blogeditor · 17 de junio de 2014
When you took a ball out to the middle of the pitch and struck it once,
the thump filled the entire space. The thump seized something in your chest.
Jim Shepard, Love and Hydrogen
De niño quería ser jugador de futbol. Siendo muy sincero, todavía quiero serlo, aunque a mi edad me conformo con jugar un partido de vez en cuando y desplegar mi talento en el FIFA o en el Pro Evolution Soccer, tristes sucedáneos de vestir un uniforme y correr por el campo.
Esta época mundialista me pareció un buen pretexto para hacer dos cosas que disfruto: escribir y hablar sobre futbol. Durante la semana pensé en posibles temas para el primer texto del paréntesis futbolístico del Abogado del diablo y di con algunos prometedores: una lista de mis libros futboleros favoritos, increpar a esa banda un tanto repugnante que ha hecho de la autodenigración un acto de humor involuntario, o arremeter contra los promotores culturales que se lamentan de cómo nos idiotiza el futbol. Sin embargo, lo que ocurrió en los primeros días del torneo me hizo cambiar de opinión.
El arbitraje de Brasil haría palidecer al árbitro amateur más tendencioso de una liga municipal. ¿Cómo es posible disfrutar un juego en el que suceden estas cosas? En realidad la pregunta, al menos la importante, parece ser otra: ¿por qué me gusta tanto el juego? Cualquier intento por justificar racionalmente una afición es casi una pedantería. Parece más sensato unirse a la opinión de Nick Hornby en Fever Ptich: I fell in love with football as I was later to fall in love with women: suddenly, inexplicably, uncritically, giving no thought to the pain or disruption it would bring with it.
[contextly_sidebar id=”9aee4a92b11a2174a169d9f1c356d19b”]Para mí, ese momento en el que caí rendido por el futbol fue en 1982. Mi primer recuerdo futbolístico es la celebración de un gol que aún al día de hoy me sacude: Franco Tardelli corriendo a toda velocidad con una emoción que simplemente lo desborda. Según lo recuerdo, ese 11 de julio de 1982 yo estaba viendo el partido en mi casa, que por ese entonces estaba en Coyoacán, muy cerca del Parque de la Conchita. Recuerdo (o creo hacerlo) con una claridad sospechosa estar sentado en un sillón amarillo que estaba justo a un lado de mi baúl de juguetes. Digo que la claridad me resulta sospechosa porque a esa edad (apenas 4 años) difícilmente tenía la paciencia como para ver un partido entero. Eso que tengo por recuerdo debe ser una reconstrucción biográfica. Posiblemente ese partido en realidad lo vi un par de años después en un viejo video Beta en el que alguien grabó ese partido. Después seguramente inserté ese recuerdo en aquel punto y con eso alteré mi biografía. Como sea, esa imagen me sigue acechando y cada vez que lo veo siento lo mismo: envidia. No de la buena ni de la mala, sólo envidia. ¿Se imaginan celebrar un gol (o lo que sea) así?
Desafortunadamente, el futbol también tiene su lado oscuro: las injusticias. No me refiero al azar, esa “injusticia” ciega, torpe e imparcial, ingrediente sin el cual el futbol perdería buena parte de su misterio. Hay quienes piensan que para ganar un partido basta con echarle muchas ganas y querer las cosas más que el otro. La realidad es mucho más complicada. En el futbol, como en la vida, el azar juega y mucho. Puedo sobrellevar (aunque me duela) aquel tiro de Salcido que en el México-Argentina de 2010 pegó en el travesaño. Pero un error arbitral que incide sobre el resultado es otra cosa. Eso no es azar, y la diferencia es grande. Tal como lo platicaba hace unos días con @eramoscobo, una cosa es que te caiga un rayo (azar, como lo del poste de Salcido) y otra muy distinta es que un miserable te clave un cuchillo por la espalda (injusticia, como lo del árbitro).
Pero hay algo más molesto, los que creen que un par de goles del perjudicado pueden reparar la injusticia. Me explico. Después del penal marcado a favor de Brasil, las redes sociales se llenaron de insultos a la FIFA y de apoyo incondicional a los croatas. La injusticia era obvia y nadie se atrevía a decir lo contrario. Todo cambió con el tercer gol. De inmediato aparecieron comentarios que decían que Brasil había limpiado su victoria. Eso es no entender absolutamente nada de futbol. En un torneo de tan alto nivel y en un juego con tan pocas anotaciones, una decisión como la del árbitro japonés puede ser muy costosa. Si a Brasil no le marcan ese penal el partido hubiera sido otro. ¿Hubiera ganado Croacia? Imposible saberlo, pero hubiera sido distinto, y eso es suficiente. Algo parecido ocurrió en 2010 en el partido de Inglaterra-Alemania, cuando no se marca como gol una anotación clara de los ingleses. Muchos cerraron los ojos ante la injusticia porque después Alemania se despachó con 4. Si a Inglaterra le cuentan ése, tal vez Alemania hubiera sido la obligada a atacar y a abrir espacios. No sé si hubiera ganado Inglaterra. En cambio, sí sé que el partido fue otro por un error. Un error evitable.
En esas circunstancias resulta incomprensible el rechazo al uso de la “tecnología”. Lo pongo entre comillas porque el uso del término sugiere un mecanismo muy sofisticado que podría tener un impacto incierto sobre el deporte. ¿Cómo evitar errores como los goles anulados de Gio? No necesitamos una tecnología extraterrestre capaz de poner en peligro la integridad física de los jugadores, basta con una repetición en cámara lenta. Si a eso le llaman tecnología, allá ustedes. Yo a eso le digo usar las herramientas propias de la época. Tecnología, para mí, es algo como el colisionador de hadrones. Además, a partir de este Mundial la FIFA ya usa tecnología para determinar si un balón cruza la línea de gol. ¿Por qué no hacer lo mismo en el caso de supuestos fuera de lugar que terminan en gol? Al final, la tecnología no le robará nada al juego. Acaso le devolverá algo de integridad. Mientras la FIFA no cambie estamos condenados a llevar a cabo un intento por conciliar la rabia con el cariño por el juego. Es difícil.
Hay veces que quisiera no ver un partido más. Pero de inmediato recuerdo imágenes como Zidane haciendo un sombrerito sobre Ronaldo,
a Van Basten anotando un gol imposible
o el remate de Oribe anotando que nos valió una medalla de oro.
Y entonces no puedo hacer nada, o tal vez cierro los ojos con resignación. Tal vez el amor por el futbol realmente es inexplicable y tal vez es tan fuerte que casi me hace olvidar el enojo y sufrimiento que en ocasiones me provoca.