blogeditor · 16 de febrero de 2016
A propósito de la vista del papa Francisco en México se ve que todavía persiste en algunos políticos, medios, comentaristas y ciudadanos, cierto que cada vez menos, la confusión entre lo que es un Estado laico y uno jacobino. En El Economista (24.02.2010), publiqué un artículo sobre el tema, que pretende aclarar la confusión. Ahora reproduzco parte del mismo:
La realidad, con todo, es que a partir del fin de la etapa armada de la Revolución no se ha vivido un Estado laico y sí en mucho uno jacobino. Es tiempo que se viva la laicidad que algunos políticos e incluso académicos confunden con el jacobinismo y otros, los menos, con el ateísmo. Esto implica, ha sucedido, que el Estado asuma un tipo de “religiosidad” como ocurrió en los países del socialismo real, cierto que con distintos niveles de intensidad.
[contextly_sidebar id=”GZyq8cuH7Qm3HhBv0U13OdcH32Asw3Zp”]El Estado laico exige que éste no profese religión alguna para dar lugar a que todas puedan expresarse en igualdad de circunstancias; de este derecho no sólo gozan los ciudadanos, sino también las iglesias. Se garantiza así la libertad de creer o no creer y también de religión y culto. La existencia del Estado laico evita, no todos sus defensores lo tienen claro, ser antirreligioso. Todo tipo de intolerancia conduce al totalitarismo. Cuando el Estado o un grupo de sus ciudadanos e instituciones quieren imponer a los demás sus posiciones, se violenta, sin más, la libertad.
La democracia y el respeto a pensar y creer son una misma cosa. No hay democracia sin la libertad de creencias, de religión y culto. El pensar como se quiera, siempre en el marco de la ley, es un derecho irrenunciable. El Estado laico, es su obligación, garantiza la inclusión de todos sin importar sus creencias y credo. La laicidad es la garantía de la libertad de las instituciones del Estado frente a cualquier norma religiosa. Es la mejor forma de garantizar “dar a Dios y al César” lo que a cada uno corresponde. El Estado laico, por lo mismo, jamás debe perseguir a alguien por sus creencias.
Nadie, pienso, puede estar en desacuerdo con las ideas anteriores. En nuestra tradición hay, con todo, políticos, académicos y sectores de la ciudadanía, los menos, que quisieran, así malentienden la laicidad, que las iglesias no se pronuncien e incluso que no existan. Las iglesias, es garantía del Estado laico, tienen derecho, como las otras instituciones, a exponer sus ideas y concepción del mundo. Misma que no pueden imponer a nadie y sus miembros ya sabrán si les hacen o no caso.
Cuando las iglesias fijan su posición ponen en juego su prestigio y credibilidad. La mayoría de las veces exponen ideas conservadoras que no tienen acogida en la ciudadanía y se alejan de la misma. El Estado laico hay que defenderlo de los que quieren imponer la religión, pero también de quienes pretenden que éste asuma una postura antirreligiosa. Ni una ni otra y sí el respeto absoluto a las creencias de todos. A la laicidad hay que defenderla de quien quiere imponer la religión; también de quien busca una postura antirreligiosa.
Ahora subrayo que al laicismo hay que defenderlo de quienes no quieren, negando el derecho inalienable de la libertad religiosa y expresión, que las iglesias y sus integrantes se expresen de manera pública y de quienes no quieren que los políticos manifiesten de manera abierta su fe. Éstos siempre, en independencia de que profesen una determinada fe, están obligados a dar lugar y defender la expresión de las distintas manifestaciones religiosas. México cada vez más se aleja del jacobinismo y se acerca al laicismo, pero todavía falta camino por andar.