariamente la historia del planeta, tan llena de barbaridades y crueldad, presenciar el imperio de Adolfo Hitler debe haber sido no sólo descorazonador sino muy doloroso. Ese, después de todo, fue el minúsculo paréntesis de la historia humana que le había tocado vivir a él; su pedazo de la Historia con “h” mayúscula: una juventud marcada por el exilio (emigró a Inglaterra) y el odio inmisericorde y asesino de un dictador nacido, igual que Gombrich, en tierra austriaca.
Quizá es por esa mezcla agridulce que el libro me pareció – y ahora me ha vuelto a parecer – tan profundamente sabio y entrañable. La historia no se trata sólo de aprenderse fechas, hechos y nombres. Se trata de asumir que uno es parte, por el más breve lapso, de un río que no cesa. Se trata de reconocer una circunstancia doble y conmovedora que está, me parece, en el centro mismo de la condición humana: sí, la historia es más grande que cualquiera (incluso que Alejandro, César, Napoléon…) pero, increíblemente, todos tienen –tenemos- un lugar en la historia. Es, en el fondo, la lección de la humildad y la más auténtica trascendencia. ¿Hay algo más importante que se le pueda enseñar a un niño?