alejandrohopeeditor · 9 de noviembre de 2011
El comercio de drogas ilegales ha sido parte de la experiencia mexicana desde hace al menos un siglo. Y como actividad a gran escala, el narcotráfico en México tiene no menos de siete décadas (si no lo han hecho, lean el magistral libro de Luis Astorga sobre la historia de las drogas en nuestro país). Es tan parte de nuestro paisaje cultural como el tequila y la música vernácula.
Pero eso podría cambiar en el futuro próximo. Es posible y hasta probable que, en la próxima década, el narcotráfico mexicano experimente un declive sostenido e irreversible. Para 2022, el comercio de drogas ilegales podría ser una actividad marginal, territorio en lo fundamental de una multiplicidad de pequeñas bandas.
Se preguntarán, por supuesto, como llegué a tan aventurada predicción. Bueno, pues aquí les va el argumento:
En resumen, no es imposible que los ingresos por exportaciones de drogas se reduzcan entre dos terceras partes y 75% en los próximos diez años. Con ello, los ingresos del narcotráfico pasarían de algo menos de siete mil millones de dólares de ingreso (esa fue la estimación realizada por RAND el año pasado) a algo menos de dos mil millones de dólares.
Sería además una industria que movería volúmenes de drogas mucho menores (la marihuana representa, en volumen, más del 90% del total contrabandeado) y que, para todo efecto práctico, ya no tendría un componente de producción. Sería por tanto un negocio que requería organizaciones mucho menos complejas y con muchísimo menos personal. Además, el cártel de Sinaloa, probablemente la organización más grande de todas, saldría particularmente dañada, ya que depende más que cualquier otra de la marihuana: para el Chapo y sus secuaces, la disminución de ingreso podría ser mayor al promedio.
En consecuencia, yo apostaría a que la industria del narcotráfico se va a pulverizar. Las organizaciones que sobrevivan probablemente serán más pequeñas, más locales, más especializadas. Y junto a ellas, probablemente florezcan bandas y pandillas más dedicadas a proveer al mercado interno que a exportar a Estados Unidos.
¿Y todo eso que significa? ¿Es bueno o es malo? En general bueno, yo opinaría. Una parte importante de los problemas de seguridad de México son provocados por su condición de plataforma de exportación de drogas al mercado de consumo más grande del mundo. En la medida en que desaparezca esa condición, también irán menguando algunas de las amenazas a la seguridad de México y de los mexicanos. En diez años, el tema de las drogas va a quedar plenamente inscrito en el terreno de la ley y el orden, y no en el espacio de la seguridad nacional (con todas las consecuencias que eso trae aparejado).
Nadie debe suponer que eso significa la desparición mágica de todos nuestros problemas de seguridad. La violencia asociada con el narcomenudeo podría agravarse, en la medida en que crezca, como resulta probable, el consumo interno. Habrá que pensar en maneras de empujar esos mercados hacia equilibrios de baja violencia (aquí pueden leer sobre una).
Es también posible que perduren y hasta crezcan otras formas de delincuencia organizada, de la extorsión sistémica al robo de diversos tipos. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre el narcotráfico y las formas extorsivas de delincuencia organizada. En el narcotráfico, no hay víctimas directas; en la extorsión, el secuestro y el robo sí que las hay. En el narcotráfico, se pelea contra las leyes del mercado; en la extorsión o el secuestro, contra algunos maleantes. La mayoría de los países desarrollados ha logrado (casi) acabar con el secuestro y otras formas particularmente brutales de delito extorsivo, pero ninguno puede decir lo mismo del narcotráfico.
Entonces sí, la desaparición gradual del mundo de los capos y los plantíos ilícitos y las avionetas cargadas de coca y Camila la Texana sí me genera optimismo. Prefiero combatir contra malandros que extorsionan y secuestran que contra la naturaleza humana.