blogeditor · 29 de marzo de 2022
Hace 11 años surgió el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD). Hoy el país se encuentra mucho peor que entonces, es por ello que diversas víctimas recuerdan este aniversario con la frase: “¡Seguimos hasta la madre!”. Hace un año publiqué aquí mismo sobre el décimo aniversario. Nada se ha hecho por recomponer el camino. Un año después, el horror es más profundo.
A pesar de que en diversas partes del país ya existían colectivos de víctimas de la absurda y criminal guerra contra las drogas de Felipe Calderón, el MPJD irrumpió con alcance nacional visibilizando el horror. Javier Sicilia lanzaba un grito exigiendo un fin a la barbarie. Lo hacía de manera enfática y con una gran visión alertando que se trataba de una de las últimas oportunidades de recuperar la paz antes de caer irremediablemente al vacío.
Después de caravanas por el país y los Estados Unidos, reuniones con Calderón, Peña Nieto y López Obrador, así como decenas de movilizaciones, cientos de discursos y miles de testimonios de víctimas. hoy las violencias no tienen freno, la clase política y las fuerzas de seguridad se encuentran más coludidas que nunca con los grupos criminales, la impunidad sigue siendo la constante.
Once años después, Sicilia afirma que “no sabemos ya qué decir” pues la respuesta en los tres sexenios ha sido la misma: “simulación, impunidad, desprecio y traición”.
El diagnóstico certero de Sicilia indica que “cuando el lenguaje de nuestros políticos se contamina cada vez más de oscuridad e idiotez; cuando las mentiras se repiten un día tras otro y no hay crueldad, por más abyecta que sea, que no encuentre en sus palabras disculpa; cuando la prensa a lo largo de 11 años ha tratado y continúa tratando la muerte y el sufrimiento como meras notas rojas que conviven sin vergüenza alguna con la frivolidad del momento y la banalidad del mercado; cuando las redes sociales, contaminadas del lenguaje soez y primitivo de los sicarios, se transforman en destazaderos humanos; cuando lo importante es la última pendejada de López Obrador y todo se transforma en una pugna por la administración del infierno; cuando creemos que hay democracia en un país ensangrentado; cuando las luchas feministas, las de los indígenas y las de nosotras las víctimas, se dividen en agendas y no somos capaces de unirlas en una voz y una gran movilización para detener los feminicidios, los asesinatos, las desapariciones, las masacres y los asedios a los pueblos originarios; cuando crímenes atroces como el de los 43 de Ayotzinapa se usan como moneda política; cuando todos hablamos de ética, pero somos incapaces de dialogar entre nosotros para fundarla; cuando las leyes se malversan para la venganza y la persecución política; y cuando los seres humanos asesinados o desaparecidos en el gobierno de López Obrador no importan porque son los muertos de un dios, de una bestia sagrada, de una transformación; cuando diario se tiene la responsabilidad de señalar el carácter monstruoso e imbécil de una época que se volvió connivente de sus taras más espantosas, no sabemos ya qué decir”.
El MPJD reconoce que su “palabra es el silencio”, “un grito mudo… como una lamentación por nuestra inhumanidad y una profunda y dolorosa reprobación a la miseria de un país que se hunde en la degradación moral, el horror y el caos”.
Son tiempos miserables. Tiempos donde el escándalo se sobrepone a la barbarie. Tiempos en que hasta el horror se relativiza según las filias y fobias. Tiempos en que el poder y la ideología están por sobre la vida. Tiempos en los que las masacres del diario se esconden debajo de la coyuntura. Tiempos sin brújula ética. Tiempos de ausencia de verdad, justicia y paz. Por lo mismo, son tiempos de resistencia.