El huevo de la Serpiente Emplumada

blogeditor · 7 de octubre de 2013

Salimos un enjambre de activistas y tuiteros ocasionales a documentar el aniversario 45 de la masacre impune de Tlatelolco. Lo que parecía ser un evento con mínimos contratiempos tuvo que degenerar en batalla campal a lo largo de distintos lugares del camino.

Negado el acceso al corazón de la ciudad, las marchas separadas se fusionaron tomando el rumbo de Paseo de la Reforma, no sin antes desviarse por Hidalgo y el primer cuadro. Ahí empezaron los escarceos iniciales, que no podíamos ver desde Juárez frente a Bellas Artes por el tupido cerco de policías que impedía el paso hacia la Plaza de la Constitución.

Foto 1Cancerberos de la SSP-DF en Eje Central y Avenida Juárez

 

Foto 2Gas lacrimógeno en el Caballito

 

Foto 3Vuelan botellas; llamas en el asfalto

 

Llovieron, en distintos puntos del trayecto, proyectiles arrojados por los dos bandos. Parábolas de botellas, petardos, latas de lacrimógeno, recipientes improvisados con tinta roja y meados surcando los aires de la avenida más emblemática del Distrito Federal. A un civil lo alcanzaron a apedrear en la nariz los granaderos, y hubo cuando menos dos heridos por balas de goma en el tórax.

Foto 4

Foto 5

Foto 6

 

A una mujer joven la jalonean sin miramientos por Paseo de la Reforma a pesar de sus reclamos, y ante los gritos generalizados de participantes de la marcha que le solicitaban su nombre para compartirlo en redes. Después a alguien con casco y también a un muchacho con cara de asustado.

Foto 7Liberación de las garras granaderiles, después de la calentadita

 

A un fotógrafo freelance lo arrojan al suelo. Hecho un ovillo lo muelen a puntapiés, como si se hubiera convertido –a ojos de los furibundos uniformados- en repentina pelota de fútbol.

Abundan distintos testimonios recabados por múltiples voces y voluntades.

[contextly_sidebar id=”5d41e1d6bf7846d88846f7591de55c1e”]Lo que parece anidar tras los combates es la infusión del miedo –inducida desde el gobierno- a atreverse a salir a las calles. Persisten los golpes, patadas, candados y toletazos contra familias, peatones y otras personas que pagan muy cara su osadía: la de encontrarse en el lugar y momento equivocados. No importan razones, y los uniformados (junto con algunos civiles, presuntos grupos de policías sin identificación que también golpean y arrestan) descargan su ira contra jóvenes sin importar si estuvieron involucrados. Lo que cuenta es el permiso oficial implícito para arrojar la cordura a los vientos, junto con los humos nauseabundos que enrojecen los ojos, cierran la garganta y dejan su olor etiquetado a la ropa aún horas después.

Presenciamos el minueto macabro, o juego de vencidas entre la valla de granaderos que se desprenden para corretear al objetivo y repartir toletazos o jalar a jóvenes hacia los islotes encapsulados, y los encapuchados que rompen adoquines para arrojar piedras que vuelan sobre nuestras cabezas, y las de representantes de medios que se dieron cita en el lugar de los hechos. Sobresalen los distintivos, cascos y chalecos de representantes de organismos de Derechos Humanos, o los chavos de Marabunta que realizan su gran labor a la sombra del horrendo Caballito amarillo de Sebastián, entre otros lugares. También, su compromiso incondicional con las mejores causas sociales. Gracias a ellas y a ellos, y al orden mostrado por la mayoría de los participantes, no degenera este evento en un desorden mucho mayor.

 

Foto 8A esta persona le cayó una piedra, lanzada por granadero según su propio dicho

 

Foto 9Lo rescatable. Hubo muchos observadores de Derechos Humanos y brigadas de primeros auxilios como los integrantes de la Asociación Civil Marabunta

 

Tal vez peque demasiado de sospechosista. Deliberadamente o no, no puedo dejar de pensar que se están incubando escenarios cada vez más graves de enfrentamiento.

Suponiendo sin conceder que no hay manos que mezcan estas cunas, lo cierto es que las inercias pueden tornar incontrolable la situación.

Vimos nuevamente un amplio despliegue de policías mal preparados, que se ensañaron como siempre con periodistas, testigos y participantes. Protocolos de actuación que privilegian la respuesta súbita y desmesurada contra quien se encuentre en la cercanía, sin importar su condición.

