blogeditor · 30 de diciembre de 2021
Tamara Ibarra es un artista, feminista y activista cultural en la política. Yo digo que es polifacética. Un día puede estar organizando subastas de arte para apoyo a grupos vulnerables, al otro hablar de la comprensión del arte como un reflejo del momento histórico que plasman lxs artistxs en sus obras, y otro día hablar sobre el reconocimiento de derechos laborales de artistas que dedican su vida entera a crear con una nula protección o respaldo del Estado. Este último tema la ha acercado a colectivos organizados y tomadores de decisión para incidir en el reconocimiento de sus derechos. La idea nos envolvió en un par de conversaciones que nos ha llevado a reflexionar estrategias para lograrlo. Esta semana, escribo con ella sobre ello.
“El Grito” de Edvard Munch, una de las pinturas más famosas del mundo, nos muestra una naturaleza avasalladora que es opacada en el mismo cuadro por la expresión humana.
Desde 2010 se oyen susurros intermitentes en Latinoamérica, Europa y Norteamérica. No es que no se escucharan antes, éstos susurros se dan en una nueva era de globalización económica y con apuestas políticas polarizadas en un intento por controlar -a través de una narrativa del pasado- lo que podría suceder en el futuro.
Durante los 6 años del sexenio anterior el sector artístico joven se politizó en México. Algunos gremios que pertenecen a industrias como el cine y la música ya estaban organizados debido a la derrama económica que dejan sus creaciones. Los sectores de artes visuales, danza, teatro y letras comenzaron a involucrarse en las manifestaciones, en la auto-organización y auto-gestión hasta conformar una comunidad independiente que criticó fuertemente el sistema político corrupto.
El “Movimiento Independiente del Arte” en México de 2012 a 2018 realizó propuestas radicales y utópicas sobre soberanía alimentaria, economías alternativas, autoformación como educación, comunidad, globalización positiva, territorios, derechos humanos, etc. El esfuerzo y trabajo que implica la elaboración, producción y difusión de todo el material y contenidos visibilizaron nacional e internacionalmente una de las consecuencias negativas más complejas del sector: la autoexplotación de los artistas y productores culturales.
Lxs artistas, al no depender de becas y al no existir suficiente iniciativa privada o gubernamental que impulse económicamente sus proyectos, son quienes realizan de dos a tres trabajos para poder mantener los espacios independientes (galerías, teatros o salas de conciertos), colectivos, radios o editoriales autogestivas. En muchas ocasiones financiados por ellxs mismos. La precarización laboral y la inseguridad financiera de corto, mediano y largo plazo se hace evidente para una generación con poca probabilidad de contar con una pensión para el retiro y, peor aún, para los artistas que enfrentan un escenario adverso -y casi imposible- para acceder a derechos laborales, a una protección social del Estado que les permita acceder a servicios de salud básicos, a servicios de guardería, a un seguro de invalidez o para ahorrar para acceder a una vivienda o a una pensión. Los artistas viven precarizados y olvidados de la agenda pública.
Pasar del término artista a trabajador del arte o trabajador de la cultura ha sido un proceso largo de discusión y entendimiento sobre los múltiples quehaceres contemporáneos de los artistas y su impacto en la sociedad y la historia. Solicitar el reconocimiento como trabajadores al gobierno implica primero socializar y dimensionar ante políticos, economistas, administrativos y burócratas lo que hacen los artistas y su aporte a la vida pública y cultural del país.
La discusión y la demanda para ser reconocidos como trabajadores es mundial. En estos momento se da la batalla en Argentina, Colombia, Chile, Brasil, México, Estados Unidos, Unión Europea, Inglaterra, entre otros. Desde 2014 muchos de los que organizamos redes (uniones de colectivos) hemos tenido diálogos e intercambio de información acerca de las condiciones de trabajo de los artistas y trabajadores culturales tanto en el sector independiente como en el gubernamental y privado. La conclusión ha sido la misma desde hace años: necesitamos bienestar social, servicios médicos, pero sobre todo requerimos la dignificación de nuestro trabajo y que sea reconocido como tal.
Durante el 2020 en el primer periodo de pandemia, el sector artístico se autogestionó para sobrevivir la crisis económica y creó coaliciones que agruparon redes locales y nacionales para exigir apoyos, seguridad social y finalmente el reconocimiento de ellos como trabajadores. En 2021 la discusión sobre estos derechos se ha dado en Estados Unidos, Latinoamérica y la Unión Europea. En Europa la discusión ha avanzado y en 2022 se discutirá en el Parlamento el reconocimiento de los artistas como trabajadores. Han pasado ya 41 años desde que la UNESCO recomendó a los Estados miembros que mejoraran las condiciones laborales de las y los artistas.
Esta lucha que pudo haberse quedado en un grito ahogado dentro del sector cultural ha encontrado eco en un momento de coyuntura: las movilizaciones mundiales de los trabajadores de la cultura que se han reforzado tras la crisis pandémica. Aquí hay tres grupos a quienes reconocer el crecimiento de la agenda:
El 9 de diciembre de este año, en el Zócalo de la Ciudad de México frente al Gobierno de la Ciudad de México sucedió el Contrainforme, un evento convocado por el colectivo “Queremos Trabajo Digno”, una agrupación de trabajadores estatales contra la precarización y los despidos. Dentro de los sectores y organizaciones presentes estaban trabajadores de PILARES, Promotores Culturales Comunitarios, TAOC, DIF, así como las organizaciones Ni un repartidor menos, Foro de Luchas Sociales y la Asamblea General de Trabajadores. El objetivo es unificar demandas junto con trabajadores del sector privado que padecen el mismo problema. En el caso de los manifestantes del sector cultural se hizo hincapié en la misma exigencia que hacen los trabajadores del Capítulo 3000: eliminar la simulación laboral, reconocerlos como trabajadores y terminar con el hostigamiento y acoso laboral.
La particularidad de esta manifestación es que los representantes de cultura fueron reconocidos por los otros sectores como trabajadores. Esa legitimación y acuerpamiento es el inicio de una lucha de un sector que ya no está solo y que se fortalecerá los siguientes años. La exigencia del sector artístico se ha convertido en la búsqueda de un derecho laboral que en tiempos de pandemia puede considerarse el puente para el acceso a derechos humanos básicos.
Morena hizo promesas en la campaña de 2018 al sector cultural, pero no ha cumplido con el reconocimiento a los trabajadores del sector ni ha empujado el tema, a pesar de tener una mayoría cómoda en el Congreso de la Unión. Solo podemos decir que el polvorín ya se salió de las manos, ahora no es solo una demanda del sector cultural, ya es una demanda generalizada de trabajadores independientes, estatales y privados.
El tiempo ha cambiado las percepciones.
“El grito” de Edvard Munch es una pintura que siempre fue interpretada como un hombre gritando, especialistas de arte contemporáneo han descubierto que es el hombre pintado quien se está tapando los oídos al oír un grito. Éste es nuestro grito colectivo.