Decidir sobre mi vida es mi derecho

blogeditor · 31 de agosto de 2022

Decidir sobre mi vida es mi derecho

A partir de 2017 empezaron a surgir rumores sobre supuestas intoxicaciones y sobredosis causadas por la exposición indirecta al fentanilo en Estados Unidos. Tanto elementos de seguridad como responsables de servicios de emergencia médica reportaron una serie de síntomas que incluían mareos, presión en el pecho y dificultad para respirar, mismos que, en su conjunto, se asemejan más a un ataque de pánico que a los efectos causados por los opioides.

El fentanilo es un opioide sintético con mayor potencia que la morfina y la heroína, característica idónea para utilizarse en contextos terapéuticos y medicinales donde existe dolor intenso o crónico, principalmente en pacientes que presentan tolerancia analgésica a otros fármacos, o se encuentran en fase terminal de cáncer.

Dentro del mercado ilegal, algunos vendedores lo mezclan con otras sustancias; principalmente como adulterante o sustituto de la heroína, pero también se ha encontrado en la cocaína, la metanfetamina y el MDMA. Esto se debe a que se necesita una menor cantidad para producir los efectos, lo cual reduce significativamente el costo y lo hace más fácil de transportar. Por esta razón, el fentanilo se ha infiltrado en el mercado ilegal de la heroína y, en algunos lugares de Estados Unidos y Canadá, la ha reemplazado por completo. Por ser más potente, es más difícil conocer la dosificación adecuada, y cada vez se responsabiliza más a esta sustancia y sus análogos por las sobredosis entre personas usuarias. Tan solo de 2014 a 2015, la tasa de mortalidad en Estados Unidos por esta causa aumentó en un 72.2%, y en 2021 se documentaron 107 mil muertes asociadas a esta crisis de salud pública.

El pasado 11 de julio se difundió una nota en medios locales que narra el desmayo repentino de una mujer en Nashville a causa del contacto con un billete localizado en el suelo de un restaurante de comida rápida. Según el oficial que atendió el caso, este probablemente se había utilizado para cortar o almacenar fentanilo. Pero ¿qué tan factible es que esto ocurra?

Así como el Colegio Americano de Toxicología Médica (ACMT por sus siglas en inglés) y la Academia Americana de Toxicología Clínica (AACT) han tenido que desmentir en un comunicado que su inhalación accidental tenga resultados fatales (en realidad se necesitan más de tres horas sin protección facial para alcanzar una dosis de 0.1 mg), también se ha comprobado reiteradamente la baja probabilidad de que su absorción dérmica involuntaria cause una respuesta nociva. Incluso una dosis alta suministrada mediante un parche (lo más común en su aplicación médica) tarda entre 12 y 16 horas en alcanzar una concentración significativa en la sangre.

El afirmar y divulgar lo contrario no solo está causando un pánico innecesario entre la comunidad usuaria y la población en general, sino que pone en grave peligro a las personas que muestran signos de sobredosis, ya que pueden negarles los servicios médicos pertinentes por temor a las “consecuencias catastróficas”. Si bien es importante evitar el contacto con nariz u ojos al momento de manipular la sustancia, solo basta con utilizar guantes o lavarse correctamente las manos.

Incluso Ryan Marino, experto en toxicología y profesor adjunto de la Facultad de Medicina de la Universidad Case Western Reserve y Lucas Hill, circuló una petición el año pasado con el objetivo de frenar la desinformación al respecto. El documento fue firmado por más de 300 especialistas en el tema.

Entonces, ¿por qué siguen surgiendo historias de “sobredosis incidentales”? Por un lado, existe el llamado efecto nocebo, un fenómeno que causa la sensación de estar experimentando los síntomas esperados al entrar en contacto con una sustancia tóxica o, en este caso, rodeada de estigmas. Por otro lado, este tipo de noticias alimentan el abordaje punitivo ante la crisis de sobredosis, lo que beneficia directamente al discurso prohibicionista que, a pesar de los avances legislativos, sigue imperando en Estados Unidos.

Ahora, hablemos de los casos reales. En México, por ejemplo, hay cada vez más presencia de fentanilo, sobre todo en ciudades fronterizas como Tijuana y Mexicali. De acuerdo con cifras de la Sedena, este ha tenido un alza de 500 % entre 2015 y 2022. De igual forma, según Verter, A.C, organización civil que trabaja directamente con la población usuaria en contextos vulnerables, y que además opera el único sitio de consumo supervisado en el país, se están registrando aproximadamente 10 sobredosis al día en la capital del estado de Baja California. A pesar de la opacidad en las cifras por parte del Semefo estatal y el Observatorio Mexicano de Salud Mental y Consumo de Drogas, se tiene claro un aumento exponencial en este tipo de muertes desde 2017.

Como se mencionó anteriormente, el fentanilo tiene un propósito médico importante. El problema radica en su producción masiva por el mercado ilegal debido a la mayor facilidad para traficarlo, además de que cumple la función de adulterar otras sustancias. No se recomienda su uso sin el acompañamiento de un profesional de la salud. Pero si eres una persona usuaria de heroína o fentanilo, es necesario saber qué estás consumiendo en todo momento para poder dosificar correctamente, así como tener al alcance diversas estrategias de reducción de riesgos y daños.

Algunos informes recomiendan realizar un análisis de rutas y formas en las que se trafica el fentanilo, o reforzar la seguridad en los aeropuertos, puertos marítimos y cruces fronterizos identificados como puntos clave, pero eso no es un enfoque dirigido a las personas usuarias ni que promete resultados relevantes a largo plazo debido al llamado “efecto globo”. Este ocurre cuando, al erradicar los cultivos ilegales en una zona, solo se consigue acelerar su desplazamiento hacia otras. Puede suceder a nivel global, nacional o regional, y se ha documentado extensamente en el territorio andino.

Por el contrario, se tendría que empezar a plantear la regulación para el uso adulto de heroína y derivados menos potentes, como el opio fumable o el té de amapola; facilitar el acceso a información verídica y basada en evidencia científica; diseñar una estrategia nacional para combatir la crisis de sobredosis; generar mesas de trabajo y cooperación sobre el tema entre los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y México; atender el desabastecimiento de morfina y otros tratamientos analgésicos derivados del opio; gestionar la creación de una mayor cantidad de salas de consumo supervisado; liberar y promover la obtención gratuita de naloxona y metadona, así como de pruebas rápidas para detectar su presencia en distintas sustancias.

A nivel local, se pueden implementar acciones comunitarias como la campaña que se puso en marcha a principios de este año en Downtown Eastside, Vancouver, Canadá. Un proyecto piloto que consiste en asegurar el suministro de distintas sustancias, así como insumos para mantener informadas a las personas que deciden consumir.

Es fundamental redireccionar nuestra atención: el fentanilo no es el enemigo, el enemigo es el suministro inseguro en un contexto de prohibición.

Esta entrega se hace dentro del marco del Día Internacional de la Sensibilización sobre la Sobredosis. #IOAD2022

* Romina Vázquez estudió Derechos Humanos y Gestión de Paz en el Claustro de Sor Juana. Es coordinadora en el Instituto RIA e investiga sobre política de drogas.