blogeditor · 8 de abril de 2021
El Instituto Nacional Electoral (INE) está bajo acecho por MORENA y sus partidos satélite. La instrucción del presidente de la República, siempre ejecutada incuestionablemente por Mario Delgado, es desconocer la autoridad del Instituto como árbitro electoral, descalificarlos con el argumento de nula neutralidad y afinidad a los partidos opositores, y de defender a toda costa las candidaturas del presunto violador Félix Salgado Macedonio y de Raúl Morón a las gubernaturas de Guerrero y Michoacán.
La amenaza, materializada con el plantón afuera del INE en medio del proceso electoral, es preocupante. Anticipa una vez más un escenario de polarización, de acusación de “fraude”, de desconocimiento de nuestras instituciones y de incapacidad del gobierno en turno para respetar las reglas del juego y para aceptar y promover la renovación pacífica del poder a través de las urnas. Las amenazas y la andanada de declaraciones en contra del Instituto por parte de Morena y de sus interlocutores son un tipo de violencia que niega la democracia misma y sus instituciones como los medios adecuados para renovar el poder, resolver conflictos y alcanzar consensos.
El árbitro -en cualquier deporte- siempre debe ser neutral y, en la medida de lo posible, pasar inadvertido. Cuando se violan las reglas del juego, el árbitro debe aparecer para sancionar, calmar los ánimos y regresar al cauce de la legalidad el juego. No siempre sucede. Hay ocasiones que los ánimos de los jugadores se contagian a los hinchas, quienes al calor de las pasiones vitorean o abuchean las glorias alcanzadas o las injusticias e injurias percibidas. Ante la intervención obligada del árbitro cuando las faltas son frecuentes y flagrantes, la hinchada eleva el tono contra él y en ocasiones hasta la dirección técnica y los dueños del equipo.
Comparto un ejemplo. El 15 de noviembre de 1989, después de un juego de fútbol apasionado en Colombia, mataron al árbitro Álvaro Ortega. El hecho conmocionó a todo el país. Lo mataron después de anular el gol del empate en los dos minutos finales del juego entre el América de Cali y el Independiente Medellín, que quedó en marcador final 3-2 en favor del América del Cali. El gol fue de chilena del jugador más reconocido y querido del Medellín y, para pintarle una raya más al tigre, había expulsado previamente a otro jugador del mismo equipo. Los ánimos estaban altos y los hinchas, los apostadores y toda la directiva se fue en contra del árbitro. El juego pasó a segundo término. Ese día la hinchada del Medellín era poca y vendría dos semanas después el juego de vuelta en su propia casa. La prensa se volcó en contra del árbitro. Pagaron desplegados y se encargaron de satanizar al árbitro en Medellín en todos los espacios posibles y en medios de comunicación. Cuando llegó el día del juego de vuelta, lo mataron de nueve tiros a sus 32 años. Lo mandó matar uno de los principales financiadores del equipo: Pablo Escobar.
Los días, meses y años siguientes, los problemas del fútbol colombiano seguían ahí y lo único que logró el asesinato fue desprestigiar la liga colombiana y generar un temor inaudito, casi dictatorial, entre los árbitros que participaban en los partidos de Medellín y de otros equipos con financiamiento de dudosa procedencia. A qué viene esto a cuento. El poder, la verticalidad, la imposición y el miedo a un solo hombre son suficientes para amedrentar al árbitro, para cambiar el foco de atención de los jugadores al árbitro, para culpar a alguien de querer hacer daño al juego y a un equipo a pesar de incumplir las reglas de manera sistemática. Los jugadores y sus directivas deben aceptar las reglas del juego, conocerlas y reconocerlas. Negarlas no cambia la dinámica del juego, pero sí puede confundir y enardecer a la hinchada -o a los votantes-.
Estoy convencido que el jogo bonito debería ser la regla para todos los participantes en una contienda electoral y en cualquier deporte para disfrutar el juego con argumentos, propuestas e intercambios creativos que entusiasmen de nuevo al electorado y, por supuesto, evitar amedrentar a otros equipos y a los árbitros. El INE es una gran institución que capacita y coordina a cientos de miles de árbitros electorales, ciudadanos apartidistas que se convierten en funcionarios de casilla el día de la elección. El INE tiene muchas áreas de mejora, pero su mayor expertise está en la organización de las elecciones y se rige bajo las leyes electorales que los mismos partidos políticos le han dado. Reconozcan las reglas, cambien a los jugadores que cometieron faltas y que fueron expulsados y regresemos a una contienda electoral que sea digna de entusiasmar de nuevo a la ciudadanía.