No pudo faltar, como se mencionó arriba, un nutrido contingente de civiles realizando arrestos aparatosos, con lujo de violencia, en constante comunicación radial entre sí. ¿Eran policías encubiertos? ¿Volvemos a las épocas de provocadores oficiales, (mal) encubiertos?

Y como hilo conductor, idéntico vandalismo y saqueo de comercios a todo lo largo de la ruta.

 

Foto 10Adoquines destrozados previamente en muchos lugares, para improvisar proyectiles

 

Foto 11Vandalismo y rapiña, de nueva cuenta

 

Absolutamente injustificado y condenable que encapuchados desprendan a elementos policiacos de las vallas humanas, para luego agredirlos sin piedad.

Todo ante la aparente complacencia de un gobierno en sus tres niveles, listo para acometer la tarea de ´limpieza´ ante esta opinión pública que tal vez responda favorablemente a la tentación autoritaria.

Los peores extremos invaden espacios ciudadanos. La manifestación pacífica se torna más difícil y el centro –en todos los sentidos del término, incluyendo el geográfico- se pierde para la sociedad civil.

Dimos fe, una vez más, de la existencia de autoridades capitalinas sin brújula, únicamente interesadas en obedecer los designios del gobierno federal. En completa sintonía con él, como si ésta no fuera una ciudad gobernada por la oposición. Casi como si Miguel Ángel Mancera fuese -en los hechos- regente del DF, posición que se creía superada después de las elecciones democráticas que llevaron a Cuauhtémoc Cárdenas a la Jefatura de Gobierno en 1997: dieciséis años que parecen una eternidad.

Observamos -como en otras ocasiones- al jefe de policía de la ciudad, Jesús Rodríguez Almeida, incondicional de Mancera, otra vez incapaz de implementar entre sus huestes una cultura de respeto a los Derechos Humanos que hoy se cumple sólo en el discurso.

A una clase política local irresponsable, que desoyó a más de 300 Asociaciones Civiles e instituciones especializadas nacionales y extranjeras, y cerró la puerta de la Asamblea en las narices a Luis González Placencia como titular ratificado de la Comisión de los Derechos Humanos del Distrito Federal.

Es innegable que, en gran medida gracias al esfuerzo y sacrificio de esos estudiantes y ciudadanos muertos y heridos en la Plaza de las Tres Culturas y lo que vino después (el Jueves de Corpus, la reforma política de 1977, el sismo de 1985, las elecciones de 1988) se obtuvieron garantías y derechos inimaginables hace más de 45 años. Poseemos medios críticos y constestatarios, algo que difícilmente –con honrosas excepciones- se podía encontrar en 1968.

Pero falta algo. Más allá de viñetas impresionísticas o agresiones documentadas ampliamente por sectores ciudadanos que honran las atribuciones del periodismo ciudadano, asalta una inmensa duda.

¿Dejarán el ex procurador local, hoy jefe de Gobierno y sus numerosos incondicionales, que siga rodando esta incontrolada bola de nieve? ¿Habrá cuadros sensatos dentro de su gabinete, dispuestos a enmendarle a él en definitiva la plana?

De no suceder un cambio en sus prioridades, me temo que la Ciudad de México se asemejará cada vez más a la inmensa mayoría de sus pares gobernadas por el PRI y el PAN. Enclaves herméticos, doblegados ante el asedio de la intolerancia.

De no ser tan serio el problema que se gesta –diríamos incluso que con entusiasmo- el presente escenario llamaría a la carcajada ante el absurdo embrollo. La historia repitiéndose como … ¿farsoleta? Duelen los golpes y la arbitrariedad habitual. Jóvenes vapuleados; la misma policía que los criminaliza sin reparos ni distinciones (no puede uno sino recordar el New’s Divine). ¿Y la plana mayor del DF? ¿Presumiendo su ‘policía democrática’?

Tal parece que el Rubicón que se cruzó con los cambios de 1997 y 2000 se quiere desandar por obra y gracia de un jefe de Gobierno que, como su contraparte federal, pretende regresarnos en el tiempo como si no hubiera pasado casi nada  desde –digamos- mil novecientos setenta y tantos.

Será complicado, pero estamos todavía a tiempo de recuperar la vocación ciudadana del DF.

 

Foto 12Miércoles 2 de octubre de 2013