blogeditor · 21 de junio de 2022
El presidente tiene una visión idílica del pasado. Su gobierno lo entiende como una continuación de la épica histórica de libro de texto. La concepción que tiene de su 4T es muy parecida a la conformación de un movimiento que en el proceso de convertirse en partido construyó el México del siglo XX.
Si Calles fue quien ordenó políticamente al país después del Porfiriato y la Revolución, AMLO pretende hacerlo después del neoliberalismo y la alternancia. AMLO no se inspira en Hidalgo, ni Juárez, ni Madero, ni Cárdenas; su modelo es Calles. Su sucesión también la entiende como Plutarco.
El presidente se encuentra ebrio de ideología y de épica histórica. Más preocupado por su narrativa que por gobernar. Al igual que Calles, AMLO enfrenta un México violento. Entonces la pacificación se logró con una gran concentración de poder en una persona, la conformación de un partido de Estado a partir de diversos movimientos sociales, la justicia entendida solo en clave política, predominio de militares en la política y la entrega territorial a grupos armados no estatales locales. Esos poderes serían la ley en lo local. Podrían hacer y deshacer en sus zonas de control. Territorio y población fueron su botín. Esa fue la estrategia, esa es hoy.
Hoy, las violencias se gestionan en lo local con grupos armados de distinto tamaño en colusión con fuerzas del orden y actores políticos con el objetivo de controlar mercados lícitos e ilícitos. Territorio y población abandonados por el Estado. El presidente, en su afán por diferenciarse de Felipe Calderón, ha decidido que su gobierno no tiene responsabilidad en la brutal inseguridad. Eso les toca a los grupos criminales.
Lo anterior queda claro en su “análisis” de la inseguridad. Se manifiesta agradado con los territorios controlados por un grupo fuerte y recurre al eufemismo perverso de “se matan entre ellos” allí donde hay varios grupos en confrontación. La estrategia es que “pacifiquen” las fuerzas reales, no el Estado, mediante su predominio. Esta estrategia demanda el derramamiento de más y más sangre, entregar a la población a la extorsión, el cobro de piso, la trata, el desplazamiento forzado y el secuestro. Entregar territorios a la explotación ilegal. Nada de esto le importa, su objetivo es que haya fuerzas reales, criminales, que dominen territorios. El Gobierno abdicó de su obligación primaria que es garantizar seguridad.
Aunque pretende diferenciarse de Calderón, ambos creen que solo con la fuerza violenta se combate a la inseguridad. Uno lanzando al ejército buscando ser la fuerza dominante, el otro anhelando grupos violentos hegemónicos por región. No se quiere parecer a Calderón, pero ambos creen que la verdad y la justicia son irrelevantes para conseguir la pacificación.
Aunque algunos leen la estrategia como una paz pactada con grupos criminales, esto no es posible. Para pactar, el Estado debe mostrar músculo. El gobierno no tiene cómo mostrar poder ante los grupos criminales con una seguridad militarizada en formato pasivo y pactando con grupos criminales, con un desmantelamiento de las capacidades policiacas civiles en los tres niveles, con fiscalías que solo espantan a opositores políticos, con estructuras económico-criminales intactas, con sólidos vínculos político-criminales y con instituciones famélicas.
AMLO no es un ser de Estado, ni de Estado de derecho, ni de Estado democrático. Su ámbito es el del púlpito, la épica, la ocurrencia, las frases pegajosas, aunque vacías, y la descalificación.
El gobierno ya abdicó.